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domingo, 15 de septiembre de 2024

Nuevas corrientes en los estudios de geopolítica

Últimas Tendencias en los estudios geopolíticos





 

Introducción

El mundo ha entrado en una nueva era geopolítica, caracterizada por un dinamismo sin precedentes que desafía los modelos tradicionales de poder. La globalización, lejos de haber creado un orden internacional estable, ha dado paso a un mundo cada vez más fragmentado, donde el poder se difumina entre actores estatales y no estatales, y las interacciones geopolíticas están impulsadas por factores diversos, desde la tecnología hasta el cambio climático. En este contexto, las principales tendencias geopolíticas actuales ofrecen una visión de cómo las naciones y organizaciones están navegando este complejo panorama. Este informe explora ocho de las tendencias más destacadas que están definiendo la geopolítica del siglo XXI, ofreciendo un enfoque narrativo para comprender los cambios en el poder global y sus implicaciones.

1. La Multipolaridad y la competencia entre grandes potencias

Durante décadas, el mundo fue testigo de un orden bipolar marcado por la Guerra Fría, en el que Estados Unidos y la Unión Soviética dominaban la escena internacional. Tras el colapso soviético en 1991, Estados Unidos quedó como la potencia hegemónica, consolidando un mundo unipolar. Sin embargo, el siglo XXI ha sido testigo del retorno a un sistema multipolar, donde múltiples naciones, particularmente China y Rusia, desafían la primacía estadounidense.

China ha emergido como una superpotencia económica, tecnológica y militar, desarrollando ambiciones que trascienden sus fronteras. La iniciativa de la Franja y la Ruta, que busca crear un vasto entramado de rutas comerciales y alianzas diplomáticas, es un claro ejemplo de su deseo de remodelar el orden global. A través de inversiones en infraestructura, préstamos y acuerdos comerciales, China ha consolidado su influencia en Asia, África y América Latina, generando tensiones con potencias establecidas como Estados Unidos y la Unión Europea.

Por otro lado, Rusia ha consolidado su poder en el ámbito militar y energético, utilizando su influencia sobre Europa Oriental y el Medio Oriente para reposicionarse en el escenario internacional. Su intervención en Siria y su anexión de Crimea son ejemplos de una política exterior más agresiva, desafiando abiertamente el orden internacional liberal y las alianzas occidentales.

Este retorno de la competencia entre grandes potencias se ve reflejado en una nueva carrera armamentista y en el crecimiento de bloques de poder regionales. Los conflictos en regiones clave, como el Indo-Pacífico, el Ártico y Europa del Este, evidencian que la multipolaridad está lejos de traer estabilidad, y más bien promueve un escenario geopolítico cargado de incertidumbre.

2. Tecnología y ciberseguridad: El nuevo campo de batalla

En el pasado, la geopolítica se definía por el control de territorios físicos y recursos materiales. Sin embargo, en la era digital, el control de la información, la infraestructura tecnológica y el ciberespacio se han convertido en elementos centrales de la competencia geopolítica.

El desarrollo de tecnologías avanzadas, como la inteligencia artificial (IA), el internet de las cosas (IoT) y las redes 5G, ha cambiado radicalmente el equilibrio de poder entre naciones. Países como Estados Unidos, China y Rusia invierten miles de millones de dólares en estas tecnologías, no solo para obtener ventajas económicas, sino también para fortalecer sus capacidades de defensa y espionaje.

La ciberseguridad, en particular, ha emergido como una preocupación clave. Las amenazas cibernéticas, que van desde ataques de hackers patrocinados por estados hasta campañas de desinformación en redes sociales, tienen el potencial de desestabilizar economías enteras, influir en procesos electorales y socavar la confianza en las instituciones democráticas.

En esta guerra cibernética silenciosa, China y Rusia han sido acusados de estar detrás de ataques masivos que buscan influir en la política interna de otras naciones. Un ejemplo notable fue el ataque a las elecciones estadounidenses de 2016, atribuido a hackers rusos que utilizaron campañas de desinformación para socavar la credibilidad del proceso electoral. A nivel más estratégico, el control de redes 5G se ha convertido en una batalla geopolítica crucial, con Huawei, la empresa china líder en tecnología 5G, en el centro de las tensiones entre China y Occidente.

La competencia tecnológica también tiene un componente económico. Quien domine en áreas como la IA o la computación cuántica tendrá una ventaja significativa en términos de desarrollo industrial y militar. Esto ha llevado a una carrera por asegurar la soberanía tecnológica, con países tratando de reducir su dependencia de otros para tecnologías críticas.

3. Cambio climático y la geopolítica de los recursos naturales

El cambio climático ha dejado de ser un problema ambiental para convertirse en un factor geopolítico clave. A medida que los patrones climáticos se alteran y los recursos naturales escasean, las naciones se ven obligadas a competir por el acceso a agua, energía y territorios habitables.

Uno de los ejemplos más evidentes de este fenómeno es el Ártico. Con el calentamiento global derritiendo el hielo polar, nuevas rutas de navegación y vastas reservas de petróleo y gas se han vuelto accesibles. Esto ha desatado una carrera por el control de esta región, con países como Rusia, Canadá, Estados Unidos y Dinamarca reclamando derechos territoriales. El Ártico, que alguna vez fue visto como un desierto congelado, ahora es considerado una de las fronteras más estratégicas de la Tierra.

La transición hacia energías renovables también está remodelando las relaciones internacionales. Países ricos en minerales necesarios para la producción de tecnologías limpias, como el litio, el cobalto y el níquel, están ganando una nueva relevancia geopolítica. Regiones como América Latina, especialmente Bolivia y Chile, tienen vastas reservas de litio, un componente clave en baterías de vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía, lo que las convierte en el centro de atención para los actores globales que buscan asegurar su suministro.

