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viernes, 2 de septiembre de 2022

Libro: La dictadura comunista de Salvador Allende

La dictadura comunista de Salvador Allende y la batalla cultural de la izquierda por apropiarse del pasado

Con el slogan de “mantener viva la memoria” la izquierda se apoderó del relato adulterando todo lo acontecido, ocultando sus miserias, inventándose a sí misma grandezas y satanizando a sus enemigos. Así muchos jóvenes votan a favor del regreso de ideas que ya fracasaron: la izquierda no le puede mostrar ni un solo ejemplo de gobierno exitoso tanto sea en el Siglo XX como en el XXI

El psicópata presidente chileno Salvador Allende (AFP)

Bajé del avión en Santiago de Chile el día 10 del corriente, y mis anfitriones en el país trasandino (los editores de mi flamante libro), me llevaron de urgencia a un opulento shopping situado en la comuna de Ñuñoa, para firmar ejemplares en una pequeña librería que se encontraba dentro del predio. Notable fue el impacto vivido cuando al llegar advertí que los lectores que estaban esperando con impaciencia (mayormente adolescentes) eran unos quinientos, y estuve firmando entre las siete de la tarde y las once de la noche: cuatro gratificantes horas sin respiro. Así empezó mi pequeña gira de cuatro días en dicho país, brindando un promedio de tres conferencias diarias con concurrencias hasta el tope, en las cuales se agotaron tres ediciones en menos de una semana. El libro en cuestión se titula “La Dictadura Comunista de Salvador Allende”.

En este trabajo de apenas 220 páginas pero que cuenta con un caudal de 400 citas que ratifican y documentan todo lo allí expuesto, se descompone por completo el mito del “Allende democrático, bueno y caritativo” y se expone al que verdaderamente fue.

Devoto confeso del genocida Stalin, Salvador Allende gobernó Chile en el período 1970-1973 (llegó al poder con tan sólo el 36% de los votos pero para lograr el triunfo gozó de una oposición dividida). Y bajo el amparo y subsidio del totalitarismo soviético, más el auxilio permanente de legiones terroristas autóctonas y cubanas, al asumir impuso a sangre y fuego un despotismo en donde el crimen político de la mano de sus guerrillas era moneda corriente. Impulsó la persecución a la prensa libre. Encarceló opositores. Instaló el robo/confiscación masivo de empresas, fundos e inmuebles. Promovió el adoctrinamiento marxista en la enseñanza infantil. Todo ello sin detallar las hambrunas generalizadas y el desabastecimiento que su empobrecedora administración engendró.

La dictadura comunista de Salvador Allende de Nicolás Márquez

El descontento general cundía progresivamente y las manifestaciones contra el régimen se fueron tornando multitudinarias. La dictadura perdió asimismo las elecciones de medio término (a pesar del gigantesco fraude efectuado que denunció y luego comprobó la Cámara de Diputados). Allende desatendió y despreció, además, las instituciones del Estado, las cuales promediando 1973 (el Congreso, la Contraloría General de la Nación y la Corte Suprema de Justicia al unísono) se pronunciaron todas y cada una de ellas determinando de manera oficial y expresa la ilegalidad, inconstitucionalidad e ilegitimidad del ejercicio de su investidura, fijando entonces que el propio Allende era ya una suerte de invasor, un asaltante, un verdadero intruso en el Poder Ejecutivo chileno y que por ende estaba usurpando un status que ya no le correspondía: urgía entonces impulsar la inmediata destitución de quien accedió al poder por una vía legal pero que lo ejerció de modo manifiestamente ilegal.

Arrinconado por las fuerzas vivas chilenas, el dictador Allende se encontraba en el lugar político más incómodo de su vida. El hartazgo popular era apabullante y sólo las milicias guerrilleras (calculadas entre 10 y 20 mil elementos armados según las distintas fuentes), más un puñado de adherentes dispersos, seguían consintiendo a la tambaleante dictadura de la Unidad Popular (este último era el nombre de la coalición gobernante que encabezaba Allende). Fue entonces cuando el protagonista de este libro en sus horas más hostiles tuvo que poner a prueba su liderazgo, valentía, grandeza y virilidad. Pues no lo hizo y nadie del “pueblo” (al que tanto adulaba en sus demagógicos discursos a pesar de gobernar siempre en minoría) ni sus guerrillas salieron en su rescate cuando se produjo el pronunciamiento militar en la histórica mañana del 11 de septiembre de 1973, el cual tras varias advertencias de rendición, no tuvo mayor remedio que atacar el Palacio de Gobierno (La Casa de la Moneda) en el afán de ponerle fin a esta triste y sangrienta aventura castro-comunista.

En el medio de ese transcurrir, probablemente Allende, sintiéndose más sólo que nunca ante la inmovilidad guerrillera y el silencio de los pocos acólitos que le quedaban, escapó de sí mismo pegándose un tiro en el mentón en uno de los despachos del edificio gubernamental, tras presionar el gatillo de un fusil soviético AK47 que le había regalado su amigo y colega Fidel Castro, huyendo así de la tremenda responsabilidad política y moral que le cabía por el terrible daño infligido a su país: tras su gestión Chile era junto con Haití el país más rezagado y pobre del continente.

Salvador Allende, Barbarroja y Fidel Castro

Ahora bien: ¿qué tiene que ver todo lo antedicho con la denominada batalla cultural? Pues las multitudes chilenas que convirtieron en un santiamén en best seller a este libro en apenas unas horas, no son todos fervientes aficionados por la historia en cuanto ciencia, pero sí son conscientes de que hoy se libra una contienda sin cuartel ante la agresión cultural de cuño progresista que se manifiesta a escala global, y uno de los tantos frentes de batalla presentados es la disputa por el pasado.

En efecto, con el insistente aforismo de “mantener viva la memoria” la izquierda se apoderó del relato adulterando todo lo supuestamente acontecido, ocultando sus miserias, inventándose a sí misma grandezas y satanizando a sus enemigos con una agobiante campaña propagandística. Con este consecuente ardid mantenido por espacio de décadas, han conseguido que las sucesivas generaciones engañadas sufraguen a favor del regreso de ideas que ya fracasaron o de “herederos” de supuestos héroes (verdaderos gigantes de cartón), a los cuales se les imaginaron epopeyas o atributos de fantasía. Huelga destacar que la izquierda no le puede mostrar al público ni un solo ejemplo de gobierno exitoso tanto sea en el Siglo XX como en el XXI. Luego, ante tan dificultosa situación argumentativa, esta resolvió fabricar hazañas e inventar próceres de utilería con el fin de sembrar fascinación en las nuevas camadas generacionales.

En consecuencia, reflotó vigorosamente la derecha (corriente que una década atrás era apreciada con olor a naftalina), la cual hoy luce llamativamente joven y multitudinaria, emergiendo como espontánea reacción en el afán de ponerle freno a los embustes y pretensiones de la nueva izquierda, la cual ya no se presenta bajo el símbolo temible de la hoz y el martillo y su consiguiente discurso de odio de inspiración clasista, sino que ahora se disfraza con un sonriente ropaje “inclusivo”, “ecológico”, “multicultural”, “diverso” y nos cuenta con hegemónica prepotencia un pasado que no fue.

Una movilización en Chile, en 2021, al cumplirse 48 años del golpe de estado de 1973 (REUTERS/Pablo Sanhueza

Mi flamante trabajo, “La Dictadura Comunista de Salvador Allende” es furor en Chile (país en dónde por cuestiones obvias este libro iba a ser más requerido que en cualquier otra latitud), ya está editado en Argentina y se está publicando en numerosos países de occidente.

La nueva izquierda (que no perdió su carácter internacionalista) viene llevando a cabo una embestida global, pues entonces la respuesta tiene que tener el mismo tenor, y es por ello que no debe resultar una rareza que un argentino se haya ocupado de un país ajeno al suyo puesto que hay que trabajar en bloque ante una afrenta trasnacional, intentando en este caso puntual desarmar de cabo a rabo las falsedades edificadas en torno a quien después del Che Guevara, quizás haya sido el fetiche histórico más exitoso de los enemigos del progreso y la prosperidad. Justamente, un engaño publicitario mantenido durante décadas, indujo a las nuevas generaciones del continente a sufragar por vetustas opciones que ya gobernaron y naufragaron miserablemente, por lo tanto, no debe sorprendernos que hoy Chile, en pleno funcionamiento de una Convención Constituyente desopilante que busca suplantar la exitosa y razonable Carta Magna actual por otra de inspiración neo-marxista, vuelva a encontrarse con la drástica disyuntiva de medio Siglo atrás: “Comunismo o Libertad”.

