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miércoles, 29 de julio de 2026

Ecuador-Perú: La diplomacia post-Cenepa

Relaciones entre Perú y Ecuador: de la guerra fronteriza a una vecindad institucionalizada



Por EMcL

Situación actual

Las relaciones diplomáticas peruano-ecuatorianas atraviesan un estado muy favorable y considerablemente estable. La antigua cuestión territorial está jurídicamente resuelta, la frontera terrestre se encuentra demarcada y el límite marítimo también fue formalmente acordado. Los desacuerdos actuales se refieren a problemas propios de dos vecinos con una frontera extensa: delincuencia organizada, minería ilegal, contaminación fluvial, migraciones, infraestructura, controles aduaneros y apertura sanitaria de productos. No existe hoy una controversia oficial sobre soberanía territorial.

En junio de 2026, los vicecancilleres de ambos países calificaron expresamente la relación como «ejemplar», basada en la confianza, la cooperación y la integración. También confirmaron la preparación de un nuevo encuentro presidencial y del XVII Gabinete Binacional para el segundo semestre de 2026. Esa continuidad es importante porque muestra que la relación ya no depende demasiado de la afinidad ideológica entre presidentes: sobrevivió a gobiernos de izquierda, derecha, centro y a la recurrente inestabilidad política peruana. (Cancillería)

En términos argentinos, podría compararse con una relación que hubiera pasado de parecerse a la antigua rivalidad argentino-chilena —mapas incompatibles, hipótesis de guerra y zonas sin demarcar— a una cooperación fronteriza más semejante a la que hoy mantienen Argentina y Chile, aunque con un componente amazónico, criminal y ambiental mucho más intenso.

 

La geografía que hay que comprender

Perú y Ecuador comparten aproximadamente 1.529 kilómetros de frontera. La zona más poblada y transitada se encuentra cerca del Pacífico, entre la provincia ecuatoriana de El Oro y la región peruana de Tumbes. Allí están Huaquillas y Aguas Verdes, prácticamente una aglomeración urbana cortada por la línea internacional.

Más hacia el interior aparecen la sierra de Loja y Piura, y luego una frontera amazónica enormemente más aislada. El sector del Cenepa está al este de la Cordillera del Cóndor, en una zona de montañas abruptas, selva espesa, lluvias, ríos y comunicaciones extremadamente difíciles. No debe imaginarse como una llanura donde era sencillo marcar una línea con alambrados: durante décadas hubo lugares a los que sólo se podía acceder por helicóptero, río o largas marchas. (Proyectos INEI)

La frontera estaba delimitada jurídicamente, es decir, existían tratados y criterios para establecer por dónde debía pasar. Pero una sección no estaba demarcada materialmente, es decir, faltaban hitos colocados y verificados sobre el terreno. Esa diferencia entre delimitación y demarcación fue el espacio donde crecieron las interpretaciones nacionales rivales.

El origen remoto del problema

Perú y Ecuador heredaron de la disolución del Imperio español límites administrativos imprecisos. Durante los siglos XIX y XX cada Estado desarrolló mapas, documentos históricos y doctrinas jurídicas diferentes sobre sus territorios amazónicos.

El conflicto más importante anterior al Cenepa fue la guerra de 1941. Su desenlace condujo al Protocolo de Paz, Amistad y Límites de Río de Janeiro de 1942, garantizado por Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos. El tratado estableció el marco de la frontera y se colocó la mayor parte de los hitos. Sin embargo, los trabajos quedaron paralizados en un sector de aproximadamente 78 kilómetros en la Cordillera del Cóndor, debido a diferencias sobre la geografía real y la manera de ejecutar la línea establecida. (congreso.gob.pe)

Ecuador sostuvo durante décadas que el Protocolo resultaba inejecutable en ese sector y mantuvo una reivindicación amazónica. Perú consideraba que el tratado era plenamente válido y que sólo restaba completar físicamente la demarcación. Hubo choques anteriores, especialmente en Paquisha en 1981, pero el episodio decisivo fue la guerra del Cenepa de 1995.
 

 

La guerra del Cenepa

Los combates comenzaron en enero de 1995 alrededor de posiciones militares ubicadas en la cuenca alta del río Cenepa. Fue una guerra limitada geográficamente, librada por destacamentos relativamente pequeños, pero empleó artillería, helicópteros, aviación, fuerzas especiales, minas y sistemas antiaéreos.

No hubo una declaración formal de guerra ni ataques generalizados contra las principales ciudades. Sin embargo, el enfrentamiento fue militarmente serio y demostró que los dos países podían escalar hacia una guerra mucho mayor. La dificultad del terreno también produjo una situación confusa: ambos gobiernos difundían mapas, coordenadas y partes militares contradictorios, mientras lugares como Tiwinza adquirían un valor simbólico muy superior a su importancia económica.

