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lunes, 11 de diciembre de 2023

Esequibo y la carrera armamentística regional

No es solo Esequibo, es la carrera armamentística en la región


Por Ignacio Montes de Oca || Pucara Defensa


La situación en Esequibo entre Venezuela y Guyana es algo más que un asunto bilateral. El referéndum del domingo puede tener una influencia regional, dado que puede incidir en el gasto militar de la zona y en el método para solucionar otros diferendos en curso. Vamos a los datos.





Comencemos viendo si existen otros conflictos limítrofes, porque lo que propone el chavismo es resolverlos de un modo unilateral. Vamos a ver esos litigios para saber si estamos ante un número grande de casos y si abarcan a una cantidad suficiente de países de la región.

El más evidente es el de Malvinas. Desde 1833 y con la guerra de 1982 mediante, Argentina le sigue reclamando a Gran Bretaña la restitución de ese archipiélago y los de Georgias del Sur y Sándwich del Sur. Se le suman intereses pesqueros y petroleros abundantes en la zona. Un poco más al sur hay diferencias en la delimitación del mar territorial en el océano Atlántico entre Argentina y Chile por una zona de 5.000 km2, desde que la administración Piñeira trazó los mapas en los que se arrogó la soberanía marítima en el extremo sur del continente. Hacia el norte, en el Pacífico persiste la controversia entre Chile y Perú por la soberanía de 37.000 km2 de plataforma marítima. Bolivia reclama a Chile la devolución de la región costera perdida en la guerra de 1879 y desde 1978 esta diferencia suspendió el vínculo diplomático.

Un poco más arriba, Ecuador y Perú resolvieron la diferencia limítrofe por la zona de Cenepa que provocó una guerra en 1995. Si bien la diferencia está resuelta, vale citarlo en este momento por el riesgo de repetirse la nulidad de los fallos y pactos invocada por Venezuela.

Las diferencias por zonas oceánicas se repiten entre Colombia y Venezuela por el archipiélago de Los Monjes y sus recursos petroleros. Colombia también tiene una disputa aun no cerrada con Nicaragua por los 50.000 km2 de las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Surinam y Guyana tienen reclamos cruzados por la región del Tigri y el río Coeroeni. Ambos países tienen aún una cuestión pendiente con Venezuela, porque los mapas coloniales podrían ampliar el reclamo de Caracas a otras zonas que hoy son parte de sus territorios. Guatemala reclama 11.000 km2 de Belice y Costa Rica y Nicaragua no terminan de resolver la situación de la Isla Portillos. Honduras y El Salvador tienen pendiente el diferendo por la Isla del Conejo, el remanente de un conflicto que en 1960 los llevó a la breve “guerra del Fútbol”.

Hay otros conflictos pendientes, como el de Brasil y Uruguay para resolver una parte de la traza común en Isla Brasilera y en Vila Thomaz Albornoz, la disputa entre Haití y EEUU por la Isla Nevaza y el reclamo cubano para que los estadounidenses abandonen Guantánamo.

Otras disputas no son de delimitación de límites, como es la generada por las actividades ilícitas entre Colombia, Ecuador, Venezuela, Brasil y Panamá, o por el uso de recursos fluviales entre Dominicana y Haití en Río Masacre o entre Argentina y Paraguay en la Cuenca del Plata.

Antes de continuar, y por tratarse de un tema sensible para los venezolanos, se aclara que es un análisis de escenario que no pone en tela de juicio la cuestión de la soberanía sobre el Esequibo, sino que se centra en el método desplegado por el chavismo y sus repercusiones. Más allá de la justicia en el reclamo venezolano, el planteo no es ni jurídico ni de pergaminos históricos, sino sobre la validez del modelo de resolución que salta por encima de los métodos diplomáticos y se sustenta en el uso del unilateralismo y el discurso belicista.