Al mismo tiempo, el cambio climático está exacerbando las crisis migratorias y los conflictos por los recursos. La desertificación, la escasez de agua y los fenómenos climáticos extremos están obligando a millones de personas a abandonar sus hogares, creando tensiones en países receptores y alterando el equilibrio de poder en regiones vulnerables como el África subsahariana y el Medio Oriente.

4. Nacionalismo y soberanías fragmentadas

El auge del nacionalismo en las últimas dos décadas ha alterado significativamente el panorama geopolítico. Los movimientos nacionalistas, que abogan por la primacía de los intereses nacionales sobre los compromisos internacionales, están en ascenso en varios países. Este fenómeno se observa tanto en democracias consolidadas como en regímenes autoritarios, y ha dado lugar a una fragmentación de alianzas tradicionales y una mayor desconfianza hacia las instituciones multilaterales.

El Brexit, por ejemplo, es uno de los casos más notorios de esta tendencia. La decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea fue impulsada, en gran parte, por un deseo de recuperar la soberanía nacional, sobre todo en cuestiones relacionadas con la inmigración y el comercio. Este evento no solo ha transformado la política interna británica, sino que también ha generado una crisis existencial dentro de la propia Unión Europea.

Del mismo modo, el nacionalismo en Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump redefinió la política exterior del país, adoptando un enfoque más unilateral con el lema "América Primero" (America First). Esto implicó el retiro de acuerdos internacionales clave, como el Acuerdo de París sobre el cambio climático y el acuerdo nuclear con Irán, generando incertidumbre y tensiones en el sistema internacional.

Este fenómeno también está presente en países como Rusia, donde el gobierno de Vladimir Putin ha promovido una narrativa nacionalista que defiende la "soberanía tradicional" frente a la influencia occidental, especialmente en relación con la OTAN y la Unión Europea.

5. Desplazamientos migratorios y tensiones globales

Los desplazamientos migratorios han sido una constante a lo largo de la historia, pero en las últimas décadas, este fenómeno ha cobrado una relevancia geopolítica crítica. Las migraciones masivas no solo reflejan problemas internos de los países de origen, como conflictos, pobreza o catástrofes naturales, sino que también generan tensiones significativas en los países de destino, lo que afecta profundamente la dinámica política y económica global.

Una de las principales causas de las migraciones en el siglo XXI es el cambio climático, que está afectando de manera desproporcionada a las regiones más vulnerables del mundo. La desertificación, las sequías prolongadas y el aumento del nivel del mar están obligando a millones de personas a abandonar sus hogares, lo que se conoce como migración climática. Regiones como el África subsahariana, el sur de Asia y América Central están entre las más afectadas, y esto ha generado una creciente preocupación en las naciones del norte global, que suelen ser los destinos más comunes para estos migrantes.

Además del cambio climático, los conflictos armados continúan siendo una fuente importante de desplazamientos. Las guerras en Siria, Afganistán, Yemen y otras partes del mundo han creado crisis humanitarias de gran magnitud. Los refugiados provenientes de estas zonas han huido a países vecinos, como Turquía, Jordania y Líbano, o han intentado llegar a Europa, lo que ha generado tensiones políticas y sociales significativas. En Europa, la llamada "crisis migratoria" de 2015, cuando más de un millón de personas, principalmente de Siria, cruzaron al continente en busca de asilo, reveló las divisiones internas dentro de la Unión Europea sobre cómo manejar este flujo masivo de personas.

Estos desplazamientos masivos también han sido utilizados como herramientas de presión geopolítica. En algunos casos, países han amenazado con abrir sus fronteras a los refugiados si no se cumplen ciertas demandas políticas o económicas. Un ejemplo reciente es el caso de Turquía, que en varias ocasiones ha utilizado su posición como país receptor de millones de refugiados sirios para negociar con la Unión Europea, exigiendo más apoyo financiero a cambio de controlar el flujo de migrantes hacia Europa.

Las migraciones masivas también han alimentado el nacionalismo y el populismo en muchos países de acogida. En Europa y América del Norte, el temor a la pérdida de empleos, el aumento de la delincuencia o la erosión de la identidad cultural ha sido explotado por partidos y líderes populistas, que abogan por políticas más estrictas de control fronterizo y restricciones a la inmigración. Esto, a su vez, ha provocado un endurecimiento de las políticas migratorias en muchos países, desde la construcción de muros y barreras físicas hasta la implementación de políticas de disuasión y deportación.

Los desplazamientos migratorios no solo afectan a las naciones receptoras; también tienen un impacto profundo en las naciones de origen. La fuga de cerebros, en la que los migrantes calificados abandonan sus países en busca de mejores oportunidades en el extranjero, priva a los países en desarrollo de los recursos humanos necesarios para su crecimiento económico y social. Al mismo tiempo, las remesas enviadas por los migrantes a sus países de origen se han convertido en una fuente crucial de ingresos para muchas economías en desarrollo, lo que genera una compleja interdependencia entre los países de origen y destino.

En el contexto geopolítico actual, los desplazamientos migratorios son tanto una consecuencia como una causa de tensiones globales. La incapacidad de abordar las causas profundas de estas migraciones, como los conflictos armados, el cambio climático y la desigualdad económica, sugiere que las tensiones migratorias seguirán siendo un desafío importante en las próximas décadas.

6. Geopolítica de las cadenas de suministro

La pandemia de COVID-19 reveló una vulnerabilidad crucial en la economía global: la fragilidad de las cadenas de suministro internacionales. En un mundo interconectado, donde los productos que consumimos a diario dependen de una compleja red de producción y distribución global, cualquier interrupción en esta cadena puede tener consecuencias económicas devastadoras. Desde la escasez de equipos médicos durante los primeros meses de la pandemia hasta la actual crisis de semiconductores, la geopolítica de las cadenas de suministro se ha convertido en un tema central en la agenda de los gobiernos y las corporaciones multinacionales.