El resultado estrictamente militar fue ambiguo. Ecuador pudo presentar el desempeño de sus fuerzas como una victoria defensiva y Perú sostuvo que había preservado su soberanía. Ninguno logró transformar el combate en una solución política unilateral. Precisamente por eso, la salida dependió de los cuatro garantes del Protocolo de Río: Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos.

Cómo terminó diplomáticamente la guerra

El final no fue un único tratado firmado inmediatamente después del último disparo, sino un proceso de tres años.

Primera etapa, febrero de 1995. La Declaración de Paz de Itamaraty, suscrita el 17 de febrero, consolidó el cese del fuego, dispuso la separación de las fuerzas y aceptó una misión internacional de observación. Aun después de esa declaración se produjeron incidentes, por lo que fue necesario reafirmar el cese del fuego y establecer una zona desmilitarizada. (peacemaker.un.org)

Segunda etapa, 1995-1998. La Misión de Observadores Militares Ecuador-Perú, conocida como MOMEP, supervisó la retirada y separación de los ejércitos. Participaron militares de Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos, mientras diplomáticos de esos mismos países acompañaban las negociaciones. La MOMEP fue decisiva porque redujo el riesgo de que una patrulla, una posición militar o una acusación mutua reanudara la guerra. (oas.org)

Tercera etapa, 1998. Como las negociaciones volvieron a trabarse, Perú y Ecuador aceptaron que los cuatro países garantes formularan una solución obligatoria dentro del marco del Protocolo de Río. Los garantes emitieron su parecer y, el 26 de octubre de 1998, Alberto Fujimori y Jamil Mahuad firmaron el Acta Presidencial de Brasilia. El acuerdo declaró resueltas de manera global y definitiva las diferencias y vinculó la solución fronteriza con comercio, navegación, desarrollo territorial, infraestructura y cooperación. (peacemaker.un.org)

Ésa fue una característica inteligente del arreglo: no se limitó a decir dónde pasaba la frontera. Transformó la paz en un paquete donde ambos gobiernos podían mostrar beneficios internos.

 

¿Quién obtuvo qué?

En el aspecto territorial central, prevaleció el marco jurídico defendido por Perú. La zona disputada de la Cordillera del Cóndor quedó reconocida bajo soberanía peruana y la demarcación se realizó de acuerdo con el Protocolo de 1942 y sus instrumentos complementarios.

Pero se creó una fórmula simbólica para Tiwinza. Perú otorgó al Estado ecuatoriano la propiedad privada —no la soberanía— de un terreno de un kilómetro cuadrado dentro del territorio peruano, destinado a actos conmemorativos y no militares. Ecuador obtuvo así un lugar donde recordar a sus combatientes; Perú conservó jurisdicción, soberanía y continuidad territorial.

Tiwinza, por lo tanto, no es un enclave ecuatoriano, no pertenece soberanamente a Ecuador y no interrumpe la frontera peruana. Se parece más a una propiedad estatal extranjera sometida a la legislación y soberanía del país donde se encuentra. La ambigüedad simbólica permitió que ambas dirigencias presentaran el acuerdo ante sociedades que todavía interpretaban el conflicto en términos de victoria y derrota. (congreso.gob.pe)

¿Los límites quedaron bien demarcados?

Sí. Desde el punto de vista jurídico y cartográfico, la cuestión territorial quedó resuelta.

Los trabajos de demarcación terrestre concluyeron el 13 de mayo de 1999, con la firma del acta de clausura en la confluencia de los ríos Yaupi y Santiago. La documentación de ese acto describe los hitos del sector oriental y deja constancia de que fueron colocados conforme al Protocolo de Río y a los acuerdos de Brasilia. (congreso.gob.pe)

Eso no significa que los 1.529 kilómetros estén señalizados como una frontera urbana. En áreas selváticas, los hitos necesitan verificación, mantenimiento y actualización de coordenadas; los ríos pueden modificar sus cauces; las minas antipersonales dejaron zonas peligrosas; y existen pasos informales utilizados por pobladores, contrabandistas, mineros y grupos criminales. Son problemas de administración de una frontera reconocida, no una controversia sobre dónde debe estar la frontera.

También quedó solucionado el límite marítimo. En 2011, ambos países intercambiaron notas diplomáticas que establecieron una línea de 200 millas náuticas, incorporaron un mapa común y registraron el acuerdo ante las Naciones Unidas. El tratado entró en vigor el 20 de mayo de 2011.

Por consiguiente, no queda pendiente una «segunda Cenepa» marítima o terrestre. Pueden existir disputas administrativas, ambientales o comerciales, pero no una frontera internacional jurídicamente abierta.

