Mostrando entradas con la etiqueta amenaza terrorista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amenaza terrorista. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de marzo de 2026

Argentina: ¿Para qué quiere la República Argentina a las Fuerzas Armadas?

¿Para qué quiere la República Argentina a las Fuerzas Armadas?

La defensa nacional no se sostiene solo con armas, sino con decisión política, legitimidad jurídica, responsabilidad de mando y disciplina institucional
Por Santiago Sinópoli y Gabriel D'Amico || La Nación




El 29 de septiembre de 1976, en la calle Corro, de la Ciudad de Buenos Aires, las Fuerzas Armadas Argentinas ejecutaron un operativo militar abierto contra una célula orgánica de Montoneros. No fue un secuestro clandestino ni una “desaparición”: hubo tropas uniformadas, cerco del área, intercambio de disparos y resistencia intensa. Fue una operación militar visible; los combatientes montoneros no se rindieron: eligieron combatir hasta el final.

Sin embargo, casi cincuenta años después, quienes participaron de aquel operativo enfrentan hoy un juicio penal bajo la acusación de delitos de lesa humanidad. Esta sola circunstancia obliga a formular una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿para qué quiere la República Argentina a las Fuerzas Armadas si, cuando las emplea, décadas después juzga a sus integrantes como criminales?

El juicio, con inicio previsto para febrero de 2026, por los hechos de la calle Corro, se tramita bajo la carátula “Orihuela, Carlos Alberto y otros s/ privación ilegítima de la libertad agravada y homicidio agravado (delitos de lesa humanidad)” contra seis oficiales retirados del Ejército Argentino.

A los acusados, que al momento de los hechos revistaban como oficiales subalternos, se les imputa de modo idéntico cinco homicidios agravados y cuatro privaciones ilegítimas de la libertad agravadas vinculadas a personas detenidas y luego liberadas.

El episodio es calificado como delito de lesa humanidad por considerarlo parte de un “plan sistemático de represión ilegal”. La imputación incluye también la muerte de María Victoria Walsh, pese a que se produjo por suicidio, con el argumento de que el contexto del operativo habría anulado la posibilidad de autodeterminación.

Así, una operación de combate abierta, realizada por fuerzas legales contra una organización armada ilegal que resistió, se reinterpreta como un conjunto de crímenes imprescriptibles. Esta escena no obliga a discutir el pasado en clave sentimental, sino a pensar la República en clave racional.

Si la Argentina necesita Fuerzas Armadas, debe aceptar una verdad elemental: existen para ser empleadas en situaciones límite, cuando el Estado debe protegerse frente a amenazas graves. Para eso el Estado invierte recursos, las organiza, las forma, las equipa y las adiestra, con procedimientos orientados a cumplir la misión. Y si, después de emplearlas, las juzga retroactivamente como delincuentes, la pregunta reaparece: ¿para qué las quiere? Quienes reducen la calle Corro a un eslogan omiten lo esencial: Montoneros no era un partido político ni un movimiento pacífico, sino una organización armada, militarizada y entrenada en tácticas de combate, armas y explosivos, responsable de atentados y acciones violentas contra el Estado y la sociedad argentina. La carta de Rodolfo Walsh tras la muerte de su hija Victoria lo reconoce: ella era un “cuadro” con responsabilidades e instrucción militar.



Frente a ese escenario, el Estado decidió defenderse utilizando su instrumento militar: las Fuerzas Armadas. En toda república, el monopolio de la fuerza no es un privilegio arbitrario, sino una herramienta extrema para preservar el orden y la integridad del Estado cuando es atacado por medios violentos. Si la sociedad decide que el Estado no puede usarla, debe aceptar otra consecuencia: queda inerme frente a quienes sí están dispuestos a hacerlo. Podrá discutirse, con rigor, si existieron excesos o desproporciones, y eso debe analizarse a la luz de tácticas, procedimientos y principios propios de la conducción militar. Lo que no es razonable es convertir el acto mismo de defender al Estado en culpa penal, como si el uso de la fuerza estatal fuera, por definición, ilícito.

Conviene recordar, además, que la acción estatal contra Montoneros no se origina con el gobierno de facto: la organización ya había sido formalmente proscripta por un gobierno constitucional, lo que excluía toda presunción de legitimidad de su accionar armado y habilitaba al Estado a emplear la fuerza para neutralizar la amenaza. Esa ilegalidad es previa e independiente del régimen bajo el cual se ejecutó la operación.

El operativo se realizó en el marco de los decretos de aniquilamiento, del Código de Justicia Militar y de órdenes operativas que constituían el soporte normativo vigente. La legalidad es siempre temporal: el derecho penal republicano exige previsibilidad; nadie puede ser perseguido con reglas creadas décadas después ni con categorías inexistentes al momento de los hechos. Que la operación se haya desarrollado durante un gobierno de facto no vuelve automáticamente ilegítimos los actos del Estado.