*El autor es abogado, conferencista y analista político. Posee numerosos estudios en diversas disciplinas complementarias y ha publicado 15 libros, muchos de ellos traducidos a varios idiomas

miércoles, 25 de agosto de 2021

Myanmar: Autoritarismo y rebelión

Autoritarismo y resistencia en Myanmar

Zachary Abuza  ||  War in the Rocks




Delphine Schrank, El rebelde de Rangún, (Nation Books, 2016)

 

Desde que dio un golpe de estado en febrero, el ejército de Myanmar ha librado una guerra contra la democracia del país y su propio pueblo. Ha matado a casi 1.000 civiles y ha bombardeado a poblaciones civiles en las zonas fronterizas. Ha arrestado a casi 8.000 personas, incluidos niños y familiares de disidentes que no puede encontrar. Y ya ha sometido a juicio a Aung San Suu Kyi y a otros líderes envejecidos de la Liga Nacional para la Democracia, que derrotó al partido del ejército por segunda elección consecutiva en noviembre de 2020. Un poeta que escribió que "la revolución habita en el corazón" fue arrestado y torturado hasta la muerte. Su cuerpo regresó a su familia sin su corazón.

Algunos en Myanmar están contraatacando. Varias insurgencias étnicas armadas han intensificado sus ataques contra las fuerzas gubernamentales. Aunque tiene más de 350.000 hombres en armas, las fuerzas armadas, conocidas como Tatmadaw, están dispersas en múltiples frentes. Un movimiento de desobediencia civil a nivel nacional se ha enfrentado a los militares, llevando los sistemas de economía, salud y educación al borde del colapso. El Banco Mundial espera una contracción de al menos un 18 por ciento del producto interno bruto de Myanmar en 2021.

Myanmar está a punto de convertirse en un estado fallido. El Tatmadaw está cavando a largo plazo, obteniendo suficientes rentas de las ventas de petróleo, gas, gemas, madera e hidroelectricidad a China y Tailandia para enriquecerse. Y obtiene su parte del creciente comercio de narcóticos ilícitos de la región del Triángulo Dorado, ahora entre los centros de producción de drogas sintéticas más grandes del mundo.

Y todo esto es importante para Estados Unidos. Si bien su economía es pequeña, Myanmar se encuentra estratégicamente ubicado entre India y China. El malestar político lo está convirtiendo en un refugio seguro para el tráfico de drogas, el lavado de dinero y el crimen transnacional. Con un sistema de salud con fondos insuficientes al borde del colapso, Myanmar es ahora un punto caliente de COVID-19. Los acontecimientos en Myanmar son de inmenso interés para la geopolítica del sudeste asiático y para los responsables políticos de Beijing y Nueva Delhi.

El ejército en la historia de Myanmar

El ejército de Myanmar comenzó a dominar la política del país poco después de que se independizó de Gran Bretaña en 1948. El general Ne Win organizó un golpe de estado en 1962 e implementó el "Camino Birmano al Socialismo". El gobierno nacionalizó los activos extranjeros; revaluó la moneda en billetes de 45 y 90 kyats porque Win pensó que el nueve era un número de la suerte, lo que acabó con los ahorros; y cerró el país al comercio y la inversión. El país estaba sellado herméticamente, dejando en gran parte sin denunciar la atroz situación de los derechos humanos. A fines de la década de 1980, los propios generales de Win lo dejaron de lado y permitieron una breve liberalización. Esto culminó en las elecciones de 1990 que ganó la recién establecida Liga Nacional para la Democracia y que el Tatmadaw anuló.

La junta militar, oficialmente el Consejo Estatal de Restauración de la Ley y el Orden, conocido por su acrónimo orwelliano SLORC, dirigió el país a su manera. El brillante trabajo de Christina Fink, Living Silence: Burma Under Military Rule, cubrió cuán totalitaria era la sociedad de Myanmar bajo el Tatmadaw.

Pero bajo el Consejo Estatal de Restauración de la Ley y el Orden, hubo dos cambios distintos: el país abandonó la autarquía y el ejército se hizo más grande. Primero, en lugar del "camino birmano al socialismo", el gobierno adoptó el capitalismo de compinches. Bajo este modelo, las fuerzas armadas dominaban los recursos naturales del país, emergiendo como resultado como el actor económico más grande.

En segundo lugar, el consejo aumentó el tamaño de las fuerzas armadas de 200.000 a más de 350.000 efectivos. Y a pesar de los cese del fuego intermitentes, el Consejo Estatal de Restauración de la Ley y el Orden estuvo casi siempre en guerra con varias de las docenas de organizaciones armadas a lo largo de la periferia del país. El Tatmadaw llevó a cabo campañas, conocidas como los "cuatro recortes", una brutal doctrina contrainsurgente que incluía ataques contra civiles, tortura, violaciones colectivas, reclutamiento de civiles como porteadores y saqueos. Esta no fue una estrategia centrada en la población; fue un esfuerzo de tierra quemada para aterrorizar a la población hasta la sumisión.

En guerra constante desde 1948, el Tatmadaw no puede afirmar haber derrotado nunca a un enemigo. En el mejor de los casos, negoció un alto el fuego con la mirada puesta en el próximo grupo étnico. Esta perpetua inseguridad era exactamente lo que querían las fuerzas armadas. Les permitió defender su argumento de que el país estaba constantemente en peligro de romperse y que solo ellos podían mantenerlo unido. Esta ansiedad generalizada les permitió saquear los recursos naturales en las inquietas regiones fronterizas.

Si bien la mayor parte de la cobertura de los medios de comunicación internacionales sobre Myanmar siempre se ha centrado en Suu Kyi, la hija del fundador del país, en cierto modo fue una líder democrática accidental. Ella fundó la Liga Nacional para la Democracia mientras en la casa desde el Reino Unido para cuidar de su madre enferma. Con demasiada frecuencia, los líderes y periodistas occidentales personalizan estas relaciones, asombrados por la tenacidad y la gracia de la mujer que aún podía llevar a su partido a las elecciones de 1990 a pesar de estar bajo arresto domiciliario. En total, estuvo bajo arresto domiciliario durante 17 años, ganando el Premio Nobel de la Paz en 1991. Sin duda, tiene una determinación férrea y la convicción de que está cumpliendo el legado de su padre.

Esfuerzos tibios para liberalizar

Los militares finalmente hicieron esfuerzos para liberalizar el país, pero siempre se aseguraron de que su poder estuviera asegurado. En 2008, emitió una nueva constitución, que creó un camino para restaurar la gobernanza civil. Pero el dominio de la política por parte de los militares era claro: la constitución tenía docenas de artículos que consagraban sus poderes políticos. Otorgó a los militares el 25 por ciento de los escaños en el parlamento y requirió más del 75 por ciento de los votos para realizar enmiendas constitucionales.

Y, sin embargo, hubo algunas reformas. Las elecciones se llevaron a cabo en 2010, aunque la Liga Nacional para la Democracia las boicoteó debido a una ley electoral muy controvertida que restringió a los candidatos de la oposición. Las reformas aún progresaban, y en 2015, la Liga Nacional para la Democracia tomó el poder en lo que se consideró elecciones libres y justas. Los militares cedieron algo de influencia, confiando en que sus intereses estarían protegidos a través de la representación en bloque en el parlamento, el control de ministerios clave, la inmunidad del ámbito civil de presupuestos o promociones, un imperio empresarial y guerras en curso.

Una vez en el gobierno, la Liga Nacional para la Democracia demostró ser igualmente desatendida a las preocupaciones por los derechos humanos como los militares. Consintió en el genocidio militar de los rohingya, atacó a la prensa libre y se negó a implementar las recomendaciones de las comisiones independientes de la ONU e internacionales para brindar protección legal y detener los ataques contra la comunidad rohingya desarmada. Suu Kyi defendió al Tatmadaw contra los cargos de genocidio en una demanda presentada por Gambia en La Haya.

A pesar de la ayuda de Suu Kyi, los militares todavía la consideraban una amenaza. En 2019 y 2020, pidió votos para enmendar la constitución y despojar a los militares de su poder político a pesar de la casi imposibilidad de aprobarla. En las elecciones de noviembre de 2020, en una derrota aún mayor que en 2015, la Liga Nacional para la Democracia y sus aliados se acercaron peligrosamente a asegurar el 75 por ciento de los escaños, lo que le permitiría enmendar la constitución. El ejército declaró, sin pruebas, que los resultados eran fraudulentos y, cuando la liga no retrocedió, dio un golpe de estado el 1 de febrero de 2021.