El comercio: de frontera militar a corredor económico

La guerra afectó inevitablemente el comercio local, la movilidad y la confianza empresarial en la zona fronteriza. Sin embargo, el efecto económico más visible no fue una caída permanente causada por la guerra, sino el crecimiento posterior facilitado por la paz.

En 1998, el intercambio comercial bilateral rondaba los 300 millones de dólares. En 2024 alcanzó aproximadamente 2.595 millones, un aumento nominal del 765%. Para enero-septiembre de 2025 ya acumulaba 1.770 millones de dólares. Ecuador se convirtió en el principal socio comercial de Perú dentro de la Comunidad Andina, mientras el mercado peruano adquirió gran importancia para las manufacturas y exportaciones ecuatorianas. (Gobierno del Perú)

No corresponde atribuir todo ese crecimiento al acuerdo de paz. También influyeron la expansión de ambas economías, la Comunidad Andina, la eliminación de aranceles, la mejora del transporte y el crecimiento demográfico. Pero la paz eliminó un obstáculo central: ninguna empresa construye cadenas logísticas estables si las rutas pueden cerrarse por una movilización militar.

El paquete de 1998 incluyó un convenio para acelerar y profundizar el libre comercio, normas de tránsito de personas y vehículos y una estructura de promoción de inversiones fronterizas. Se crearon además comités y centros binacionales para evitar que cada camión o viajero debiera atravesar dos sistemas administrativos completamente desconectados. (comunidadandina.org)

La relación comercial tampoco carece de fricciones. Aparecen restricciones sanitarias, controles fitosanitarios, demoras aduaneras, contrabando y discusiones sobre determinados productos agrícolas. En 2025, por ejemplo, ambos gobiernos negociaron la reapertura del mercado ecuatoriano a la cebolla peruana y continuaron discutiendo el acceso de arroz y otros productos. Son conflictos normales dentro de una relación comercial densa, no síntomas de una ruptura diplomática. (Gobierno del Perú)

El avance diplomático después de 1998

La mayor transformación consistió en pasar de una diplomacia obsesionada con mapas y soberanía a una diplomacia orientada hacia la gestión conjunta.

Se estableció la Comisión de Vecindad, el Plan Binacional de Desarrollo de la Región Fronteriza, comités territoriales, mecanismos militares y policiales y encuentros presidenciales con gabinetes binacionales. Estos gabinetes reúnen simultáneamente a los presidentes y ministros de ambos países y producen planes con compromisos concretos en salud, educación, rutas, energía, seguridad, ambiente y comercio.

Para diciembre de 2025 ya se había celebrado el XVI Gabinete Binacional. Allí se adoptaron la Declaración y el Plan de Acción de Quito para 2025-2026, con énfasis en delincuencia organizada, narcotráfico, armas, minería ilegal, infraestructura, turismo y recuperación ambiental de la cuenca Puyango-Tumbes. (Gobierno del Perú)

Esto muestra hasta dónde cambió la relación. En 1995, el problema eran soldados peruanos y ecuatorianos disputando posiciones en la selva. En 2026, los dos Estados intentan coordinar a sus fuerzas para impedir que mineros ilegales, narcotraficantes y traficantes de armas utilicen esa misma selva.

Los problemas que todavía generan tensión

El principal desafío contemporáneo es la debilidad estatal en algunos sectores fronterizos. Las amenazas ya no proceden del ejército vecino, sino de actores no estatales que cruzan la frontera y aprovechan las diferencias regulatorias.

La minería ilegal puede operar de un lado, transportar insumos desde el otro y contaminar ríos que atraviesan ambos países. El narcotráfico utiliza caminos selváticos, puertos y pasos clandestinos. El contrabando aprovecha diferencias de precios e impuestos. La trata de personas y la migración irregular obligan a coordinar controles. La circulación de explosivos y armas puede vincular la minería ilegal con organizaciones criminales.

La cuenca Puyango-Tumbes constituye otro punto sensible. Actividades mineras desarrolladas aguas arriba en Ecuador pueden afectar la calidad del agua utilizada aguas abajo en Perú. El tema genera reclamos locales, pero ambos gobiernos lo están tratando mediante una hoja de ruta, una secretaría técnica y la proyectada creación de un comité binacional de cuenca. (Gobierno del Perú)

Estas cuestiones pueden producir acusaciones, cierres temporales, protestas o incidentes policiales. Sin embargo, paradójicamente, también generan incentivos para una cooperación más estrecha: ningún país puede resolver unilateralmente un río contaminado o una red criminal que opera a ambos lados.

¿Qué posibilidades hay de un nuevo conflicto armado?