No es una especulación autocomplaciente dado que desde la irrupción de Rusia en Ucrania ese modo de resolución está siendo puesto a prueba y los apoyos que recibe Putin en su invasión hacen que sea una tendencia preocupante si implica la aparición de imitadores en otros estados. Si el Tercer Mundo reinicia el ciclo de calentamiento de disputas territoriales, el camino de la negociación cederá ante los discursos militaristas. Por eso el problema del Esequibo es un modelo que pone a prueba algo más que una cuestión entre Venezuela y Guyana.

El vínculo estrecho entre Rusia y Venezuela hace que esa identidad de enfoques le dé al evento una dimensión adicional, porque supone que el método putinista de solución drástica de controversias inaugurado en Crimea en 2014 muestre su posibilidad de replicarse en otras zonas. La existencia de un eje de países con identidad de métodos y enrolados en una cruzada global no hace más que darle vigor, recursos militares y la naturalización del método para lograr una legitimación aparente por la adopción del mismo modo de acción a escala global.

Luego de Putin, Azerbaiyán decidió resolver sus diferencias con Armenia por Nagorno KAravaj mediante el instrumento militar. Marruecos decidió avanzar sobre el Sahara Occidental para romper el status quo sostenido durante décadas en el litigio con España y Mauritania. Serbia movilizó tropas a la frontera con Kosovo con la excusa de incidentes étnicos. China sostiene diferendos militarizados con la India y con otros 8 estados por la delimitación de las zonas marítimas en el Mar del Sur, además del reclamo para que Taiwán vuelva a su control. Turquía reclama a Grecia la soberanía sobre varias islas en el Mediterráneo y Chipre y avanzó sobre territorio sirio e iraquí en su lucha contra los kurdos. Falta mencionar las irrupciones militares rusas en Georgia y la ocupación de Transnistria en Moldavia mediante separatistas.

En África las fronteras trazadas en la era colonial fueron la fuente de múltiples diferencias limítrofes entre Argelia y Marruecos por el Sahara Occidental, entre Libia y Chad por la región de Auzu, entre Namibia y Angola y así con una docena de disputas limítrofes.

En un marco más amplio, coloca a las diferencias limítrofes pendientes dentro de una secuencia que obedece a las necesidades del bloque de países con autocracias y su necesidad de multiplicar los focos de inestabilidad en su disputa con Occidente y sus aliados. Y en la misma senda, supone revitalizar la antigua costumbre de agitar el nacionalismo y las reivindicaciones territoriales pendientes para crear ambientes políticos internos en los que la “urgencia patriótica” habilite tomar medidas para debilitar la democracia y sus instituciones.

Desde que asumió Hugo Chávez implementó una alianza estrecha con Rusia, China e Irán que incluyó la cesión de los derechos de explotación minera y petrolera a cambio de un arsenal y el alineamiento estricto. Pero en particular, con los planes de Moscú y Teherán. Esto es particularmente importante si se pone en contexto el momento elegido para realizar el referéndum y agitar un nuevo conflicto que abra otro frente para Occidente y esta vez muy cerca de los EEUU, de manera que sume compromisos a los que ya asumió en Ucrania e Israel.

Mas allá de la cuestión nacional y lo que representa Esequibo para los venezolanos, elevar la temperatura de un conflicto que llevaba décadas en fase política y llevarla a un plano de amenaza militar, es consecuencia directa de esa alianza entre Maduro y Putin.  No existe otro modo de explicar la oportunidad, además de la circunstancia del descontento interno que, por lo que indican las encuestas, puede volcar por primera vez la mayoría de los electores en contra del régimen chavista en las elecciones presidenciales de octubre de 2024. Para un país quebrado, es un sinsentido agitar un conflicto costoso y el momento que elige Maduro se contradice con sus urgencias económicas. El factor interno exclusivo se queda corto y, más aún, porque Rusia no puede auxiliarlo, por estar atrapado en las pérdidas en Ucrania. Pero si se lo observa desde la lógica de las alianzas y necesidades estratégicas de sus socios, perdido por perdido, bien vale sacudir el tablero para conmover el escenario interno y, al mismo tiempo, estimular un ambiente conflictivo externo. La ganancia, meramente es política.