Es en este contexto que vale la pena leer The Rebel of Rangoon, de Delphine Schrank. La ex corresponsal del Washington Post basó su trabajo, publicado originalmente en 2016, en entrevistas clandestinas realizadas entre 2009 y 2012. El país todavía estaba bastante cerrado y xenófobo, y Schrank solo podía operar con una visa de turista sin protecciones. Entrevistó a periodistas y activistas como U Win Tin, preso político durante 19 años que abarcó dos generaciones distintas: la "generación 88", que huyó a las selvas o vivió en el exilio después de que los militares anularan las elecciones de 1990, y la de 2007. La generación de la Revolución Azafrán, que surgió de la incompetencia económica del Consejo de Restauración de la Ley y el Orden del Estado.

En 2007, Myanmar era uno de los países menos desarrollados del mundo. La moneda fallida y otras reformas llevaron al colapso del kyat. Aunque fue desastrosa para la gente común, la crisis no fue motivo de preocupación para los militares, cuyas rentas y ganancias mal habidas eran todas en divisas. La inflación se disparó y el precio de los alimentos básicos subió, en algunos casos en un 400 por ciento. La gente primero tomó las calles, pero luego los monjes budistas tomaron la iniciativa. Los monjes vestidos con túnicas color azafrán tenían todas las razones para pensar que las fuerzas de seguridad atacarían a los civiles, pero confiaban en que los generales no arriesgarían su propio karma ordenando a las tropas que abrieran fuego contra el clero, su camino hacia la consecución del mérito. Unos 30 fueron abatidos a tiros, otros fueron expulsados ​​y arrestados y los templos fueron ocupados.

Pero durante toda la Revolución Azafrán, la Liga Nacional para la Democracia, que en ese momento estaba asediada y acosada, pero aún era una entidad legal, estuvo ausente. Este fue un levantamiento popular contra un régimen totalitario que los venerables líderes de la oposición nunca vieron venir y nunca controlaron. De hecho, Suu Kyi, consciente de la propensión de los militares a la fuerza, aconsejó contra los levantamientos populares.

El libro de Schrank detalla cómo está organizada la Liga Nacional para la Democracia, cubre los debates sobre el momento y las tácticas, y revela su funcionamiento interno. Cubre el período crítico posterior a la Revolución del Azafrán a través de la decisión de boicotear las elecciones de 2010 y la decisión de participar en las elecciones parciales de 2012. Su trabajo narra el trabajo increíblemente duro y el peligro de unir grupos y generaciones dispares y facciones como grupos de estudiantes a sindicatos en un partido nacional que finalmente derrotó a los militares y le dio al país tantas esperanzas en 2015 y en 2020.

Recuerda al lector que los medios de comunicación prestan demasiada atención a líderes como Suu Kyi cuando el verdadero trabajo de la política lo realiza una coalición de activistas que trabajan en gran peligro entre bastidores. Aunque Suu Kyi es omnipresente en el libro, se la conoce como "tía", una figura de trasfondo a la que la coalición de activistas podría unificar.

Si bien los generales tuvieron en cuenta una pequeña reacción violenta y anticiparon el oprobio diplomático a su último golpe, realmente subestimaron la resistencia, el coraje y la determinación de la población que ha sostenido casi siete meses de oposición a los militares. La gente se benefició de una década de crecimiento económico constante, integración global, una prensa más libre y la proliferación de Internet y las redes sociales. No están renunciando a 10 años de progreso económico, civil, legal y político ganado con tanto esfuerzo sin luchar.

¿Qué sucede después?

Rebel of Rangún dice mucho sobre lo que deberíamos esperar si el ejército busca atrincherarse. Suu Kyi (76) está arrestada y probablemente podría estar bajo custodia por el resto de su vida. La edad promedio de la mayoría de los casi 30 altos líderes políticos detenidos es mucho más de 70. El Tatmadaw cree que puede esperar a que el liderazgo de la Liga Nacional por la Democracia se extinga literalmente. Y tiene motivos para pensar que la estrategia podría funcionar: la liga siempre fue un vehículo para Suu Kyi, no un partido de base amplia. De hecho, ha hecho un trabajo notoriamente malo en el cultivo de la próxima generación de líderes. Schrank es muy franco acerca de sus fallas en este sentido. Y con el COVID-19 en todo el país y el sistema penitenciario mientras los militares acumulan suministros, el Tatmadaw parece ver la pandemia como una oportunidad: varios líderes de la Liga Nacional para la Democracia han muerto a causa del virus mientras estaban encarcelados.

Al igual que con la Revolución del Azafrán de 2007 que narra Schrank, el actual movimiento de desobediencia civil carece en gran medida de líderes a nivel nacional. Se está cultivando una nueva generación de líderes a nivel local. La liga está en gran parte decapitada y / o ausente. De hecho, la defensa de Suu Kyi de los militares por genocidio la empañó tanto que la comunidad internacional apenas toma nota de su arresto y su juicio.

Los nuevos héroes, si emergen, serán nombres de los que el mundo exterior nunca ha oído hablar. Y dada la omnipresencia y los recursos de las fuerzas de seguridad, eso es exactamente lo que debe suceder. El liderazgo de la Liga Nacional para la Democracia está arrestado y simplemente es demasiado terco para buscar una salida negociada. Las protestas de 2021 solo han disminuido debido a una terrible pandemia que ha llevado al sistema de salud al borde del colapso. Y los manifestantes lo hicieron contra todo pronóstico, contra un régimen que no ha ocultado su voluntad de torturar a los detenidos hasta la muerte, participar en castigos colectivos, arrasar pueblos y disparar a ciudadanos desarmados.

Además, el colapso de la economía, incluido el casi cierre del sistema financiero, el colapso de las importaciones y exportaciones, las huelgas masivas y las retiradas, y la disminución del 20 por ciento de los valores del kyat, continuarán alimentando los disturbios en curso. . Con una contracción del 18 por ciento del producto interno bruto en lo que va de 2021, los 55 millones de habitantes del país se precipitan hacia la pobreza.

Muchos de los líderes de la Generación 88, la Revolución Azafrán y los fundadores de la liga eran periodistas activistas. Y gran parte del trabajo de Schrank se centra en su campaña de información, el uso de organizaciones de medios en el exilio como Voice of Democratic Burma, Irrawaddy y Radio Free Asia. Schrank narra la inteligencia militar del Tatmadaw y los ataques de la Brigada Especial contra la prensa y el espacio en disputa de una nueva importación al país: los teléfonos celulares.

Si bien las capacidades cibernéticas de Myanmar son importantes, ya hay pruebas de que el gran volumen de datos que el ejército intercepta a diario es abrumador. Las plataformas encriptadas han hecho posible el movimiento de desobediencia civil.

Lo que el libro de Schrank no aborda es la compleja dinámica de las diversas organizaciones étnicas armadas de Myanmar, además del grado en que capacitaron a la juventud urbana de las generaciones 88 y Saffron. Aquí, Rebel of Rangoon es menos una guía para un paisaje complejo hoy. En el período que cubre Schrank, los activistas por la democracia no son violentos. Ese ya no es el caso.

Se ha establecido un Gobierno de Unidad Nacional de la oposición que opera clandestinamente sobre el terreno ya que la junta no proporciona los servicios humanos básicos. Incluye ministros del gobierno derrocados, pero tiene una base más amplia que el gobierno anterior. El Gobierno de Unidad Nacional estableció las "fuerzas de defensa del pueblo". Con pocas armas y recursos, tiene que depender de una alianza de grupos étnicos armados, particularmente el Ejército Nacional de Karen y el Ejército de Independencia de Kachin. Schrank señala correctamente que el ejército de la era del Consejo de Restauración de la Ley y el Orden del Estado mantuvo en gran medida a los grupos armados separados de los activistas por la democracia no violenta. Hoy, el Gobierno de Unidad Nacional está tratando de coordinar las actividades de ambos, con resultados mixtos. Claramente, no son rival para el Tatmadaw en términos de mano de obra, capacitación y recursos.

El gobierno de Unidad Nacional se enfrenta a vientos en contra. El Tatmadaw tiene una historia de 70 años de dividir y conquistar, eliminando a un oponente tras otro con promesas de autonomía y control sobre los recursos naturales. Como resultado, nunca ha habido una alianza fuerte o apariencia alguna de operaciones coordinadas entre las milicias étnicas.