El fenómeno de la globalización, que impulsó la integración económica de los países y promovió la eficiencia en la producción global, también ha creado una dependencia extrema de ciertos países o regiones para la producción de bienes clave. China, en particular, se ha consolidado como el "taller del mundo", fabricando desde productos electrónicos hasta medicamentos. Sin embargo, esta dependencia de un solo país para productos esenciales ha generado inquietudes en muchas naciones, especialmente tras las disrupciones causadas por la pandemia.

En respuesta a esta vulnerabilidad, muchos países han comenzado a reconsiderar sus políticas económicas y comerciales, promoviendo lo que se ha llamado la relocalización o "reshoring", que implica traer de vuelta la producción a nivel local o regional. Estados Unidos, por ejemplo, ha lanzado varias iniciativas para fortalecer la producción de semiconductores dentro de sus fronteras, mientras que la Unión Europea está buscando reducir su dependencia de China y otras naciones para productos esenciales, como productos farmacéuticos y tecnología avanzada.

Además, la guerra comercial entre Estados Unidos y China ha intensificado esta tendencia. Las tensiones arancelarias, junto con las restricciones en la exportación de tecnología crítica, como los chips avanzados, han empujado a muchas empresas a diversificar sus cadenas de suministro, trasladando parte de su producción a países del sudeste asiático, India o incluso México.

Este realineamiento de las cadenas de suministro no solo tiene implicaciones económicas, sino también estratégicas y geopolíticas. Las naciones están cada vez más preocupadas por la seguridad económica y tecnológica, lo que está llevando a un nuevo tipo de proteccionismo, donde el acceso a ciertos productos o tecnologías puede ser restringido en función de intereses nacionales. El control de recursos clave, como los semiconductores, las tierras raras o las vacunas, se ha convertido en una herramienta de poder geopolítico.

Por ejemplo, China tiene una posición dominante en la producción de tierras raras, que son esenciales para la fabricación de dispositivos electrónicos avanzados, incluyendo smartphones, paneles solares y sistemas de defensa. Esta dependencia ha llevado a países como Estados Unidos y Japón a explorar formas de reducir su vulnerabilidad, ya sea a través del reciclaje de materiales o la apertura de nuevas minas fuera de China.

En resumen, la geopolítica de las cadenas de suministro refleja una creciente conciencia sobre la necesidad de asegurar la soberanía económica en un mundo interdependiente. A medida que las tensiones entre las grandes potencias continúan, es probable que veamos una mayor regionalización de la producción y un enfoque renovado en la resiliencia de las cadenas de suministro, lo que podría remodelar la economía global en los próximos años.

7. Geopolítica del Indo-Pacífico

El Indo-Pacífico ha emergido como el nuevo centro de gravedad geopolítica en el siglo XXI. La región, que abarca desde las costas del este de África hasta el oeste de Estados Unidos, es clave tanto por su importancia económica como por las tensiones estratégicas que se están desarrollando allí, particularmente entre China y las potencias occidentales.

China ha desempeñado un papel central en esta transformación, principalmente a través de su ambiciosa Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative, BRI). Este vasto proyecto de infraestructura busca conectar a China con el resto del mundo mediante una red de rutas terrestres y marítimas, promoviendo tanto el comercio como la influencia política. Sin embargo, muchos países ven la BRI con sospecha, preocupados por la posibilidad de que se utilice para aumentar la influencia política y militar de China, especialmente en regiones estratégicas como el sudeste asiático y el Océano Índico.

La expansión de la influencia china en el Indo-Pacífico ha sido vista como una amenaza directa por Estados Unidos y sus aliados, como Japón, Australia e India. Como respuesta, estos países han promovido la idea de un Indo-Pacífico libre y abierto, que busca contrarrestar las aspiraciones hegemónicas de China en la región. La creación de alianzas militares y estratégicas, como el Quad (que incluye a Estados Unidos, Japón, Australia e India), es un claro intento de equilibrar el creciente poder de China en el Indo-Pacífico.

El Mar de China Meridional es uno de los puntos más calientes de esta confrontación geopolítica. China ha reclamado gran parte de esta región marítima, construyendo islas artificiales y militarizándolas, lo que ha generado tensiones con otros países vecinos, como Filipinas, Vietnam y Malasia. Estas naciones, respaldadas por Estados Unidos, han desafiado las reclamaciones territoriales de China, lo que ha generado roces diplomáticos y militares en la región.

En cuanto a la economía, el Indo-Pacífico alberga algunas de las rutas marítimas más importantes del mundo, por donde transita gran parte del comercio global, incluidos los suministros de energía. Cualquier interrupción en estas rutas, ya sea por conflictos territoriales o por la militarización del Mar de China Meridional, podría tener un impacto significativo en la economía global.

El Indo-Pacífico también es importante en términos de diplomacia climática. Las naciones insulares del Pacífico, que son particularmente vulnerables al aumento del nivel del mar y a los fenómenos climáticos extremos, han cobrado mayor relevancia geopolítica a medida que buscan apoyo internacional para mitigar los efectos del cambio climático.

En este contexto, la región del Indo-Pacífico es un microcosmos de la nueva guerra fría que se está desarrollando entre China y Occidente, y es probable que siga siendo un foco de atención geopolítica en las próximas décadas.

8. Reconfiguración de Alianzas Internacionales

En un mundo donde la geopolítica está en constante cambio, las alianzas internacionales tradicionales ya no son tan sólidas como solían ser. La reconfiguración de alianzas refleja la creciente complejidad del panorama global, donde los países buscan alianzas flexibles y pragmáticas que sirvan a sus intereses a corto y largo plazo.

La OTAN, por ejemplo, ha sido tradicionalmente la piedra angular de la defensa occidental. Sin embargo, las tensiones internas dentro de la alianza, especialmente en torno a la carga financiera y las divergencias estratégicas, han llevado a cuestionamientos sobre su futuro. Los desacuerdos entre Estados Unidos y algunos de sus aliados europeos sobre temas como la relación con Rusia, el gasto en defensa y la política hacia Oriente Medio han complicado la cohesión de la alianza.