Queda entonces la lógica geopolítica para anudar lo interno y lo externo. No se trata de un enfoque economicista sino a un hecho sencillo que surge de medir el impacto que tiene la inestabilidad y el militarismo en países que atraviesan dificultades económicas severas y crónicas.

Que un cazabombardero moderno cueste tanto como una represa o que cada tanque más que una escuela o un dispensario es un problema, porque las compras de materiales militares se hacen al por mayor y, sumando además los costos de mantenimiento, se multiplican los costos.

Esos valores se reproducen aún más si las compras se hacen de apuro por un aumento súbito de las tensiones y vuelven a crecer si se desata una conflagración y el mercado militar está saturado por otros conflictos paralelos, como está sucediendo desde que Rusia invadió a Ucrania.

Una fragata moderna vale hasta U$S 800 millones. Un caza, entre 50 y 100 millones, cada tanque, entre 4 y 9 millones y cada bala de 7,62 mm 50 centavos de dólar. Un proyectil de 155 mm de las que hoy se disparan de a miles a diario en Ucrania cuesta unos U$S 400, 30% más que en 2021. Es por eso que las carreras militaristas, que ocurren cuando se abandona la senda diplomática, tienen un impacto brutal en las sociedades. Mas aun si se hacen a las apuradas y el juego de la oferta y la demanda eleva los precios. Incluso sin entrar en una guerra, el costo es inmenso.

En el caso del Esequibo, sin importar si el asunto termina en una irrupción militar, a la fuerza va a tener efecto en la región. La sola idea de un regreso de la resolución por la fuerza o la amenaza militar es motivo para que se desate una carrera de rearme con efecto dominó.

El sutil paso desde la disuasión a la amenaza obligaría a reconsiderar las políticas de equipamiento militar, y la existencia de cuestiones limítrofes irresueltas agrega razones para aumentar los presupuestos militares en una zona que iba en el camino opuesto. América Latina es, respecto a otras regiones, una de las que tiene menor gasto militar en montos y en cantidades totales. Y hasta hoy es una zona libre de conflictos entre estados. El último fue el en 1995 entre Perú. Esos 28 años de estabilidad, son los que están en riesgo.

El gasto militar per cápita de la región es uno de los más bajos del planeta medidos en relación con el PBI. La mayor parte de los países está por debajo del 2% salvo por casos especiales como el de Colombia del 3% por el conflicto con la narcoguerrilla que atraviesa hace décadas.  El gasto militar de Venezuela cayó del 3% al 0,6% del PBI desde el periodo de auge que va desde 2002 a 2009, cuando gastó U$S 12.700 millones en armas rusas chinas e iranies. Las compras bajaron porque no es buen pagador y además por el quebranto de su economía. Aun así, la crisis del Esequibo puede volver a elevar su gasto militar y con ello arrastrar a sus vecinos a la decisión de adquirir más y nuevas armas para equiparar a sus soldados. Y a los vecinos de sus vecinos para empardar la apuesta. Y así se esparce el reguero militarista.

Quebrar la tendencia a buscar una salida diplomática y adoptar enfoques militarizados puede crear una sangría de recursos para América Latina. El método usado por el chavismo tiene una influencia potencial muy compleja a largo plazo en una región que no resalta por su prosperidad. La alternancia de gobiernos de signo opuesto en un mismo país también pueden agudizar estas tensiones o canalizarlas para el consumo político interno. Ya lo vimos en las acusaciones y movilizaciones militares entre Colombia y Venezuela antes de la llegada de Gustavo Petro. La relación entre el chavismo y Colombia se revirtió con la llegada del populismo a Colombia. En este juego, la diferencia en la política exterior de Brasil entre Bolsonaro y Lula es tan grande como la que promete el cambio en Argentina entre Milei y Alberto Fernández de Kirchner. En cada cambio de signo político hay una variación en el posicionamiento y un enrolamiento de diferente grado con alguno de los centros de poder global que pueden gestionar más tensiones y acumular más motivos para que se callen los embajadores y comiencen a ordenar los generales.