Varios grupos, incluidos dos de los mejor armados y equipados, el Ejército de Independencia de Kachin y el Ejército de Liberación Nacional de Karen, han prometido lealtad al Gobierno de Unidad Nacional y han intensificado los ataques contra el Tatmadaw. Otros grupos, como el United Wa State Army, ven la utilidad de trabajar con un régimen militar diplomáticamente aislado y financieramente desesperado. Los Wa controlan la mayoría de las operaciones ilegales de metanfetaminas y heroína de Myanmar, las cuales se están volviendo rápidamente más productivas, según la Oficina de Drogas y Crimen de la ONU.

Aún otras organizaciones, como el Ejército Arakan, están en proceso de cambio. No condenaron el golpe ni pusieron fin a su alto el fuego de diciembre de 2020. Pero han lanzado algunos ataques para enviar un mensaje de que otro frente no estaría en los intereses del Tatmadaw.

Pero lo nuevo es que la lucha se empieza a llevar a las propias ciudades, con o sin el visto bueno del Gobierno de Unidad Nacional. Ha habido una serie de bombardeos urbanos contra las fuerzas y las instalaciones del Tatmadaw cerca de la sede del partido. Una docena de funcionarios pro-junta han sido asesinados. Y, sin embargo, se desconoce hasta qué punto el Gobierno de Unidad Nacional tiene algún mando y control sobre esto. De cualquier manera, esta campaña de violencia urbana es claramente una que el Tatmadaw no anticipó.

Otra incógnita es el grado de unidad entre los líderes del Tatmadaw. ¿La decisión de llevar a cabo el golpe de Estado tuvo una base amplia entre el cuerpo de oficiales superiores? ¿O fue solo la decisión de los generales de alto rango, el último suspiro de la generación que alcanzó la mayoría de edad bajo el gobierno militar y buscar el botín de ese sistema?

El cuerpo de oficiales del Tatmadaw nunca se había dividido antes. Sus miembros viven en acantonamientos, tienen su propio sistema escolar y universitario, sus propias corporaciones que emplean a miembros de la familia y brindan sinecure a los oficiales jubilados, y sus propios bancos y medios de comunicación. El ejército trabaja para mantener a sus tropas separadas físicamente de la población civil en todas las esferas de la vida.

¿Pero esta vez es diferente? La contracción económica perjudicará mucho a los oficiales de nivel medio. Incluso algunos de los oficiales superiores no son inmunes al colapso de la economía, la disminución de las perspectivas de empleo para sus hijos y las oportunidades limitadas (si las sanciones internacionales comienzan a afectar) para viajar al extranjero. Sus hijos son tan adictos a sus teléfonos inteligentes como todos los demás y probablemente estén enojados por los cortes regulares de Internet.

En resumen, ¿se comparte la riqueza de los militares lo suficientemente ampliamente como para mantener la unidad en las fuerzas armadas? Si se concentra en manos de unos pocos líderes de alto nivel, podrían surgir luchas internas. El Tatmadaw tiene un historial de poner a pastar a algunos líderes codiciosos y económicamente incompetentes. Si ese es el caso, ¿quién es el Thein Sein de hoy que busca una rampa de salida?

Después del golpe de febrero, el Tatmadaw se comprometió a restaurar la "democracia" dentro de un año. Luego pospuso eso hasta agosto de 2023. Las fuerzas armadas parecen estar adoptando el manual militar tailandés para aferrarse al poder, incluida la disolución legal de la Liga Nacional para la Democracia; el arresto, hostigamiento, destierro o cooptación de miembros; la prohibición de políticos que tengan antecedentes penales; el uso de leyes de seguridad nacional opacas; un cambio a la representación proporcional; comisiones designadas por militares; y captura del poder judicial.

Cualquier gobierno respaldado por los militares no aplacará a la población. Hay años de organización clandestina, construcción de partidos y coaliciones por delante, todo bajo condiciones muy represivas. Eso requerirá que haya ejércitos de rebeldes de Rangoon.

jueves, 29 de julio de 2021

Disputa fronteriza sino-india: Cuánto es culpa del imperio británico

Cómo la historia imperial británica da (y no) da forma a la disputa fronteriza entre China y la India

Myra MacDonald || War on the Rocks




Kyle J. Gardner, The Frontier Complex: Geopolitics and the Making of the India-China Border, 1846-1962 (Cambridge University Press, 2021)



Cuando el primer inglés visitó Leh, la capital de Ladakh en el noroeste de la India, a principios del siglo XIX, rápidamente reconoció la importancia estratégica de la región. No solo era un conducto importante para el comercio con Asia Central, sino que su posición en la frontera de la India significaba que podía usarse como "un fuerte trabajo contra un enemigo del norte". William Moorcroft, un veterinario que trabajaba para la Compañía de las Indias Orientales, firmó un acuerdo con el gobernante de Ladakh en el que este último prometía lealtad a Gran Bretaña a cambio de protección. El acuerdo, sin embargo, fue repudiado por los amos británicos de Moorcroft que no estaban dispuestos a alienar al entonces poderoso imperio sij que controlaba la vecina Cachemira y reclamaba derechos sobre Ladakh. Así comenzó más de un siglo de ambivalencia británica sobre Ladakh. Fue un período en el que la Gran Bretaña imperial ejerció un poder enorme y al mismo tiempo sufrió de lo que Moorcroft se quejó de "aprensión fuera de lugar y timidez innecesaria" al tomar medidas decisivas para establecer el estatus de Ladakh.

El enredo británico con Ladakh, desde la visita de Moorcroft en 1820 hasta la salida británica de la India en 1947, es un telón de fondo esencial para dar sentido a la fricción actual a lo largo de la frontera chino-india. Los funcionarios británicos fueron los primeros en intentar definir fronteras lineales para Ladakh, trazándolas en un momento en que la China imperial estaba en retirada. No lo hicieron, dejando un legado confuso que informa gran parte de la disputa sobre la frontera chino-india hasta el día de hoy. El año pasado se produjeron los enfrentamientos más mortíferos en más de cinco décadas entre las tropas indias y chinas en la periferia de Ladakh. Las tensiones continúan aumentando en la Línea de Control Real, la frontera en disputa nacida de una guerra fronteriza de 1962 en la que China infligió una humillante derrota a India. Dado que Ladakh se encuentra entre la frontera chino-india y la Línea de Control que divide la disputada Cachemira, también aumentan las preocupaciones en India de que eventualmente pueda enfrentar una guerra en dos frentes tanto contra China como contra su aliado Pakistán.

A medida que Estados Unidos se acerca a la India y busca restringir a China, es probable que se vea cada vez más involucrado en la disputa fronteriza entre China e India. Al hacerlo, tendrá que lidiar con la historia imperial británica, ya que de otra manera es imposible navegar por los reclamos fronterizos en competencia de India y China. Sin embargo, como argumentaré más adelante, conocer el trasfondo imperial británico es una condición necesaria pero insuficiente para comprender la frontera en disputa. Es importante destacar que omite las decisiones tomadas por China e India después del fin del dominio británico en el sur de Asia. Incluso puede ser engañoso, ya que amplifica en lugar de cuestionar la historiografía tradicional de la disputa: las historias fronterizas se han inclinado durante mucho tiempo hacia la búsqueda de explicaciones en el imperialismo británico, en parte debido al poder hegemónico del Raj, pero también debido a la mayor facilidad de acceso al inglés. -fuentes lingüísticas.

Teniendo en cuenta lo que está en juego, existe un fuerte argumento para un reexamen riguroso tanto de la historia como de la historiografía de la disputa. Esto no tiene por qué producir una reevaluación radical, aunque ciertamente debería centrarse tanto en las motivaciones e intenciones de China, la potencia dominante actual en la región, como en el papel histórico del Raj británico. Pero debería brindar la oportunidad de volver a probar todas las suposiciones. Estados Unidos entró en Afganistán hace 20 años sin comprender completamente lo que estaba asumiendo, comenzando sobre una base débil de la que nunca se ha recuperado. Al abrir un nuevo capítulo en la política exterior basada en la competencia con China, uno en el que la rivalidad chino-india jugará un papel, no debería volver a cometer el mismo error.