Por otro lado, estamos viendo el surgimiento de nuevas alianzas regionales. La ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), por ejemplo, ha ganado relevancia en la gestión de conflictos en el sudeste asiático y en la promoción de la estabilidad económica en la región. Al mismo tiempo, países como India y Japón están explorando nuevas asociaciones fuera de sus alianzas tradicionales, buscando diversificar sus relaciones económicas y de seguridad.

Las alianzas internacionales también están cambiando debido a la diplomacia energética. El auge del gas natural licuado (GNL) y la transición hacia energías renovables están remodelando las relaciones entre los países productores y consumidores de energía. Las nuevas tecnologías energéticas, como las baterías de litio, están impulsando la creación de alianzas en torno al control de los recursos críticos.

En definitiva, la reconfiguración de alianzas internacionales refleja un mundo en el que la cooperación multilateral está siendo reemplazada por asociaciones más fluidas y pragmáticas, basadas en intereses mutuos y en la necesidad de adaptarse a un entorno geopolítico cada vez más incierto.

jueves, 13 de julio de 2023

Irán-Rusia: “Solidaridad entre parias”

Irán, Rusia y los desafíos de la “solidaridad entre parias”

Mathieu Droin y Nicole Grajewski || War on the Rocks



El 31 de marzo de 2023, el presidente ruso, Vladimir Putin, aprobó un nuevo concepto de política exterior rusa que  aclamaba  la “formación de un orden mundial multipolar más equitativo” en curso. El concepto destacaba la intención de Moscú de fortalecer sus lazos con los no occidentales, en particular “desarrollando una cooperación de confianza y a gran escala” con Irán y otros estados descontentos con las políticas occidentales hacia sus países. Si bien la relación ruso-iraní se ha fortalecido durante años, esto demostró que la alianza se estaba profundizando , especialmente como resultado de la guerra en Ucrania. 

Esta asociación no es simplemente una alianza transaccional de conveniencia; es una relación compleja y multifacética con una historia larga y tensa. En el transcurso de los últimos 20 años, Rusia e Irán han adoptado perspectivas compartidas sobre muchos temas y asuntos globales. Los dos países están ligados primero por una animosidad compartida con el “ Occidente colectivo ”, cuyos valores y objetivos estratégicos presentan, según su perspectiva, un desafío ideológico hostil que puede poner en peligro su cohesión social y estabilidad política. Rusia e Irán también comparten una preocupación común por la supervivencia del régimen. Ambos han enfrentado trastornos internos y sanciones internacionales que los han llevado a desarrollar narrativas espejo centradas en la resiliencia, la autosuficiencia.y resistencia . Esto ha acercado a los dos estados. 

No dispuestos a contrarrestar militarmente esta asociación, los países occidentales han implementado políticas que incluyen sanciones, desvinculación económica y diplomacia para aislar a estos dos países. Los comentaristas y funcionarios caracterizan a Irán y Rusia como "estados parias" para Occidente. Sin embargo, declarar a Rusia e Irán “parias” y aislarlos económicamente no necesariamente los hará serlo. Desde principios de la década de 2000, Irán y Rusia han trabajado en conjunto para construir una red global de solidaridad con países igualmente distanciados de las potencias occidentales, como Venezuela, Siria y Corea del Norte, lo que ha contribuido a su resiliencia. Pese a la “ máxima presión ” ejercida por la administración de Donald Trump sobre Irán, por ejemplo, o los “ paquetes de sanciones” europeossobre Rusia, las potencias occidentales no han logrado cambiar el rumbo estratégico de estos regímenes, ni privarlos por completo de sus apoyos nacionales e internacionales.

Las potencias occidentales deberían, por lo tanto, considerar si estas políticas de ostracismo son efectivas. Si bien los estados occidentales ciertamente deberían defender sus intereses y valores, también deberían aceptar que es posible que no puedan separar a Irán y Rusia. En cambio, las potencias occidentales deberían aceptar una forma de “paciencia estratégica”; rara vez resulta productivo entablar un diálogo con estos estados , ni es efectivo responder a sus provocaciones. Estos enfrentamientos finalmente validan su narrativa. 

En cambio, las potencias occidentales deberían adoptar un enfoque triple: primero, deberían protegerse contra las amenazas que plantean estos regímenes mediante una disuasión, resiliencia y contingencia fortalecidas; segundo, deben involucrar a la diáspora y las sociedades civiles de estos dos países para aclarar que no se oponen a sus países o población sino a los regímenes que los oprimen; y tercero, deberían involucrar más al club de países o “potencias intermedias” que brindan un apoyo vital a estos regímenes, ofreciendo un oído atento a sus preocupaciones en lugar de convocarlos a tomar partido.

De enemigos a socios

Rusia e Irán son aliados políticos algo sorprendentes considerando las tensiones sobresalientes que históricamente han estropeado sus relaciones. Después del ascenso de Pedro el Grande y la caída de los safávidas en el siglo XVIII, las sucesivas dinastías de los imperios ruso y persa tuvieron relaciones en su mayoría hostiles, marcadas por cinco guerras que finalmente dieron como resultado la victoria rusa.

A lo largo del siglo XX, los cambios de régimen en Rusia e Irán (la fundación de la Unión Soviética y el establecimiento de la dinastía Pahlavi y, más tarde, la República Islámica de Irán) llevaron a la hostilidad entre los dos estados. Solo durante la era de Mikhail Gorbachev, de 1985 a 1991, Moscú y Teherán desarrollaron más lazos diplomáticos, militares y económicos, que incluyeron la venta de armas y la cooperación nuclear civil. 

La relación durante la década de 1990 fluctuó a medida que la Rusia postsoviética trabajaba para construir una relación más cooperativa con los Estados Unidos. Entre 1995 y 2000, Rusia suspendió su comercio de armas avanzadas con Irán para aliviar la presión de Washington sobre las ambiciones nucleares de Teherán. 