La probabilidad de una guerra interestatal entre Perú y Ecuador es muy baja.

La primera razón es jurídica: no existe una reclamación territorial oficial pendiente. La segunda es material: la frontera terrestre está demarcada y la marítima acordada. La tercera es institucional: hay comisiones, gabinetes, contactos militares y mecanismos para gestionar incidentes. La cuarta es económica: el comercio, el turismo y las inversiones aumentan el costo de una ruptura. La quinta es política: ninguna fuerza importante de gobierno en Perú o Ecuador sostiene actualmente un programa para revisar el acuerdo de 1998.

Esta valoración no significa que el riesgo sea literalmente cero. Podría producirse un choque localizado entre patrullas, una persecución transfronteriza mal coordinada, una incursión vinculada con minería ilegal o una crisis diplomática por contaminación, migrantes o delincuencia. Pero lo más probable es que un incidente de ese tipo se canalice mediante cancillerías, mandos militares y comisiones fronterizas antes de transformarse en una confrontación entre Estados.

El mayor peligro en la frontera ya no es una guerra Perú contra Ecuador, sino una violencia transnacional que obligue a Perú y Ecuador a actuar juntos. Los acuerdos de 2024, 2025 y 2026 colocan precisamente al crimen organizado, el tráfico de armas, la minería ilegal y el narcotráfico en el centro de la cooperación bilateral. (El Peruano)

Balance

El proceso peruano-ecuatoriano es uno de los casos más exitosos de resolución de conflictos territoriales en América Latina. No porque haya borrado las memorias nacionales —en Ecuador y Perú todavía existen narraciones divergentes sobre quién ganó militarmente el Cenepa—, sino porque consiguió separar esas memorias de la política exterior cotidiana.

Perú obtuvo el reconocimiento definitivo de la línea fronteriza que defendía. Ecuador obtuvo una salida honorable, el símbolo de Tiwinza, garantías de navegación, integración fronteriza e inversiones. Los garantes proporcionaron una fórmula jurídicamente obligatoria y una presencia militar que evitó la reanudación de las hostilidades. Finalmente, el comercio y la cooperación convirtieron una frontera concebida como línea defensiva en un espacio de circulación.

La síntesis sería ésta: el Cenepa terminó militarmente sin un vencedor indiscutible, pero diplomáticamente terminó con una frontera aceptada; desde entonces, la relación avanzó mucho más de lo que retrocedió, y una nueva guerra territorial resulta hoy altamente improbable.

viernes, 30 de octubre de 2020

Lecciones de intervención militar en protestas populares en Latinoamérica

Lecciones cívico-militares de América Latina

David Pion-Berlin y Andrew Ivey || War on the Rocks





El 1 de junio, el presidente Donald Trump le pidió a la Guardia Nacional que lo protegiera de los manifestantes pacíficos mientras caminaba desde la Casa Blanca hasta la Iglesia Episcopal de St. John. Acompañándolo, en plena faena de batalla, estaba el general Mark Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto. La vista del presidente y su principal general caminando por el parque Lafayette mientras la policía lanzaba gases lacrimógenos en las cercanías generó críticas considerables e incluso dio a algunos observadores la impresión de una nación en guerra. Sin embargo, 10 días después de las protestas frente a la Casa Blanca, Milley se disculpó por lo que admitió ser una apariencia inapropiada que sugería el uso politizado del ejército. De manera sucinta, el general admitió: "No debería haber estado allí".

El año pasado en Chile sucedió algo similar. En octubre de 2019, en medio de protestas nacionales sin precedentes contra la desigualdad y las medidas de austeridad, el presidente Sebastián Piñera describió a su nación como una en guerra, mientras su jefe del ejército, el general Raúl Iturriaga, lo respaldaba. Pero al día siguiente, Iturriaga dijo a los periodistas: "No estoy en guerra con nadie". La declaración de Iturriaga aclaró la posición de los militares de que los manifestantes no eran combatientes enemigos, socavando inmediatamente la retórica de Piñera y forzando el desarrollo de planes que minimizarían el contacto entre tropas y manifestantes.

Milley e Iturriaga muestran que los comandantes militares pueden ser audaces y públicos al disentir de órdenes que ponen en peligro el profesionalismo militar y los derechos humanos. En toda la América Latina contemporánea, una región con una historia de golpes militares, guerras sucias y disturbios cívico-militares, los militares pueden disentir públicamente mientras protegen los estándares profesionales y evitan la reincidencia democrática. De hecho, en casos recientes de esa región, los militares evitaron encuentros letales entre tropas y ciudadanos, salvando vidas en el proceso.