"El complejo de la frontera"

La última incorporación a la literatura sobre el legado imperial británico es el nuevo libro de Kyle J. Gardner, The Frontier Complex: Geopolitics and the Making of the India-China Border, 1846-1962. Utilizando una amplia gama de material de archivo y centrándose en Ladakh, Gardner documenta los métodos mediante los cuales los gobernantes imperiales británicos intentaron definir fronteras lineales en las montañas y los desiertos altos y fríos que separan el sur y el centro de Asia. En última instancia, obstaculizados por la inmensidad y la complejidad geológica de la región, los funcionarios británicos, sostiene Gardner, transformaron sin embargo la forma en que se entendía el espacio político. En un compendio de las categorizaciones utilizadas por los gobernantes imperiales británicos, desde geografía y cartografía hasta narrativas de viajes y nomenclátores, argumenta que crearon lo que él llama "el complejo fronterizo": una remodelación "westfaliana" de las fronteras en una región inadecuada para ellos. Ladakh, situada entre Xinjiang, Tibet y Cachemira, fue una vez fue un cruce de caminos para el comercio a lo largo de los afluentes de la Ruta de la Seda. Al establecer la definición de Ladakh como un territorio cerrado con fronteras lineales, los funcionarios británicos comenzaron el proceso de convertirlo de una encrucijada a una frontera. Fue este legado del imperio, sostiene Gardner, lo que da forma a las actitudes hacia la frontera entre India y China hasta el día de hoy.

Es un libro meticulosamente investigado que merece ser leído con atención. El enfoque de Gardner en Ladakh, la parte más grande pero menos poblada del antiguo estado principesco de Jammu y Cachemira, es particularmente bienvenido. Complementa las historias existentes de la disputa fronteriza, entre ellas libros de Alastair Lamb y Neville Maxwell, que también se centraron en la creación de fronteras británica en el siglo XIX. Sin duda, es una historia académica y aquellos que buscan respuestas políticas inmediatas sobre dónde debería correr la frontera en disputa podrían sentirse decepcionados. El libro de Gardner respalda investigaciones anteriores que sugieren que no hay nada en los registros históricos que respalden las afirmaciones de India o China sobre Aksai Chin, el desierto alto y frío desolado y apenas habitado en la periferia de Ladakh que ha alimentado las tensiones fronterizas desde la década de 1950. El valor del libro, sin embargo, es sacar a la superficie algunas de las suposiciones menos obvias en la visión británica de la región, suposiciones que continúan ejerciendo una influencia en la actualidad.

Sin embargo, precisamente porque es un libro tan bien investigado, eso hace que sea más fácil de criticar. Si bien no hay razón para cuestionar su precisión histórica, proporciona una base sólida para volver a examinar la historiografía de la disputa fronteriza entre India y China. A veces, la necesidad del libro de mantener un hilo narrativo sobre la influencia de la geopolítica imperial británica sugiere una mayor coherencia histórica que la que tenía. Como se señaló anteriormente, ignora las decisiones tomadas por la India independiente. También oscurece el papel de la China comunista en preparar el escenario para la disputa fronteriza al afirmar el control chino sobre su periferia, basado en parte en los reclamos imperiales chinos.

El principio de la cuenca

Parte de la historia cubierta en el libro de Gardner está bien establecida. Tras la creación del estado principesco de Jammu y Cachemira bajo la soberanía británica en 1846, los funcionarios británicos intentaron por primera vez definir fronteras claras para Ladakh. Antes de eso, los tratados precoloniales permitían que los puestos aduaneros recaudaran aranceles sobre el comercio, pero también aceptaban una noción de soberanía más multicapa al enfatizar el comercio y otros vínculos, y no había fronteras lineales. Al principio, los funcionarios imperiales británicos creyeron que podían adoptar lo que parecía ser un sistema lógico para delimitar las fronteras. Estos seguirían la cuenca hidrográfica: las altas cadenas montañosas que separan las aguas que fluyen hacia diferentes sistemas fluviales. Pero este principio decisivo era demasiado simplista para la inmensa y, en ese momento, poco conocida maraña de montañas y desiertos entre el sur y el centro de Asia. Para empezar, tendía a asumir cadenas montañosas perfectamente alineadas, mientras ignoraba los espolones perpendiculares que salían de la cordillera del Himalaya central. Un problema aún mayor surgió al decidir una frontera para Aksai Chin, ya que no ofrecía una cadena montañosa clara sobre la cual imponer tal línea. Gran Bretaña consideró varias opciones, entre ellas la línea Ardagh-Johnson que se remonta a 1865 e incluía la mayor parte de Aksai Chin en Ladakh, y la más modesta línea Macartney-MacDonald de 1899. Estas nunca fueron acordadas internacionalmente y cuando terminó el gobierno británico , Los mapas británicos no mostraban fronteras allí, sino que se basaban en un lavado amarillo que se desvanecía hacia el norte y el este. Con el colapso de la hegemonía británica, tanto India como China reclamaron Aksai Chin, entonces tierra de nadie, y los dos países terminaron en guerra en 1962. La victoria de China le permitió ocupar Aksai Chin y crear el primer límite en la región, la Línea de Control Real.

El libro de Gardner amplía esta historia establecida al dibujar la creación de fronteras británicas en un todo coherente, uno en el que una forma híbrida de geografía y política imperial, la geopolítica, replanteó la forma en que se imaginaban Ladakh y la región circundante. Esta reasignación incluyó de todo, desde los intentos británicos de introducir "fronteras científicas" mediante la topografía y la cartografía, hasta las estadísticas y la clasificación de personas en categorías definidas de etnografía y lingüística. Ignoró el movimiento transfronterizo tradicional de personas, entre ellos comerciantes de caravanas, nómadas y peregrinos, al tiempo que priorizó la seguridad imperial. "Si bien el Imperio Británico finalmente no lograría definir sus fronteras territoriales en el noroeste del Himalaya", escribe Gardner, "legó a sus estados-nación sucesores una concepción del espacio político que convirtió las fronteras en objetos de importancia existencial".

En lo que diferiría de Gardner, y esto es en parte una cuestión de énfasis, sería en la medida en que la influencia británica en las fronteras marcó una clara ruptura con el pasado. Como con otras partes del imperio, los legisladores británicos intentaron adaptarse a las tradiciones indígenas al tiempo que introducían sus propias prácticas. El movimiento de personas entre regiones, por ejemplo, continuó hasta la Segunda Guerra Mundial y las líneas fronterizas provisionales nunca fueron demarcadas ni militarizadas, quedando no más que líneas en los mapas. Los funcionarios imperiales también decidieron no poner fin a la "misión Lopchak", una caravana que llevaba obsequios al Dalai Lama en un tributo bienal de Ladakh al Tíbet acordado en el siglo XVII. Aunque los funcionarios británicos temían que esta misión, que reflejaba el sistema imperial Qing de tributos de estados inferiores, pudiera socavar la supremacía británica, dejaron que continuara hasta 1950.

Las historias del imperialismo británico también pueden hacer que las políticas y los enfoques británicos parezcan más coherentes de lo que realmente eran. A pesar del indudable poder del país, la creación de fronteras británica en Ladakh estuvo marcada por la confusión y la incertidumbre, tanto sobre la naturaleza del terreno como sobre las intenciones de una Rusia zarista expansionista en el norte. Los cambios en el liderazgo y las diferentes personalidades también influyeron, lo que llevó a frecuentes revisiones de las políticas. Al leer viejas memorias de la época, queda claro que a veces los funcionarios británicos podían ser oficiosos hasta el punto de la ridiculez; en otras, eran muy conscientes de sus limitaciones. El resultado, sin embargo, fue que las fronteras permanecieron fluidas hasta el momento en que terminó el dominio británico en la India. A diferencia de sus estados sucesores, la Gran Bretaña imperial tenía la ventaja de poder permitirse la ambigüedad en las fronteras. Tenía el poder diplomático, económico y militar para hacer cumplir su mandato sin fronteras fijas. Pero también significó que la vida y el movimiento de personas entre regiones continuaron como antes. Incluso cuando comencé a visitar Ladakh hace dos décadas, todavía se podían encontrar ancianos hablando con nostalgia sobre los días en que no había fronteras.

Una ruptura mucho más grande

Podría decirse que una ruptura mucho mayor en los vínculos superpuestos entre Ladakh y sus vecinos no se produjo con el Imperio Británico, sino con el triunfo de los comunistas en 1949 en la guerra civil en China. Esto, a su vez, condujo a una reafirmación del poder central y la toma del Tíbet por parte de China, que culminó con un levantamiento contra el dominio chino en 1959 y la huida del Dalai Lama a la India. En la década de 1950, China también comenzó a construir una carretera a través de Aksai Chin para ayudarlo a trasladar tropas de Xinjiang al Tíbet, lo que provocó las campanas de alarma en India, que intentó y no pudo hacer valer su propio derecho a la región en el período previo a la guerra de 1962. .