Sin embargo, cuando Putin asumió el cargo en 2000, realineó a Rusia hacia Irán. Reinició las ventas de armas de Rusia a Irán y logró un acuerdo de cooperación de 20 años con el líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, en 2001. La exposición del programa nuclear secreto de Irán a principios de la década de 2000 creó nuevos problemas para Moscú con Estados Unidos, y Putin limitó las relaciones. con la República Islámica. Él y su gobierno también apoyaron varias resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que requieren que Irán suspenda su programa de enriquecimiento de uranio. Las preocupaciones de Moscú se intensificaron en 2009cuando Estados Unidos, el Reino Unido y Francia revelaron los planes de Teherán para construir una segunda planta de enriquecimiento. Rusia, bajo el presidente Dmitry Medvedev, impuso más sanciones, incluida la prohibición de vender el sistema S-300 a Teherán.

Sin embargo, la primera década del siglo XXI dejó cada vez más claro que Rusia e Irán albergaban un descontento similar con el sistema internacional y tenían como objetivo remodelar los órdenes regionales. Con el conservador de línea dura Mahmoud Ahmadinejad como presidente desde 2005 hasta 2013, Irán adoptó una postura de confrontación hacia Occidente y una política regional oportunista. El país aprovechó el caos en Irak y en el Líbano para fortalecer su influencia a través de sus representantes en estos países, incluso a través de milicias chiítas como Hezbolá o Asa'ib Ahl al Haq . En Rusia, a Putin le molestó la ola de protestas contra el régimen en Asia Central conocidas como “ revoluciones de color ” y la expansión de la OTAN.hacia el este en los antiguos países soviéticos, que percibió como una empresa dirigida por Estados Unidos para antagonizar a Rusia. Como dijo en su conferencia de prensa anual en diciembre de 2021: “Ustedes nos prometieron en la década de 1990 que [la OTAN] no se movería ni un centímetro hacia el Este. Nos engañaste descaradamente. 

De afines a hermanos de armas

La naturaleza de la cooperación rusa e iraní cambió durante la guerra civil siria. En el contexto de la “primavera árabe”, una ola de levantamientos que depuso a una serie de autócratas en el mundo árabe a principios de la década de 2010, Irán y Rusia no querían que el presidente de Siria, Bashar al-Assad, y su gobierno se reunieran en un encuentro similar. fin. Ambos regímenes han tenido vínculos con el régimen de Assad desde la década de 1970, y la ubicación geográfica de Siria la hace esencial para ambos regímenes: para Rusia, proporciona el único acceso directo al Mediterráneo a través de la base naval de Tartus, y para Irán , el El país sirve como enlace terrestre entre Irak y el Líbano, dos países bajo una fuerte influencia iraní. 

En 2013, Irán y Rusia recibieron la confirmación de que los estados occidentales no se enfrentarían militarmente al régimen de Assad después de que la administración de Barack Obama retrocediera en su “ línea roja ” de armas químicas. El camino a Damasco estaba abierto de par en par. Los dos países decidieron en 2015 coordinar sus operaciones militares en Siria: Rusia entró en la guerra de Siria con Irán como su aliado en septiembre de 2015, lo que inclinó la balanza de poder.

Su éxito estratégico en el campo de batalla, ya que lograron detener una variedad de grupos armados de oposición y recuperar grandes extensiones de tierra, envalentonó a Rusia e Irán en sus creencias sobre su propia destreza militar. 

Un “nervio de paria estratégico”

Los dos regímenes ahora están cooperando más que nunca como resultado de la guerra en Ucrania. Aunque Rusia ha mantenido una ventaja en la relación bilateral como un actor militar y económico superior y un exportador clave de petróleo y gas , su lucha por asegurar la victoria en Ucrania ha llevado a un reequilibrio   de la relación. Moscú ahora ha necesitado pedir la ayuda de Teherán.

En julio de 2022, Putin visitó Irán, su primer viaje a un país extranjero fuera de la antigua Unión Soviética desde el comienzo de la guerra en Ucrania. Allí, recibió un apoyo vocal para la guerra: Khamenei ofreció un fuerte respaldo  , diciendo que Rusia se enfrentaba a la OTAN como un “ acto defensivo ”. Irán ha proporcionado a Rusia cientos de drones y ha enviado entrenadores del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica a Crimea para ayudar a las Fuerzas Armadas rusas en la guerra con drones. Es probable que la República Islámica reciba, a cambio, plataformas militares sofisticadas que incluyen imágenes satelitales, aviones de combate Su-35 de cuarta generación y sistemas de defensa aérea.

Más allá de la guerra, Moscú y Teherán también están trabajando en una asociación estratégica fortalecida de 20 años para actualizar la firmada en 2001. Los dos países también firmaron un memorando de entendimiento clave entre Gazprom, el gigante energético controlado por el estado ruso, y el National compañía petrolera iraní para exportar gas natural licuado, y han establecido vínculos directos entre sus sistemas bancarios

Sin embargo, la profundización de la relación bilateral no es suficiente para que estos países resistan el impacto de las sanciones occidentales y el ostracismo. Por lo tanto, los dos países han recurrido a un libro de jugadas en gran medida similar para evadir las sanciones y consolidar un orden multilateral.

Una Red Global de Solidaridad

Para contrarrestar los efectos de las sanciones y las políticas de ostracismo, los dos países se han esforzado por construir sus propias redes internacionales de solidaridad. Trabajaron, ya sea en conjunto o en paralelo, en dos ejes: se desplazaron hacia el Este y aprovecharon el descontento de otros países con el orden internacional vigente.

En primer lugar, a medida que Rusia e Irán se convirtieron en parias de Occidente, han buscado fortalecer las asociaciones en el sur y el este. La estrategia Mirar al Este ( Negah-e beh sharg ) de Irán fue desarrollada bajo el mandato de Ahmadinejad en 2005, y la estrategia Pivote al Este ( Povorot na Vosotok ) de Rusia fue anunciada por Putin en 2012. 