La historia de las relaciones cívico-militares en Estados Unidos y América Latina es muy diferente. Sin embargo, América Latina ofrece lecciones sobre cómo deben responder las fuerzas armadas cuando se ven involucradas en operaciones internas que podrían dañar el carácter no partidista de las fuerzas armadas y poner en peligro las libertades civiles. Incluso en los últimos años, los ejércitos de Chile, Ecuador, Colombia y Brasil han demostrado que los ejércitos pueden aclarar sus propias limitaciones legales para corregir la peligrosa retórica civil; modificar órdenes para minimizar la represión; soplar el silbato sobre mala conducta oculta; y reprender públicamente los esfuerzos por arrastrar a su institución a la política partidista. Las fuerzas armadas de los Estados Unidos deben tener cuidado de ejercer juiciosamente la disidencia pública, utilizándola solo en los casos en que el cumplimiento de órdenes peligrosas es una amenaza mayor para los derechos humanos y la democracia que disentir públicamente. Si es posible, sería prudente alertar al Congreso, preservando o incluso fortaleciendo la supremacía civil.

Si los oficiales de América Latina pueden disentir públicamente de los líderes civiles en casos extremos, y hacerlo sin dañar la supremacía civil, los oficiales de los Estados Unidos y otros lugares ciertamente pueden hacer lo mismo cuando se enfrentan a un desafío similar.

Chile: Aclaración de Órdenes

Cuando los presidentes describen a los ciudadanos como combatientes enemigos, los militares pueden aclarar rápidamente sus restricciones legales y posiciones para oponerse a caracterizaciones erróneas peligrosas y engañosas. Evidencia reciente de Chile muestra que cuando las palabras de un líder potencialmente preparan el escenario para la represión militar, los comandantes militares pueden disentir justificadamente. Pueden aclarar rápidamente que quienes están en las calles son ciudadanos que ejercen sus derechos humanos, tal como lo consagra la constitución que los militares han jurado defender. Si pueden hacerlo sin socavar la autoridad civil en un país donde el recuerdo de una dictadura militar aún está vivo, ciertamente pueden hacerlo en los Estados Unidos.

 En octubre de 2019, estallaron enormes manifestaciones a nivel nacional en todo Chile. Piñera en un principio declaró que su país estaba "en guerra con un enemigo poderoso" y ordenó a decenas de miles de policías y soldados a las calles contra los "delincuentes". Este tipo de retórica, que recuerda la postura pública del ex dictador chileno Augusto Pinochet, podría haber sido una luz verde para que las fuerzas armadas pusieran fin violentamente a las manifestaciones. Pero Iturriaga pronto aclaró que Chile no estaba en guerra con sus propios ciudadanos. Esta aclaración llevó al ministro civil de Defensa de Chile, Alberto Espina, a instruir a sus comandantes para que mantuvieran la calma y no dispararan contra los manifestantes. Con pocas excepciones, los soldados cumplieron con esas órdenes. Se produjeron numerosos abusos contra los derechos humanos, pero la mayoría fueron a manos de la policía, no de los soldados. En particular, la aclaración del general no acumuló ningún poder político para las fuerzas armadas. En todo caso, la participación militar solo dañó la reputación de la institución.

Cuando se les presenta una situación en la que la violencia contra los manifestantes era más probable, ¿deberían los líderes militares estadounidenses haber reaccionado de manera similar? Al igual que Piñera, Trump usó un lenguaje belicoso al describir a los manifestantes como "matones" y "terroristas", una retórica que podría haber envalentonado a los soldados para justificar y utilizar la violencia. El mandatario advirtió al gobernador de Minnesota que si no podía restablecer el orden lo harían los militares, y agregó: "Cualquier dificultad y asumiremos el control pero, cuando comience el saqueo, comienza el tiroteo".

Los oficiales en servicio activo deberían haber rechazado la retórica de Trump, pero no lo hicieron. En cambio, Milley permaneció en silencio. Le tomó 10 días disculparse por aparecer de uniforme junto al presidente en Lafayette Park. Además, Milley se negó a testificar frente al Congreso, la única otra institución civil que podría haber controlado el abuso ejecutivo. Su disculpa fue bienvenida, pero llegó demasiado tarde y, lo que es más importante, su silencio inicial sugirió complicidad.

Ecuador: Modificación de Órdenes

Los comandantes militares pueden modificar las órdenes presidenciales una vez desplegadas para evitar enfrentamientos peligrosos con manifestantes pacíficos y sin socavar el control civil. Ecuador ofrece un excelente ejemplo de esta táctica. En el pasado, ese país ha sido víctima de intervenciones militares. En ocasiones, se sabe que los soldados se unieron a los manifestantes indígenas para derrocar a los presidentes. Sin embargo, el ejército ecuatoriano de hoy ha emprendido una forma de disensión que no ha socavado el control civil ni la democracia, y que ha evitado víctimas civiles.