El juicio histórico sobre esa guerra ha sido tradicionalmente que India tuvo la culpa de precipitarla al reclamar el Aksai Chin, basado en la nebulosa línea imperial británica Ardagh-Johnson. Solo hace relativamente poco tiempo que algunos han comenzado a cuestionar esa historia. El periodista sueco Bertil Lintner, por ejemplo, publicó un libro hace tres años culpando a China de la guerra, argumentando que Mao Zedong buscaba una distracción doméstica después de la desastrosa hambruna causada por el "Gran Salto Adelante" y buscaba una excusa para cortar India. a la medida. No es el lugar aquí para pronunciarse sobre esta disputada historia y, para ser justos, la guerra de 1962 en sí no es el tema del libro de Gardner. Pero ciertamente sería un lugar importante para comenzar a repensar la historiografía de la disputa fronteriza entre China y la India. A medida que avanzan los puntos de inflexión históricos, la guerra de 1962 fue una de las más importantes en la historia del siglo XX: antes de la guerra, India había aspirado a heredar el papel de Gran Bretaña como potencia líder en la región, pero después de su derrota quedó en segundo lugar. por China. También vale la pena señalar que cualquiera que sea la explicación de la guerra, el cierre de las fronteras de Ladakh no se produjo durante el período imperial británico, sino después de que el dominio británico terminó en 1947. En su determinación de afirmar el control sobre Xinjiang y el Tíbet, China ha cerrado ambas regiones no sólo al vecino Ladakh, pero a gran parte del mundo exterior.

La India independiente también ha tomado decisiones que no se derivan directamente del legado imperial británico. Era completamente razonable que la India recién independizada y dividida fuera mucho más insegura acerca de sus fronteras de lo que lo había sido el Raj británico. Sin embargo, también optó por combinar sus reclamos fronterizos con el honor nacional: al describir el reclamo de la India sobre los Aksai Chin, el entonces primer ministro Jawaharlal Nehru insistió en que el orgullo nacional y la autoestima del país estaban en juego. Esta combinación del orgullo nacional con las fronteras persiste hasta el día de hoy en una mentalidad de que "ni una pulgada de tierra" debe cederse al otro lado, lo que dificulta la búsqueda de compromisos pragmáticos para lograr fronteras militarmente defendibles.

India también abandonó una estrategia que había heredado del Imperio Británico de dejar los caminos de tierra que conducen a la frontera sin mejorar intencionalmente para evitar proporcionar un fácil acceso a cualquier ejército invasor. Alrededor de 2006, la India comenzó a construir carreteras militares y otras infraestructuras hasta la Línea de Control Real. Como he argumentado en mi propio libro, no está nada claro si esta construcción de infraestructura, que supuestamente alarmó a China, en realidad hizo que las fronteras indias fueran más seguras o, en cambio, dio más que defender al sobrecargado ejército indio. Luego, en 2019, el gobierno indio hizo lo que Moorcroft había sugerido dos siglos antes: tomó a Ladakh bajo control directo, separándola de la vecina Cachemira después de anular efectivamente la autonomía del estado de Jammu y Cachemira. Gardner escribe que la Gran Bretaña imperial consideró regularmente tomar Ladakh bajo control directo debido a su estado anómalo, dados sus vínculos tradicionales tanto con el Tíbet como con Cachemira. Al final, se fue bien. La medida india provocó fuertes críticas de Beijing y probablemente dio forma al enfoque de China el año pasado hacia la frontera en disputa.

Ambigüedad accidental

En ausencia de una historia contrafactual, es difícil evaluar con certeza el alcance exacto del papel británico en la configuración de las condiciones en la actualidad. Definitivamente vale la pena explorarlo para volver a probar los supuestos que ayudan a impulsar la volatilidad en la frontera y buscar lecciones para cualquier futuro asentamiento fronterizo. Ciertamente, la historia sugiere que aquellos funcionarios británicos que creían que la búsqueda de fronteras lineales y asentadas traería la paz estaban equivocados. En todo caso, trazar líneas en los mapas ha tendido a aumentar, en lugar de reducir, el riesgo de conflicto en la región. En cambio, la ambigüedad accidental de la Gran Bretaña imperial, una que permitió el movimiento transfronterizo de personas mientras evitaba una sólida red de carreteras fronterizas y fronteras militarizadas, puede resultar un modelo más útil para emular.

Al mismo tiempo, demasiado enfoque en el papel del Imperio Británico puede llevar a una visión demasiado determinista de la historia que corre el riesgo de presentar a la India y China modernas como víctimas de las maquinaciones imperiales británicas en lugar de actores por derecho propio. También ha sesgado la historiografía para poner en primer plano el lado indio de la frontera, mientras que las acciones y decisiones chinas pasan a un segundo plano. Por supuesto, es eminentemente sensato centrarse en el actor más poderoso de la región y antes de 1947 que era la Gran Bretaña imperial. Sin embargo, ese ya no es el caso. Ahora que China es la potencia preeminente en Asia, es hora de repensar las historiografías ancladas en el Imperio Británico y considerar en cambio cómo Beijing está remodelando el mapa político de la región con su propia geopolítica.

Tal revisión no producirá soluciones políticas de la noche a la mañana y tampoco debería tener la intención de hacerlo. Lo que puede hacer es examinar las lecciones de la historia y separar las correctas de las incorrectas. El legado británico de intentar, y fracasar, trazar fronteras lineales es ciertamente en parte responsable del conflicto fronterizo. Pero los funcionarios británicos también hicieron algunas cosas bien, por accidente o intencionalmente. Permitieron a los comerciantes, nómadas y otros moverse libremente entre Ladakh y sus vecinos. Tal libre circulación puede parecer utópica en las circunstancias actuales, pero sería un ideal al que aspirar a muy largo plazo. Su disposición a dejar que el duro terreno haga el trabajo de brindar defensa, por ejemplo, dejando los caminos fronterizos sin mejorar intencionalmente, merece consideración al determinar cómo lograr fronteras defendibles hoy. Finalmente, al examinar el legado imperial británico, uno debe tener cuidado de restar importancia a la vista desde el lado chino de la frontera, o ignorar el papel de Beijing en la preparación del escenario para el conflicto fronterizo con su ocupación del Tíbet y la construcción de una carretera militar a través de la frontera. Aksai Chin en la década de 1950.

martes, 5 de enero de 2021

Libro: Cómo organizar un golpe militar: de la planificación a la ejecución

Revisión del libro de SWJ: Cómo organizar un golpe militar: de la planificación a la ejecución


Revisado por: Major Aaron Gookins
Small Wars Journal


Cómo organizar un golpe militar: de la planificación a la ejecución. Por Ken Connor y David Hebditch. La Vergne: Sky Horse Publishing, 2017. 187 páginas.
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El miembro más antiguo del Special Air Service (SAS), Ken Connor, con la ayuda de un autor e historiador de carrera, David Hebditch, examinan los éxitos y fracasos de golpes militares de todo el mundo en su trabajo; Cómo organizar un golpe militar: de la planificación a la ejecución. Como sugiere el título, los autores afirman proporcionar una guía paso a paso para planificar y ejecutar un golpe militar, pero no dan en el blanco. Los autores utilizan un método de estudio de casos históricos a lo largo del trabajo con interjecciones cómicas, a menudo inoportunas, para presentar el análisis de más de 20 golpes. El resultado final es un libro que tiene una base histórica, proporciona una lista razonablemente sustentada de indicadores de probabilidad de golpe y entretenimiento; pero no ofrece un verdadero marco de ejecución.

La confusión y la desorganización se establecieron al principio de este escrito a medida que las viñetas históricas se enturbian con relatos fabricados de un plan para derrocar al gobierno permanente del Reino Unido. La edición 2017 del libro aborda la inserción del relato ficticio en su avance. El alero, escrito por Hebditch, es razonablemente conciso y hace referencia a los intentos de golpe de Estado más recientes en la historia mundial (es decir, la Primavera Árabe del Norte de África y el golpe de Turquía de 2016 potencialmente falso). Sin embargo, no está claro dónde termina la ficción y comienza la exposición. Además, en capítulos posteriores de la obra, los relatos de ficción no respaldan en absoluto los argumentos de los autores. Además, Hebditch relata arbitrariamente una redada del FBI del norte de Georgia contra los planificadores golpistas, en la que se confiscó una copia de este mismo libro. Es difícil determinar si el autor afirma que la redada agrega credibilidad al argumento del libro o si encuentra cómicos los hechos.