China es ahora el socio más poderoso de ambos regímenes. Pekín ha dejado que Rusia e Irán peleen sus propias guerras locales, en Siria y en Ucrania, sin involucrarse directamente ni intervenir, pero tampoco es neutral . China ha sido el principal beneficiario de petróleo y gas con descuento que Irán y Rusia no pueden exportar a otros lugares debido a las sanciones internacionales. El reciente patrocinio chino del acercamiento entre Irán y Arabia Saudita y la visita del secretario general chino, Xi Jinping , a Moscú también son signos claros del creciente perfil de China como la “ principal potencia euroasiática”. Los regímenes iraní y ruso, por lo tanto, dependerán cada vez más de China para su supervivencia.

Rusia e Irán también han logrado mantener relaciones equilibradas con Pakistán e India. Rusia se ha convertido en el principal proveedor de petróleo de la India en 2022, sin dejar de ser el principal proveedor de armas de la India , pero también mantiene una estrecha relación con Pakistán. El comercio de Irán con India y Pakistán se ha visto afectado por las sanciones de Estados Unidos, pero sigue siendo sustancial y está destinado a crecer . Teherán también tiene intereses compartidos clave con Nueva Delhi, en Afganistán, y en la conectividad regional, incluso a través del puerto de Chabahar , ubicado estratégicamente en el Océano Índico, donde India ha construido dos terminales.

En segundo lugar, Rusia e Irán también están tratando de explotar los agravios contra el orden internacional actual en los países de ingresos bajos o medianos de América Latina, África y Asia, conocidos como el “sur global”. Ambos países tienen una larga historia de cooperación con países como Corea del Norte y Bielorrusia, considerados parias en la comunidad diplomática mundial. Sin embargo, en la última década, los dos países han dedicado esfuerzos especiales a las alianzas en América Latina y África. En el primero, ambos han desarrollado estrechos vínculos con Venezuela. Los tres países realizaron simulacros conjuntos en 2022, mientras que Caracas y Teherán firmaron un plan de cooperación a 20 años . Los principales aliados de Moscú y Teherán en la región también incluyen a Nicaragua , donde el presidente iraní Ebrahim Raisi estuvo en junio, y Cuba.

Rusia e Irán también han buscado activamente desarrollar su influencia en el continente africano. Ambos países tienen tres objetivos principales. En primer lugar, quieren mantener relaciones estrechas, económica y políticamente, con potencias regionales como Nigeria, que ha firmado acuerdos de cooperación militar tanto con Irán como con Rusia, Argelia y Sudáfrica . En segundo lugar, los países ricos en recursos, como Angola, Mozambique y Guinea Ecuatorial, son antiguos socios de la URSS que siguen siendo clientes importantes de las armas rusas. Finalmente, ambos países apuntan a regímenes que se desmoronan donde pueden presentarse como garantes de último recurso, como lo hizo Rusia con Sudán en 2017, con la República Centroafricana en 2020 y con Malí .en 2021, con los mercenarios del grupo Wagner. Irán también explotó las debilidades en Somalia y Eritrea, ganando puntos de apoyo y concesiones económicas a cambio de garantías de seguridad.



¿Puede Occidente dar forma a los límites del “negocio paria”?

Los esfuerzos para abrir brechas entre Irán y Rusia no han tenido éxito porque los intereses compartidos entre los dos países superan con creces sus diferencias. Por lo tanto, es probable que la “paria-negocio” entre Irán y Rusia perdure mientras los regímenes actuales estén vigentes.

Frente a la resiliencia de estos regímenes, las naciones occidentales no deben permanecer inactivas, sino que deben adoptar la “paciencia estratégica” y reconocer que tienen pocas palancas para cambiar el camino estratégico que han elegido Rusia e Irán. En cambio, deberían redirigir su energía hacia las partes que podrían afectar realmente a estos regímenes: las sociedades civiles dentro de Rusia e Irán, y los socios globales que apoyan estos dos regímenes. 

Construir Paciencia Estratégica, Cubierto por Disuasión y Resiliencia

Cuando se trata de regímenes que buscan la atención internacional, los países occidentales deben evitar involucrarlos en formas que les permitan "salvar la cara" o "perder la cara". El primero los condona, el segundo los alienta. El acuerdo de Minsk de 2015 con Rusia para detener la guerra en Ucrania o las conversaciones con Irán sobre su programa nuclear muestran que el compromiso puede frenar, pero no alterar, los planes de estos regímenes. Esto no se debe a que las iniciativas estuvieran mal concebidas, sino a que estos regímenes no están programados para ceder o comprometerse. En lugar de buscar cambios de comportamiento, las potencias occidentales deberían aceptar la "paciencia estratégica", lo que significa permanecer en una posición de fuerza y ​​evitar movimientos políticos que podrían alimentar las narrativas de hostilidad occidental de Moscú y Teherán hacia ellos. 

Para hacerlo, las potencias occidentales deben ser percibidas como las que buscan soluciones a través de la diplomacia pública. Conscientes de que estos regímenes consideran que las conversaciones son enfrentamientos transaccionales, las iniciativas lideradas por Occidente no deben ser demasiado explícitas sobre las posibles concesiones y, más bien, deben estar diseñadas para afirmar intereses y mostrar apertura al diálogo, como sucedió con el plan de paz de 10 puntos del presidente Volodymyr Zelenskyy. para Ucrania. 

Cuando los dos regímenes recurren a la provocación, especialmente a través del “chantaje nuclear”, como ha sido el caso del enriquecimiento de uranio de Irán y el ruido de sables nucleares de Putin en Ucrania, las reacciones sensatas basadas en el derecho y las obligaciones internacionales, en lugar de una escalada retórica o sanciones, será la mejor manera de desescalar. 