En la era de los golpes militares, esa carrera armamentista fue la que les dio peso político a los uniformados. También está en juego hacer un retroceso a tiempos en que los temores y los ejércitos pesaban tanto que a veces terminaban aplastando a las instituciones políticas. Luego, el juego de alianzas tendrá su efecto en la elección del mercader de armas. Si será EEUU, Europa, Rusia, Brasil o China tendrá que ver con los posicionamientos. En todos los casos, Maduro podrá reclamar su comisión por haber estimulado al crecimiento de la demanda. Hay un dogma siniestro que dice que Occidente crea conflictos para vender armas. En este caso es un presidente en el extremo opuesto de la mesa el que lo hace. Quizás sus socios en Moscú, Teherán y Pekín vean a la región como un prospecto para reemplazar mercados perdidos. En ese trámite, se va agrandando la trampa de los discursos castrenses reemplazando al lenguaje diplomático y el riesgo de incidentes en zonas ahora militarizadas. O que gobiernos con compromisos con Rusia o Irán busquen ponerle un cebo a esa emboscada belicista.

El pacto militar de julio entre Bolivia e Irán, el acercamiento de Rusia a ese país y la alianza con Cuba, Venezuela y Nicaragua o los discursos antioccidentales en otras capitales de la región son elementos que se suman al temor que se soliciten crear otros focos de conflicto. Por ejemplo, con la llegada del dúo Ortega & Murillo al poder en Nicaragua se elevaron las tensiones fronterizas con sus vecinos y su gasto militar, junto al alineamiento con Rusia, que proveyó de material desproporcionado para los riesgos reales que afronta ese país.

Por definición, los populismos de izquierda o de derecha suelen arrojarse en el militarismo para protegerse de invasiones y despojos imaginarios inspirados en escenarios de siglos pasados. Cuba es uno de los gobiernosaurios que gasta el 2.88% de su paupérrimo PBI en defensa. Aunque no siempre haya una amenaza inminente, suelen armarse para reforzar sus argumentos paranoicos, la profecía autocumplida surge cuando toda la vecindad busca equiparse que quedar en estado de indefensión si alguna diferencia que se pensaba controlada vuelve a activarse.

De allí que lo que fuera a hacer Venezuela tiene influencia en su entorno inmediato y un impacto secuencial en una región que hasta ahora venía controlando sus pulsiones militaristas. El aleteo de una mariposa en Esequibo puede convertirse en un dron sobrevolando una frontera. El belicismo y los discursos ardidos pueden apurar las alianzas y alineamientos y convertir a los estados en parte de un juego global que, en lugar de asegurar la paz, los transformen en piezas blindadas de un ajedrez ajeno. Ya sucedió en la Guerra Fría y puede repetirse. Por eso mientras los venezolanos votan – o se abstienen de hacerlo – en el referéndum del domingo, hay otra deliberación que involucra al resto de la región y es la elección respecto al método para resolver sus controversias pendientes o las que fueran a surgir más adelante.

Latinoamérica debe elegir si se suma a la moda putinista de militarizar la respuesta ante los problemas externos e invocar un patriotismo autocrático o si insiste en el camino de la negociación, aunque los resultados no cumplan sus expectativas o los tiempos deseados. En síntesis, la región debe decidir si regresará a los arsenales sobredimensionados y costosos o adoptará sistemas militares acordes a sus necesidades y recursos. O, si se prefiere, si Latinoamérica ha madurado en sus respuestas o si va a convertirse en un espacio Maduro.

Este no es un alegato para terminar con las fuerzas armadas y reemplazarlas por milicias o legiones de pacifistas armados con osos de felpa y frases insoportablemente leves de Osho. Apenas advierte del riesgo de un derrape militarista ruinoso que se perfila en el horizonte.

lunes, 20 de abril de 2020

Estonia se prepara para enfrentar las infiltraciones rusas

Enfrentando al oso ruso: ¿Rusia desplegará pequeños hombres verdes contra Estonia después de que termine la pandemia?