Frente a las protestas de los grupos indígenas en todo Ecuador en octubre de 2019, el presidente ecuatoriano Lenín Moreno ordenó a las fuerzas armadas restablecer el orden. El ministro de Defensa, general retirado Oswaldo Jarrín, interpretó al presidente en el sentido de que las tropas tenían licencia para utilizar todas las medidas necesarias para reprimir manifestaciones. Los militares se desplegaron en las calles de la ciudad, pero en lugar de seguir ciegamente las órdenes, revisaron las tácticas y tomaron posiciones de retaguardia para evitar colisiones frontales con los manifestantes. El comandante del Ejército, general Javier Pérez, quien encabezó el operativo, declaró que si el Ejército hubiera recurrido a la fuerza, los soldados “estarían recuperando bolsas para cadáveres, y esa no es su misión”. Estas acciones no le han valido a los militares ninguna influencia política ni han socavado la supremacía civil. De hecho, el presidente relevó a Pérez de sus funciones y transfirió su mando a otro general, aunque se produjo sin contratiempos y sin represalias militares, afirmando que el control civil se mantuvo intacto.

Aproximadamente 5.000 miembros de la Guardia Nacional se desplegaron en Washington, D.C., cuando el presidente caminó hasta la iglesia de St. John. Los guardias despejaron el paso del presidente mientras la policía del parque rechazaba a los manifestantes no violentos con porras y gases lacrimógenos. Los comandantes del ejército presionaron a los guardias para que actuaran agresivamente mientras Milley les hacía un llamamiento personal, ambos con la intención de disuadir al presidente de desplegar la 82 División Aerotransportada. El general y sus compañeros comandantes podrían haber seguido el ejemplo ecuatoriano, revisando las tácticas de la Guardia Nacional para ponerlos fuera del contacto directo con los manifestantes mientras ordenaban una mayor moderación. Esto habría cumplido con las propias reglas de enfrentamiento de la Guardia Nacional y el Ejército, que aconsejan a las tropas que respondan en proporción a la "amenaza" encontrada, utilizando cualquier tipo de fuerza solo como último recurso o en defensa propia.

Los líderes militares estadounidenses tradicionalmente evitan situaciones que incluso podrían dar la apariencia de partidismo político. Irónicamente, el cumplimiento de Milley socavó esa tradición al ayudar a los esfuerzos del presidente para impresionar a su base política como un ejecutivo duro de "ley y orden". Si bien luego lamentó sus acciones, el general habría sido mejor si hubiera prestado atención a sus propias palabras pronunciadas en mayo de 2017, cuando dijo que la "desobediencia disciplinada" podría justificarse en las condiciones adecuadas para lograr un objetivo, siempre y cuando uno sea " moral y éticamente correcto ”y utiliza un buen juicio.

La propia "desobediencia disciplinada" de los militares ecuatorianos proporciona una lección, mostrando que los comandantes militares estadounidenses pueden modificar creativamente las órdenes para proteger a los ciudadanos, incluso cuando se les ordena reprimirlos.

Colombia: Denuncia de irregularidades militares

Los militares también pueden denunciar una conducta peligrosa o potencialmente criminal y tienen la obligación de hacerlo. Considere el caso de Colombia, donde la denuncia de irregularidades puso fin a una práctica alarmante. Como Estados Unidos, Colombia es una democracia. A diferencia de Estados Unidos, las guerras de Colombia se han librado dentro de sus fronteras, principalmente contra los insurgentes de izquierda. Civiles inocentes quedan atrapados en el conflicto, lo que resulta en abusos contra los derechos humanos y destrucción de pruebas. En el escándalo de los "falsos positivos", que estalló en 2008, el Ministerio de Defensa otorgó bonificaciones en función del número de combatientes enemigos muertos. Bajo presión para producir más muertes en combate e incapaces de infligir suficientes bajas a los insurgentes reales, los soldados atrajeron a los no combatientes con la promesa de trabajo, los ejecutaron y los vistieron como combatientes enemigos. Como resultado, murieron al menos 8.000 no combatientes.

En 2019, un grupo de oficiales vio órdenes que reflejaban las del escándalo de falsos positivos anterior y alertaron a los medios sobre estas actividades secretas. Su testimonio produjo resultados rápidos. Obligó al presidente Iván Duque Márquez y su comandante del ejército a admitir que las órdenes estaban equivocadas y luego revertirlas por completo. Agentes valientes se presentaron y fueron amenazados y acosados ​​por hacerlo. Sin embargo, sin duda salvaron la vida de los ciudadanos y la dignidad de los soldados.