Al mismo tiempo, los países occidentales deben protegerse contra las amenazas más agudas que plantean Irán y Rusia para su seguridad. Esto implicaría un amplio espectro de esfuerzos, comenzando con una fuerte disuasión nuclear, incluido el despliegue continuo de portaaviones y el despliegue de aviones de doble capacidad en la región, a pesar de la prioridad que Estados Unidos le da al Indo-Pacífico. Esto también requeriría abordar los desafíos tecnológicos que plantean estos dos países a través del desarrollo de nuevas capacidades altamente letales, como armas hipersónicas y de energía dirigida, o vehículos no tripulados. Finalmente, implicaría construir resiliencia frente a amenazas cibernéticas e híbridas y luchar contra campañas de desinformación o desestabilización. 

Redirigir la Energía a las Sociedades Civiles ySwing States”

Como argumenta Agathe Demarais en su libro Backfire , los esfuerzos por desvincular a las personas de sus regímenes a través de sanciones que afectan sus vidas diarias generalmente terminan volviendo a las personas contra el estado que impone las sanciones. Los estados occidentales deberían recalibrar su enfoque y apoyar a la sociedad civil en Irán y Rusia, que será clave para el cambio potencial en caso de debilitamiento o colapso de estos regímenes. Este fortalecimiento de la sociedad civil podría lograrse mediante una comunicación pública mejor calibrada que distinga claramente entre la población y los regímenes, o mediante un mayor compromiso con las diásporas de ambos países. 

Finalmente, si los estados occidentales realmente quieren que los regímenes de Rusia e Irán se conviertan en parias, deberían involucrarse principalmente con aquellos países que los mantienen como aliados clave. Estados Unidos y sus socios más cercanos deberían centrarse en los grandes “ estados cambiantes ”: países que valoran los estándares liberal-democráticos y al mismo tiempo simpatizan con el descontento de países como Rusia o Irán con el orden internacional actual. Este club incluye a ocho de los países del G20: Argentina, Brasil, India, Indonesia, México, Arabia Saudita, Sudáfrica y Turquía. Estas son las principales economías y las potencias emergentes en las que Moscú , Beijing y Teherán , en mayor o menor grado, están tratando activamente de influir.

Como sugirieron Tim Sweijs y Michael J. Mazarr en su artículo para War on the Rocks, " Cuidado con las potencias intermedias ", las potencias occidentales deben recalibrar la forma en que interactúan con estos países, "hacia un enfoque más inclusivo y menos coercitivo". tratándolos como pares en lugar de como variables en la competencia sistémica. El nuevo compromiso de Occidente no debe parecerse a un enfoque de “neo-Guerra Fría”, obligando a los países a tomar partido a través de “zanahorias y palos”. En cambio, debería ser un diálogo estratégico destinado a comprender mejor los principales impulsores de los estados indecisos clave para mantener los lazos con Rusia e Irán, para evaluar si Occidente puede ofrecer algo más atractivo.

Estos esfuerzos combinados pueden tener poco o ningún impacto a corto plazo, pero a largo plazo que Rusia e Irán están jugando, pueden ayudar a frustrar la consolidación de un “orden de múltiples parias” que los dos regímenes están construyendo.

jueves, 19 de marzo de 2020

Eritrea busca alianzas en medio de las rivalidades del Mar Rojo

En medio de las rivalidades del Mar Rojo, Eritrea juega por la independencia



El presidente Isaias propone un bloque regional para equilibrar la creciente influencia de los estados del Golfo.

Harry Verhoeven || Small War Journal

Cuando el presidente de Eritrea recibió el mes pasado a los líderes de Etiopía y Somalia para discutir la "cooperación regional", esa iniciativa atrajo pocos titulares mundiales. Aún así, la decisión de Eritrea debe ser notada por los responsables políticos y otros que trabajan por la estabilidad en el Cuerno de África y la región del Mar Rojo. Durante años, el desdén del presidente Isaias Afwerki por los foros multilaterales como la Unión Africana, y sus tensas relaciones con muchos gobiernos de la región, han contribuido a las caricaturas de Eritrea como la "Corea del Norte de África". Pero su invitación a dos vecinos para discutir un nuevo bloque regional refleja un factor importante en la política exterior de Eritrea: sus esfuerzos por preservar su independencia en un entorno geopolítico en rápida evolución.

Efectivamente, la propuesta de Isaias es un ajuste fino de las alineaciones de Eritrea en medio de la creciente influencia de los estados del Golfo Árabe en África y consistente con los esfuerzos de larga data para preservar su independencia, señala el profesor Harry Verhoeven, coordinador de la Red China-África de la Universidad de Oxford.


 
Eritrea desarrolló una reputación como quizás el estado más aislado de África. ¿No ha sido históricamente hostil a la integración regional?

Si y no. La relación de Eritrea con la idea de cooperación regional ha sido compleja desde que el país se independizó de Etiopía en 1993 después de una guerra de 30 años. Ese mismo año, el presidente de Eritrea, Isaias Afewerki, sorprendió a sus pares africanos cuando, en una cumbre de la Organización de la Unidad Africana (ahora la Unión Africana), repitió públicamente las críticas que había formulado como uno de los comandantes guerrilleros más formidables de África: la OUA había absolutamente fracasó al cerrar los ojos al terror infligido por la dictadura militar respaldada por los soviéticos de Etiopía (el Derg) y acusó a sus compañeros de aferrarse al poder y no tomar ninguna acción significativa para abordar la pobreza en África. Desde ese punto de partida, Eritrea nunca invirtió recursos significativos en la diplomacia continental. Cuando la Unión Africana (UA) impuso sanciones a Eritrea en 2009 por apoyar a los extremistas de al-Shabab en Somalia y tratar de derrocar al gobierno somalí, Eritrea suspendió su participación en la organización y denunció a la UA como un perro faldero del imperialismo estadounidense y un mecanismo para Las aspiraciones hegemónicas de Etiopía, su principal rival. Además, Eritrea se ha retirado dos veces del bloque regional de África Oriental: la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD).