En otros puntos, los autores muestran sus conocimientos y argumentos de una manera atractiva y bien respaldada. En la primera mitad de este trabajo parece que cada capítulo titulado servirá como un solo paso en la planificación del golpe, con los siguientes títulos: “Los militares en la política”; “Motivación y Masaje”; "Planificación del golpe perfecto"; “Reclutamiento, entrenamiento y tácticas”; y "Mantener su golpe de Estado encubierto". Estos primeros capítulos, bien escritos y atractivos, brindan afirmaciones sólidas respaldadas con referencias históricas de todo el mundo. El dominio del conocimiento histórico de los autores en estos capítulos, así como la experiencia operativa, son bastante impresionantes y atractivos para lectores de todos los niveles de conocimiento. Sin embargo, el marco en sí es menos impresionante para los lectores con antecedentes militares, políticos o históricos. La simplicidad de la explicación deja al lector sintiéndose insatisfecho a veces mientras los autores escriben lo que parece ser lo obvio.

La simplificación excesiva de los pasos propuestos por los autores es bastante obvia para el lector experimentado, ya que los autores son demasiado amplios con su análisis y razonamiento. Las conclusiones de cada capítulo dejan a la audiencia con ganas de decir, "por supuesto que tienes que hacer eso". El resumen puede expresarse más directamente de la siguiente manera: las metas y objetivos políticos de las superpotencias, o de las superpotencias cercanas, afectarán su decisión de apoyar o rechazar un golpe. Esto en sí mismo es un ideal muy simple y poco original. Los golpes de Estado por su propia naturaleza son políticos, por lo tanto, es lógico pensar que las decisiones de otros países de apoyar o rechazar los golpes de estado también serían de naturaleza política. Sin embargo, aunque el argumento en sí no es innovador, los autores apoyan adecuadamente su argumento con ejemplos de golpes de estado de todo el mundo. Los ejemplos de golpes en sí mismos son interesantes y mantienen al lector comprometido.

La segunda mitad del libro se siente como un intento de proporcionar una lectura atractiva y entretenida, pero no una continuación del argumento expuesto. La naturaleza desarticulada hace que parezca que dos escritos intrínsecamente diferentes se vieron obligados a unirse para crear una obra literaria. Los últimos capítulos del libro se sumergen en la intervención militar de Estados Unidos en Irak, golpes irrelevantes en las islas de Fiji y la utilización de ejércitos mercenarios. El capítulo de Fiji parece no ser más que una plataforma para que el autor mitifique aún más a un hombre llamado "Caballo" con quien sirvió en el SAS. El capítulo que se centra en Irak se siente fuera de lugar y es una forma de forzar lo que los autores ven que es una política fallida en el Medio Oriente. Además, la inserción forzada de este capítulo dificulta aún más la transición a la discusión de los autores sobre la utilización de mercenarios para apoyar un golpe. Una vez que el lector puede volver a concentrarse, hay puntos razonables y pertinentes que explican por qué los soldados a sueldo carecen de la constitución para ejecutar un golpe exitoso. En general, los capítulos posteriores tienen puntos altos pero no apoyan verdaderamente las afirmaciones establecidas a través del título del libro.

En resumen, Cómo organizar un golpe militar: desde la planificación hasta la ejecución proporciona una descripción entretenida a nivel superficial de varios golpes en todo el mundo. El libro no es para personas que buscan un análisis en profundidad, sino más bien presentaciones de alto nivel. Sin embargo, los autores proporcionan varios ejemplos de golpes militares tanto exitosos como fallidos y proporcionan dos apéndices útiles que incluyen una lista completa de golpes conocidos en todo el mundo. Si bien el libro no logra alcanzar su título, sigue siendo una lectura entretenida para cualquiera y un informativo para un historiador novato interesado en ampliar su comprensión de los golpes militares.

domingo, 8 de marzo de 2020

Libro: Qué hay detrás de la rebelión y violencia en Chile

Rebelión, violencia y caos social: qué hay detrás del malestar general en Chile

En esta nota reproducimos el prólogo de “Pensar el malestar: la crisis de octubre y la cuestión constitucional” (Editorial Taurus), nuevo libro del premiado historiador chileno, que busca comprender, más allá de consignas y análisis de ocasión, el origen de lo que se dio en llamar el “estallido social” del país andino
Por Carlos Peña || Infobae

Viña del Mar, Chile, 23 de febrero de 2020 (Foto: MARTIN BERNETTI / AFP)

Al momento de terminar este ensayo han transcurrido más de noventa días desde lo que la prensa —con más imaginación que análisis— denominó «estallido social». Poco a poco la ciudad ha ido recuperando su quehacer habitual. Sin embargo, la normalidad es ahora distinta. Incluye protestas cotidianas en la plaza Baquedano y movilizaciones de toda índole; tiendas y pequeños negocios familiares blindados en espera de un ataque; muchachos y muchachas aún envueltos en la épica del combate callejero; grafitis que transmiten insultos varios o deseos insensatos y absurdos; chalecos reflectantes que dirigen el tránsito a cambio de una propina; carpas en el bandejón central de la Alameda habitadas por personas que han sustituido la actitud del desposeído por la displicencia de quien decidió vivir al margen; suspensiones de los test de admisión a las universidades luego de la protesta de jóvenes enardecidos; la funa y los gestos agrios sustituyen, por momentos, al diálogo democrático en el Congreso; los ritos y las actuaciones juveniles movilizan y contagian a quienes miran la protesta; profesionales burgueses asisten al fenómeno con entusiasmo, viendo en él un respiro a la impersonalidad de la organización en que se ganan la vida; políticos, periodistas, columnistas, estrellas de matinal, rectores, futbolistas, escritores y dirigentes de toda índole miran una y otra vez el teléfono para cerciorarse de que las opiniones que han emitido merecen el aplauso en vez de la repulsa que tanto temen.

En general se observa, por aquí y por allá, una nueva actitud de las personas quienes, de pronto, parecieron descubrir que los dispositivos que producen el orden en la sociedad no eran más que fantasías. Frente al paseo Ahumada, uno de los lugares más concurridos de la ciudad, un taxista se encuentra detenido a metros de una pareja de carabineros, los mismos que en septiembre le habrían cursado un severo parte. Ahora el taxista, con su sillón levemente reclinado, espera pasajeros al compás de una batucada callejera mezclada con el murmullo del comercio ambulante. Al tomar el taxi y preguntarle al conductor —un hombre que debe ser abuelo y un trabajador honrado— cómo era que podía estar estacionado allí, contestó: “es que después del 18 de octubre todo está permitido”.

El taxista resumió, espléndidamente, lo que pudiera llamarse el clima social de Chile. “Todo está permitido”. Los sociólogos denominan a este fenómeno “anomia”. Esta no sería otra cosa que la ausencia de normas, la falta de una orientación compartida de la conducta que alimenta, a la vez, una falsa sensación de libertad y una inevitable frustración. Y es que la permisión total no es, como se puede comprobar en estos mismos días, equivalente a la libertad sino, tarde o temprano, a la angustia. Como saben los psicoanalistas, cuando todo está permitido, no es la satisfacción lo que espera, sino la frustración permanente. Dostoievski fue quien dijo que si Dios no existía entonces todo estaba permitido; pero la verdad, como observó después Lacan, parece ser la opuesta: allí donde todo se permite, la satisfacción es la que está prohibida. Y es que los deseos ilimitados, esos que la subjetividad abriga, no se pueden satisfacer. Por eso Durkheim observó, en sus estudios sobre la educación, que uno de los peores efectos de la anomia era lo que denominó, con expresión inmejorable, "el mal del infinito». Entregados a expectativas múltiples sin un significado que las oriente, los seres humanos experimentan no la felicidad, sino la frustración.

¿Cómo y por qué pudo ocurrir esto en el país que días antes del 18 de octubre presumía ser un oasis en la región?

“Pensar el malestar: la crisis de octubre y la cuestión constitucional” (Editorial Taunus) de Carlos Peña

Si se toman por ciertas las reacciones inmediatas de esos días, la causa del fenómeno sería la injusticia y, en especial, la incuestionable desigualdad que afecta a la sociedad chilena. Por debajo del bienestar y el consumo, dice este diagnóstico, las personas experimentarían profundas diferencias que poco a poco alimentaron un malestar que acaba por expresarse como un estallido; la sociedad chilena abrigaba tanta injusticia, se sugiere, como un globo inflado con entusiasmo hasta que de pronto no resistió más. Había, pues, que remediar la injusticia para que la calma retornara. Pero para hacer eso era imprescindible, se dijo, cambiar la constitución, verdadera camisa de fuerza de la estructura social chilena que impedía los cambios.