El caso colombiano tiene paralelos con el del teniente coronel Alexander Vindman. Como director de asuntos europeos en el Consejo de Seguridad Nacional, Vindman tenía autorización para escuchar una llamada telefónica entre Trump y su homólogo ucraniano, el presidente Volodomyr Zelenksy. Lo que escuchó lo molestó: Trump ejerció una presión inapropiada sobre un gobierno extranjero para que investigara a su rival político, Joe Biden. Al igual que en Colombia, Vindman tenía conocimiento directo de un evento preocupante oculto a la vista del público y sintió la obligación de informarlo. Al testificar ante la Cámara de Representantes, Vindman pasó justificadamente información a la única institución que podía controlar las irregularidades presidenciales.

Vindman enfrentó represalias de los partidarios de Trump que cuestionaron su lealtad porque era un inmigrante soviético. Bajo presión, finalmente se retiró del servicio. Pero al igual que sus homólogos colombianos, también produjo resultados al fortalecer el caso de juicio político. Como muestra el caso colombiano, los oficiales pueden denunciar una mala conducta peligrosa sin aumentar el poder político de los militares. Aunque las revelaciones de los denunciantes pueden conllevar riesgos, permanecer en silencio conlleva el mayor riesgo de erosionar el profesionalismo militar y la democracia misma.

Brasil: Reprimendas públicas

Si los líderes civiles utilizan a las fuerzas armadas para sus propias agendas partidistas, los oficiales retirados pueden reprender públicamente estos esfuerzos y defender la preservación del profesionalismo no partidista de su institución. Al discutir sobre civiles que politizan a las fuerzas armadas y abusan de su derecho a estar equivocados, considere el caso del ejecutivo latinoamericano más comparado con Trump: el presidente Jair Bolsonaro de Brasil. Además de llenar su gobierno con muchos oficiales activos y retirados, Bolsonaro ha elogiado la pasada dictadura militar de Brasil, incluso afirmando que no mató a suficientes personas. Asimismo, elogió el “autogolpe” del presidente peruano Alberto Fujimori, donde el ejército fue utilizado por Fujimori para disolver el Congreso, y lo citó como un ejemplo de cómo el ejército podría ser utilizado para reingresar al gobierno. 

En múltiples ocasiones, Bolsonaro se ha unido a los manifestantes que piden una intervención militar en la política, primero para anular las restricciones de COVID-19 impuestas por gobernadores y alcaldes, y luego para frustrar las investigaciones de corrupción de Bolsonaro y sus hijos. Los partidarios de Bolsonaro han identificado un posible autogolpe como beneficioso para su presidente. Al apoyarlos, Bolsonaro ha respaldado implícitamente la idea.

Los oficiales retirados retrocedieron. El general Carlos dos Santos Cruz, miembro del gabinete de Bolsonaro antes de un enfrentamiento con los hijos del presidente, argumentó: “La idea de poner a las Fuerzas Armadas en medio de una disputa entre poderes del Estado, autoridades e intereses políticos es completamente fuera de lugar. Es una falta de respeto a las fuerzas armadas ”. El congresista Roberto Pertenelli, exgeneral y miembro del partido de Bolsonaro, dijo que cualquier orden para intervenir en política sería ilegal e inconstitucional. El ministro de Defensa, general Fernando Azevedo e Silva, llegó a emitir una declaración pública en la que afirmaba la dedicación del ejército a la Constitución y los derechos humanos. Aunque las fuerzas armadas tienen una influencia política considerable en Brasil, no acumularon influencia adicional al emitir esas reprimendas públicas.

El general retirado James Mattis, al igual que el general brasileño Carlos dos Santos Cruz en el sentido de que fue un designado del gabinete de alto nivel antes de dejar la administración Trump, criticó duramente tanto a su sucesor, el secretario de Defensa Mark Esper, como al presidente después de presenciar el incidente. despliegue de la Guardia Nacional en Washington. El presidente del Estado Mayor Conjunto retirado, el general Martin Dempsey, y el exjefe de gabinete de la Casa Blanca, el general John Kelly, expresaron objeciones similares. Si bien existen riesgos para la disensión pública de este tipo, el propio Kelly dijo que usar soldados para reprimir a los manifestantes sería mucho más riesgoso y causaría un daño duradero a la moral, la confianza y la cohesión interna de las fuerzas armadas. Teniendo en cuenta estos riesgos, los oficiales retirados pueden usar su rango para ser poderosos defensores de un ejército no partidista, incluso cuando un presidente busca incorporar la institución a una agenda partidista. Si bien el público esperaría que el Congreso o el propio partido político de un presidente lo reprendieran, es posible que el personal de seguridad retirado deba violar normas cómodas para frustrar la politización inapropiada.