IGTDS





La pequeña nación báltica de Estonia fue considerada un estado "vasallo" (República Soviética) dentro de la URSS desde el momento de su invasión y ocupación por las fuerzas soviéticas el 17 de junio de 1940 hasta el 20 de agosto de 1991 cuando declaró su independencia junto con Letonia y Lituania durante la disolución de la Unión Soviética. La única ruptura en esa ocupación fue un breve período durante 1941-1944 cuando las fuerzas soviéticas se retiraron mientras Estonia fue invadida y ocupada por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, después de lo cual, la ocupación soviética se reanudó. Desde la anexión ilegal de Crimea por parte de Moscú en 2014 y su posterior guerra no declarada contra Ucrania en la región oriental de Donbass más tarde ese mismo año, Estonia se ha sentido cada vez más vulnerable a la agresión rusa. Sin embargo, este pequeño miembro de la OTAN con una población de solo un poco más de 1.3 millones quiere que el Kremlin sepa que está listo para cualquier acción agresiva y se ha comprometido a hacer que cualquier invasión rusa sea extremadamente costosa para Moscú.

Los tres Estados bálticos de Estonia, Letonia y Lituania se unieron oficialmente a la OTAN el 29 de marzo de 2004. Fiel a su paranoia histórica de cerco de invasores extranjeros, Rusia vio este evento como una amenaza directa a su soberanía nacional y reaccionó con hostilidad. Las soberanías nacionales de Estonia, Letonia y Lituania que fueron aplastadas por la invasión soviética en 1940 y la ocupación de décadas que siguió no entraron en el pensamiento de los líderes rusos perpetuamente agraviados.

Para ser justos con Rusia, creo que se podría haber logrado otra vía para garantizar la seguridad del Báltico sin antagonizar innecesariamente a Moscú. En mi opinión, tener tres antiguas repúblicas soviéticas ubicadas directamente en la frontera noroeste de Rusia se unen simultáneamente a la OTAN fue una acción que constituyó una provocación incalculable, un golpe político descarado en el ojo. Dije en el momento del colapso de la Unión Soviética en 1991 y nuevamente a lo largo de la década de 1990 y principios de la década de 2000, se perdió una oportunidad única en la generación cuando los EE. UU. alianza conocida como la Ley de Fundación OTAN-Rusia que se promulgó en mayo de 1997. Esta fue una rara oportunidad de reunir a dos rivales históricos armados nucleares para trabajar juntos por el bien común, con la posibilidad muy real de entrar en un largo período de paz y estabilidad internacional

Pero eso no iba a ser. Para ser franco, la OTAN lo sopló. Hasta el día de hoy, creo sinceramente que era el momento adecuado para tal alianza, y además creo que Rusia realmente hubiera acogido con satisfacción ser un socio igualitario con la OTAN. Pero esa es una historia para otro momento.

Hoy, Estonia y Rusia se enfrentan entre sí a través del río Narva, ubicado en la frontera oriental de Estonia, con el punto focal como la pequeña ciudad estonia de Narva. Una mentalidad de la Guerra Fría se desarrolla a través de este río internacional y la hostilidad que sienten las fuerzas estonias que protegen la patria de sus antagonistas rusos es tan dura e implacable como el suelo helado durante el largo invierno. Un claro ejemplo de la amenaza que siente Estonia de Rusia se resume en una cita de una evaluación oficial de inteligencia y militares de Estonia de principios de este año:



Casi todas las amenazas a la seguridad en la región del Mar Báltico provienen de la actividad rusa. Las operaciones de influencia encubierta de Rusia, la presión económica, la política exterior agresiva, así como la actividad militar al estilo de la Guerra Fría y el despliegue de armas a lo largo de las fronteras de los estados bálticos, desestabilizan la seguridad de la región del Mar Báltico. La única amenaza existencial para la soberanía de Estonia es una potencial operación militar rusa contra los estados bálticos.