Una revisión de los datos muestra que la sociedad chilena es, por supuesto, desigual, aunque no la más desigual de la región. Tampoco ella carecía de un impulso para irla remediando.

En 1989, el 49 por ciento de los chilenos, según las mediciones de entonces, vivía bajo la línea de la pobreza y tenía un ingreso per cápita de menos de cuatro mil dólares. Y si la pobreza de entonces se hubiera medido con la metodología de hoy, los pobres habrían alcanzado más del 60 por ciento. Hoy, en cambio, está por debajo del 9 por ciento y la pobreza extrema bajo el 3 por ciento. El ingreso per cápita, en tanto, ha aumentado a más de 24 mil dólares. El consumo de los bienes que la sociología llama “estatutarios”, es decir, aquellos que son símbolos de un estatus social determinado —como cierto tipo de autos y ropa—, se ha expandido masivamente. Hoy en Chile existe un millón de estudiantes universitarios. Y los provenientes de familias pertenecientes al 60 por ciento más pobre estudian de forma gratuita en universidades públicas o privadas. El 90 por ciento de las familias chilenas tiene acceso a internet y, de estas, el 87 por ciento cuenta con una red 4G. Según el último reporte del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD), el 60 por ciento de los chilenos pertenece a grupos medios a los que se podría caracterizar, siguiendo una observación de Tocqueville, como poseídos por la “pasión por el consumo”.

La desigualdad medida por el famoso índice Gini (según el cual el cero indica igualdad absoluta) disminuyó desde 52.1 el año 1990, a 46.6 puntos en la actualidad. Bajo este indicador Chile es más igualitario que Brasil, México, Colombia o Costa Rica —que a su lado parecen hoy una taza de leche—. Y si se corrige por cohortes —si se mide la desigualdad en las generaciones observó Sapelli—, se llega a la conclusión de que las más jóvenes son mucho más iguales que las viejas. Si se compara a la generación nacida en 1960 con la generación de 1990, la mejora en ese indicador es de veinte puntos.

Sí, no cabe duda. Chile es un país desigual y hay que hacer esfuerzos para remediarlo; pero atribuir a la desigualdad la conducta social de los últimos meses, reduciéndolo todo, como si ella fuera una simple reacción ante lo que se vive como injusticia, no parece intelectualmente correcto. Parece más bien una forma de desviar la mirada de algo que no se comprende y que, sin confesarlo, se teme.

Sebastián Piñera (Foto: Pedro Lopez / AFP)

Es probable que en esa explicación a la conducta de estos meses, y a los acontecimientos de octubre, se estén confundiendo las razones justificatorias de una acción, con las causas que la desatan.

Justificar una acción consiste en esgrimir razones para considerarla correcta; explicar una acción, en cambio, supone identificar las causas probables de su ejecución. Usted puede justificar una acción ignorando sus causas o puede identificar sus causas sin saber si la acción del caso es correcta o no. En esta línea, es posible afirmar que una cosa son las causas de la conducta social que se ha denominado “estallido socia”» y otras las razones que la hacen correcta o no. Detenerse solo en esta última dimensión, como si los fenómenos sociales estuvieran siempre causados por razones normativas, significa incurrir en lo que Hegel llamaría la “falacia del alma bella”. Un alma bella, para el filósofo alemán, era quien creía que la moralidad abstracta es la que conduce el mundo. En términos más sencillos, el alma bella es la que cultiva el buenismo: la convicción de que el saber moral resuelve los problemas y la ignorancia de lo que es correcto es la que los causa.

Seguramente ha contribuido a la confusión de esos dos planos el esfuerzo que se ha puesto, desde el punto de vista de la lucha política, por adscribir un sentido al fenómeno. Es propio de la lucha política, y parte del juego por el poder, asignar el sentido que coincide con las propias preferencias normativas a los fenómenos sociales.

Es lo que ocurrió luego de los acontecimientos de octubre.

Los violentos hechos del 18 fueron seguidos por una marcha formidable en la que se yuxtaponían innumerables demandas: por momentos pareció una muchedumbre de solitarios, cada uno con sus reivindicaciones que, por unas horas, encontraban el abrigo de los otros. No había en ella ni orgánica que la condujera ni programa ideológico o reivindicativo que orientara sus peticiones. Pronto hubo, sin embargo, una atribución de sentido proveniente de los actores políticos cuyo punto central fue la demanda por una nueva constitución. La fuerza emocional del momento y la diversidad de quejas y demandas encontró, de pronto, un sentido. Pero es obvio que la gente no se movilizó para lograr un cambio constitucional —apenas dieciocho meses antes no endosaron esa demanda y la mayoría ahora indignada en vez de votar prefirió quedarse en su casa—, sino que esto último fue una adscripción posterior que acabó confiriendo sentido a la protesta. Que existan razones normativas para el cambio constitucional —las hay— es una cosa, pero que ellas sean causa de la protesta es otra muy distinta. Los seres humanos —y lo mismo vale para los movimientos sociales— necesitan conferir sentido a lo que hacen; aunque el sentido, como ha ocurrido en este caso, suele ser ex post a la acción: una profecía al revés.

En Chile el cambio constitucional parece inevitable y es, además, como se arguye hacia el final en este ensayo, necesario. Las sociedades crecientemente complejas requieren reconstruir reflexivamente, y a un nivel cada vez más abstracto, los vínculos que el proceso modernizador ha desvanecido —como predijo Marx— en el aire. También parece necesario hacer arreglos para trazar mejor la línea que divide las desigualdades correctas (las que son producto del esfuerzo personal) de las incorrectas (las que son heredadas o producto del privilegio).

Nada de lo anterior, sin embargo, debe conducir a la simpleza de aseverar que porque el malestar adquirió un sentido, este último haya sido la causa que lo produjo.

Valparaiso, Chile, 5 de marzo de 2020 (Foto: REUTERS/Rodrigo Garrido)

El tema de cuáles sean los factores que produjeron un fenómeno como ese —y que, lo más probable, cuando estas páginas se estén leyendo continúe— sigue pendiente y nada aconseja ahorrarse el esfuerzo de comprender sus causas. Y este es el objetivo de este apresurado ensayo. Revisar la literatura disponible para ver qué explicaciones generales poseería el fenómeno que Chile ha experimentado. Hacer el esfuerzo de explicar, siquiera en términos teóricos, por qué una sociedad cuyo bienestar se había venido incrementando entra, de pronto, en una espiral de protesta hasta el extremo de experimentar, como el taxista del paseo Ahumada, que después del 18 de octubre todo está permitido. Por supuesto una explicación general, como las que estas páginas indagan, debe ser completada con estudios más pormenorizados. Pero estos requieren ideas y conjeturas más generales que permitan orientarlos.

Al llevar adelante esa tarea se descubre que los procesos de modernización capitalista, como los que el país ha experimentado, suelen estar acompañados de movimientos sociales que en vez de reivindicar mejoras puramente materiales, reclaman también la posibilidad de definirse a sí mismos y definir, culturalmente, el mundo en que se desenvuelven. Quizá ahí radica la extraordinaria y abigarrada cantidad de mensajes rabiosos que contienen las paredes donde junto a reivindicaciones materiales hay otras (más tofu, menos carne; más lesbianas y menos pacas; Piñera a la horca; los árboles serán liberados) de más difícil satisfacción. Esos movimientos sociales son como rendijas por las que se asoma una de las dimensiones de la modernidad: la subjetivación de la vida, el ansia por definirse a uno mismo en un mundo que, sin embargo, para alcanzar el bienestar material debe cultivar su otra dimensión, tecnificada y fría. La democracia, que es la práctica que en las sociedades humanas sirve para curar esa sensación de ajenidad en un mundo cada vez más racionalizado, se encuentra sin embargo con el problema de que en el mundo moderno ya no parece haber un piso desde el cual puedan inferirse orientaciones normativas para la vida en común. La ambivalencia de la modernidad —a saber, la racionalización de la vida y a la vez el anhelo de vivir plenamente desde la subjetividad— está acompañada de la idea de que no hay fundamentos, distintos a la subjetividad, para sentar las bases de la vida en común. Sin embargo, la existencia de una comunidad política supone que esa base común exista y ese es el sentido —y la dificultad— que debe encarar un proceso constituyente como el que en Chile se ha iniciado.

De esos tres problemas —los movimientos sociales y la crisis; la carencia de fundamentos para la vida compartida y la ambivalencia de la modernidad; y la cuestión constitucional— se ocupan las páginas que siguen. Es probable que en el esfuerzo de comprender esos fenómenos parte de las discrepancias que se observan en Chile se disipen.

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