Lecciones para un futuro incierto

Sin duda, en circunstancias normales, los reproches militares a su comandante en jefe son desacertados porque podrían socavar la autoridad presidencial sobre defensa y política exterior. Las críticas del general Douglas MacArthur al liderazgo del presidente Harry Truman durante la Guerra de Corea plantearon tal amenaza, y MacArthur fue descartado con razón. Las críticas del general Stanley McChrystal a la política exterior del presidente Barack Obama fueron igualmente inapropiadas y también fue despedido. Sin embargo, en circunstancias excepcionales, cuando las órdenes pongan en peligro el profesionalismo militar y los derechos civiles, los oficiales tienen el derecho y la obligación de hablar.

Los esfuerzos de Trump por politizar al ejército de Estados Unidos han sentado un precedente peligroso. Su trabajo para corromper la naturaleza no partidista de los militares al pronunciar discursos estilo campaña a las tropas, amenazar con desplegar a los militares para reprimir a los opositores políticos percibidos utilizando la Ley de Insurrección y usar Twitter para criticar públicamente a los líderes militares ha abierto la puerta para que los futuros presidentes se comporten de manera similar. . No es de extrañar, entonces, que los académicos se pregunten cada vez más qué comportamiento futuro se puede esperar del ejército de los Estados Unidos cuando Trump, o los futuros presidentes, intenten erosionar su profesionalismo.

Sería irresponsable dar carta blanca a los militares para resistir a su comandante en jefe. Pero como muestran cuatro casos recientes en América Latina, los oficiales militares deben estar preparados para líderes civiles peligrosamente poco profesionales. Los oficiales pueden disentir en casos extremos, donde el profesionalismo militar y la vida de los conciudadanos están amenazados, sin socavar la supremacía civil ni acumular nuevo poder político. Cuando la democracia misma está en juego, no pueden quedarse callados. De hecho, su silencio corre el riesgo de complicidad. Sin duda, este es un camino difícil y poco envidiable que debe tomarse con extrema precaución y mesura. 

domingo, 26 de julio de 2020

El otro virus: Enjambres de pesqueros chinos arrecian aguas territoriales ecuatorianas

Presidente de Ecuador: “No permitiremos que nuestra soberanía marítima sea vulnerada”





Fundación Nuestro Mar



Un llamado a la defensa de la soberanía marítima por la recientes amenazas, de pesqueros mayormente chinos, que sufre la Zona Económica Exclusiva (ZEE) del Ecuador en las Islas Galápagos y el reconocimiento a las Fuerzas Armadas por su labor frente a la pandemia del covid-19 marcaron el discurso del presidente de la República, Lenín Moreno, en el acto conmemorativo a los 79 años de la Batalla de Jambelí.

El acto se efectuó hace pocos momentos en los exteriores de la Primera Zona Naval, en Guayaquil, con la presencia de la vicepresidenta, María Alejandra Muñoz; el ministro de Defensa, Oswaldo Jarrín; y el alto mando militar.

En su discurso, el Mandatario saludó también a Guayaquil en sus fiestas julianas y se refirió a la labor efectuada por el personal militar durante la emergencia, a la vez que insistió que la amenaza del coronavirus “no ha desaparecido”.

Durante la emergencia, el personal militar ha contribuido en el control del toque de queda, en educación ciudadana y prevención sanitaria.

A ello se suma la entrega de 400 mil kits alimenticios y sanitarios y para el traslado de 20 mil contenedores con productos de exportación. “Además, su ayuda fue determinante en la dura tarea de dar sepultura digna a quienes el coronavirus les arrebató la vida”. Mención aparte fue la labor del personal del Hospital Naval de Guayaquil que atendió de marzo a junio a 5.500 pacientes.

No obstante, el Jefe de Estado alertó que esta no es la única amenaza, pues se refirió a la presencia de barcos pesqueros en áreas cercanas a las islas Galápagos.

“La zona económica exclusiva alrededor de la reserva marina de Galápagos sufre una presión inmensa de flotas pesqueras internacionales”, alertó. Como contexto, el 16 de julio la Armada identificó la presencia de esta flota, por ello que el Gobierno, a través de la Cancillería llamó al gobierno de China en el sentido de que Ecuador hará “prevalecer sus derechos”.

Paralelo a esta acción el Ejecutivo dispuso el inicio de consultas con los gobiernos de Colombia, Costa Rica, Panamá y Chile, para tener una postura regional ante este tipo de amenazas. “No permitiremos que nuestra soberanía sea vulnerada, la protegeremos con el mismo amor y patriotismo, como lo hicieron los héroes de Jambelí”, puntualizó el Presidente. (EL TELEGRAFO) #NUESTROMAR

Chile ruega gas y lamentablemente Argentina accede proveer a los traidores

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