Eso no podría ser más claro. Pero, ¿se percibe la amenaza existencial de una invasión rusa a Estonia basada en alguna inteligencia o acciones verificables? ¿Los establecimientos militares y de inteligencia de Estonia basan la amenaza de agresión rusa únicamente en su proximidad a la frontera rusa? ¿Quizás la gran cantidad de hablantes nativos de ruso que dominan la ciudad de Narva, en el este del río, les da razones para temer que Moscú use eso como justificación para una anexión de esa región como lo hizo en Crimea? Esa es una idea tentadora para Moscú, ya que la población de Narva sigue siendo abrumadoramente rusa y étnicamente rusa, al igual que Crimea y grandes áreas del Donbass en el este de Ucrania. Si estos rusos étnicos reclaman malos tratos por parte del gobierno de Estonia y solicitan ayuda a Moscú, ¿aparecerán de repente a las orillas del Narva pequeños hombres verdes con vehículos, armas y equipos militares rusos?


Rusos étnicos en Estonia, porcentaje por distrito.

Un estudio de 2019 realizado por RAND Corporation, un grupo de expertos estadounidense financiado por el gobierno de los EE. UU., sugirió que los rusos podrían invadir y aislar (Estonia) en cuestión de horas. Eso no parece ser paranoia ociosa. Sin embargo, Moscú no tiene que depender de un ataque frontal tradicional a través del río Narva para comenzar las hostilidades contra Estonia. De hecho, Rusia ya ha realizado un gran ataque contra Estonia: un ciberataque.

En abril de 2007, varias instituciones gubernamentales y financieras de Estonia fueron objeto de implacables ciberataques de fuerza contundente que duraron semanas y causaron grandes perturbaciones en el comercio y la economía nacional. Los disturbios instigados por rusos étnicos y apoyados por organizaciones con base en Rusia, respaldadas por el Kremlin, estallaron en Tallin durante varios días y causaron una gran cantidad de daños a la propiedad, numerosas lesiones, pero afortunadamente, no hubo muertes. Los ISP de las computadoras de origen utilizadas en los ciberataques estaban todos basados ​​en Rusia, pero, por supuesto, el Kremlin negó cualquier participación en las acciones, y dado que nadie fue asesinado como resultado directo de los ciberataques, la OTAN no pudo , de acuerdo con su carta, tomar represalias. Sin embargo, Tallinn consideraba esa acción como un acto de guerra. Estaban decididos a nunca más ser una víctima pasiva de tal agresión de Moscú.

Además de contar con 60,000 efectivos militares y defender una capacidad de guerra cibernética defensiva y ofensiva robusta y en constante expansión, Estonia ha formado una milicia de irregulares, civiles, que se utilizarían como una fuerza de respaldo o partisana en caso de que Rusia lanzara una invasión física en suelo estonio. Esta fuerza se llama la Liga de Defensa de Estonia y está compuesta por veteranos de las fuerzas armadas regulares, algunos de los cuales estaban en las fuerzas especiales de Estonia. Su moral es alta y su compromiso es total. Uno de los fundadores de la Liga de Defensa de Estonia y el actual comandante de la Fuerza de Operaciones Especiales de Estonia, el coronel Riho Uhtegi, advirtió a los comandantes militares rusos que estaban considerando una invasión de Estonia: “Pueden llegar a Tallin en dos días. Pero morirán en Tallin. Y ellos lo saben.

En la primavera de 2020 con el coronavirus en más de 211 países, más de 120,000 muertes y el pico de esta pandemia mundial aún no a la vista, es inconcebible que Moscú intente cualquier acción militar abierta contra Estonia o cualquier otro estado báltico en El futuro cercano ya que Rusia misma está experimentando una explosión de infecciones y muertes. Sin embargo, no es posible predecir cómo será el mundo posterior a la pandemia y qué naciones más fuertes pueden tratar de imponer su voluntad a otras naciones más débiles. Es bastante concebible que una Rusia post pandemia, en su mayoría indemne, pueda iniciar un ciberataque contra Estonia y luego seguir con un ataque rápido, múltiple y abrumador y bien coordinado contra una OTAN aún debilitada e intentar recuperar a un ex soviético. república que Putin cree genuinamente nunca debería haberse permitido salir de la órbita rusa.

Los estonios seguramente lucharán contra cualquier intento con toda la pasión, la fuerza y ​​los recursos a su disposición y harán que Rusia pague por cada centímetro de suelo estonio. La OTAN debe asegurarse de que no luchen solos.