Aún así, Eritrea no se opone por definición a la cooperación regional. En la década de 1990, Isaias y sus combatientes formaron la vanguardia de la ola de movimientos izquierdistas de liberación africana que capturaron el poder desde el Mar Rojo hasta el Cabo entre 1991 y 1997. Junto con "camaradas líderes" en Congo, Etiopía, Ruanda y Uganda, Isaías soñaba con un "Gran Cuerno de África" ​​de regímenes de ideas afines que pudieran ofrecer una alternativa a la tan criticada OUA y desarrollar conjuntamente oportunidades de inversión regional para consolidar la solidaridad ideológica. El gobierno de Asmara envió tropas, espías y diplomáticos eritreos para apoyar las guerras contra el régimen militar-islamista en Sudán y la dictadura de Mobutu Seso Seko en la República Democrática del Congo (entonces Zaire). Estos fueron sacrificios concretos en sangre y tesoros hechos por una Eritrea frágil, pequeña y recientemente independiente para promover su forma preferida de integración regional.

¿Qué podría esperar lograr Isaias con esta nueva iniciativa?

La propuesta de Isaias para profundizar la integración entre Eritrea, Etiopía y Somalia (la llamada "Alianza Cushítica") es una continuación de los esfuerzos que defendió en la década de 1990 para anclar institucionalmente alianzas entre gobiernos con una perspectiva política similar. Al igual que en la era del "Gran Cuerno", Asmara parece estar proponiendo nuevas normas regionales y entendimientos de paz y seguridad, así como lazos de infraestructura para forjar una red de alianzas entre los estados participantes.

Dicho esto, las decepciones del pasado no se han olvidado, especialmente desde la "guerra de hermanos" de 1998-2000 con Etiopía, que terminó con el sueño del "Gran Cuerno". La diplomacia eritrea, especialmente desde ese conflicto, se ha centrado en crear espacio para maniobrar y trazar una política exterior independiente de la hegemonía etíope. Durante casi 20 años, Isaias buscó socavar al gobierno etíope apoyando a su oposición interna, así como a sus adversarios en Somalia, políticas que contribuyeron a la imposición de sanciones internacionales. Eritrea también se alineó con el rival de Etiopía, Egipto, y al establecer asociaciones con Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos en los que Isaias ofreció cooperación de seguridad, especialmente el uso del puerto de Assab del Mar Rojo de Eritrea para operaciones en la guerra de Yemen, a cambio de apoyo contra las presiones etíopes. Si bien esta coreografía diplomática no pudo detener el ascenso regional de Etiopía, logró el objetivo principal de mantener al gobierno de Isaías en el poder.

La cumbre del mes pasado señala un cambio en el patrón de maniobras de Isaías, causado por los recientes cambios geopolíticos. La proyección de poder de los estados del Golfo en el Cuerno de África y la crisis de refugiados en Europa han proporcionado a Isaías influencia diplomática y financiera para pasar del aislamiento a la influencia regional. Además, la ascensión del primer ministro etíope, Abiy Ahmed, marginó a la némesis etíope de Isaías, el Frente de Liberación del Pueblo Tigrayan. Eso hizo posible que Isaias cooperara con Abiy en la negociación rápida del fin de la guerra "congelada" de sus países. Si bien ese acuerdo de paz fue un triunfo popular interno para ambos líderes, el acercamiento se ha estancado y los esperados "dividendos de paz" —económicos y democráticos— han sido decepcionantes. El ascenso del joven Abiy en Addis Abeba le permitió a Isaias hacerse pasar por el anciano estadista de la región y, en la conferencia cumbre del mes pasado, ofrecer su propia idea de cooperación en el Cuerno de África; La propuesta de Isaias de hecho socavará las ambiciones históricas de Etiopía para dominar una vez más los esfuerzos hacia una mayor integración regional.

Otros jugadores se están moviendo para establecer organizaciones regionales en el área del Mar Rojo, como lo hizo Arabia Saudita en enero. ¿Cuáles son las implicaciones de la iniciativa eritrea a la luz de esos esfuerzos?

Los esfuerzos recientes para establecer nuevos organismos regionales, como el Consejo de los Estados Árabes y Africanos del Mar Rojo y el Golfo de Adén, o para revitalizar la IGAD o la UA en el Cuerno de África, son desarrollos ambivalentes desde la perspectiva de Eritrea. Su prioridad sigue siendo la preservación de su flexibilidad para cambiar las políticas y las alineaciones según sea necesario para defender su independencia, apretada como lo es entre los vecinos más grandes. Sudán, Etiopía y Arabia Saudita han tenido sus propios diseños para la región, que rara vez han tenido en cuenta los intereses eritreos. Como se ve en Asmara, las organizaciones multilaterales bajo el control de actores con ambiciones hegemónicas son potencialmente peligrosas y mejor subvertidas o, si es necesario, boicoteadas por completo.

Eritrea se unió al Consejo del Mar Rojo por insistencia implacable de Riad, pero probablemente no tiene intención de dejar que el cuerpo circunscriba su soberanía. La membresía cumplió el útil propósito de confirmar la relación entre Arabia Saudita y Eritrea y recordar a Etiopía (que, por insistencia de Egipto, no fue invitado a unirse al consejo) que, a pesar de las expresiones externas de fraternidad entre Abiy e Isaías, Eritrea tiene opciones estratégicas que no requieren el consentimiento de Etiopía.

Del mismo modo, el movimiento de Isaias hacia una nueva agrupación con Etiopía y Somalia es útil para recordar a los viejos enemigos en el Cuerno de África (Djibouti y Sudán) y los estados del Golfo que Eritrea tiene amigos alternativos y no aceptará un papel como representante regional para Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos. La creciente proyección del poder de los estados del Golfo en el Cuerno ayudó a Isaías a salir de su aislamiento. Pero desde la perspectiva de Eritrea, esa proyección es una tendencia que requiere un manejo cuidadoso, en lugar de un mayor estímulo, y que debe evaluarse en términos de sus implicaciones para la autonomía de Eritrea en el futuro.