La jurisprudencia de la Corte Suprema, especialmente tras 1983, sostuvo reiteradamente que la ilegitimidad de origen de un gobierno no implica la nulidad general de los actos estatales necesarios para preservar la continuidad jurídica y la seguridad, doctrina que reconoce antecedentes históricos como la Acordada de 1930. Si se acepta reescribir la ley hacia atrás, la República pierde su columna vertebral: el principio de legalidad. Cuando la legalidad se sustituye por un criterio moral o político retrospectivo, el juicio deja de ser justicia y se vuelve instrumento. Aquí está el núcleo del problema: se reinterpreta una operación de combate abierta como “lesa humanidad” por provenir del Estado, se diluye la condición armada del adversario y se la etiqueta como “masacre” desde el título. Así se borra la distinción entre fuerza legítima y violencia ilícita. El resultado es una paradoja: se le exige al Estado defenderse, pero después castiga al ejecutor que él mismo formó y ordenó actuar.

El debate sobre el empleo de las Fuerzas Armadas en seguridad interior expone la misma irresponsabilidad estructural: se reclama su participación frente a amenazas complejas —terrorismo, narcotráfico, control de fronteras—, pero se evita dotarlas de un marco jurídico claro. El fallido tratamiento del proyecto de ley sobre reglas de empeñamiento en la Comisión de Defensa lo dejó en evidencia: hubo consenso en la necesidad de emplearlas, pero no voluntad política para fijar reglas, límites y protección jurídica.

Sin reglas de empeñamiento, sin responsabilidades delimitadas y sin previsibilidad penal, el Estado traslada el riesgo al ejecutor. La calle Corro muestra a dónde conduce esa omisión: ayer fue la subversión; hoy puede ser en operaciones como la denominada Operación Roca; mañana, en cualquier otro escenario. La defensa nacional no se sostiene solo con armas, sino con decisión política, legitimidad jurídica, responsabilidad de mando y disciplina institucional. Ningún sistema de defensa funciona si el Estado hoy ordena actuar por la República y mañana redefine ese mismo acto como crimen: se erosiona la confianza, se paraliza la iniciativa y el servicio se vuelve un riesgo personal permanente. La República no puede reclamar Fuerzas Armadas eficaces y, al mismo tiempo, presumir criminal, por definición, el uso de la fuerza estatal.

La calle Corro obliga a una reflexión incómoda: una Nación que no sabe para qué quiere a sus Fuerzas Armadas termina quedándose sin ellas. No solo por falta de uniformes o armamento, sino porque ha vaciado de sentido, de respaldo jurídico y de autoridad al instrumento que dice necesitar. Si la Argentina pretende seguir siendo una República, debe recuperar una idea simple: el derecho existe para limitar el poder, no para reescribir la historia con criterios cambiantes. Cuando la legalidad se suspende porque el acusado es un militar, el problema ya no es el pasado, es el presente. Y una República que convierte en delito lo que ayer ordenó hacer corre el riesgo de no tener mañana a quién ordenar nada.

Santiago Sinópoli es Coronel (R) y abogado

Gabriel D’Amico es General de Brigada (R) 

viernes, 19 de mayo de 2023

Mapuchelandia: A un año del estado de emergencia

 

A un año de implementado el estado de emergencia en el sur de Chile, el Gobierno asegura que la violencia en la zona bajó

El conflicto mapuche es uno de los temas más complejos en la agenda del presidente Boric que, inicialmente, rechazaba esta medida de fuerza

Infobae


A un año de implementado el estado de emergencia en el sur de Chile, el Gobierno asegura que la violencia en la zona bajó

La Macrozona Sur de Chile cumple un año bajo control militar en el marco de la declaración de estado de emergencia por el conflicto mapuche que azota la zona a diario con ataques incendiarios a maquinaria y predios, así como cortes de ruta y tiroteos.

Este martes, la región de la Araucanía y dos provincias del Biobío cumplen 12 meses bajo este régimen, que ya fue renovado en 23 ocasiones y que avala el despliegue de las Fuerzas Armadas con el fin de garantizar el orden público.

Esta medida, la cual -inicialmente- el presidente Gabriel Boric rechazaba y que estuvo vigente durante el segundo mandato de Sebastián Piñera, permitió una “considerable disminución” de la violencia en la zona, aseguran desde el Ejecutivo.

El Ejecutivo asegura una disminución del 30% de los actos vandálicos y una tendencia a la baja (EFE)

“Hasta el 2021 no hubo ningún año en que no aumentaran los hechos de violencia rural en la Macrozona Sur. El 2021, por cifras, fue el que más hechos de violencia registró. En 2022 logramos bajarlos y, en 2023, seguimos con tendencia a la baja”, comentó el subsecretario del Interior, Manuel Monsalve, antes de precisar que la reducción de los actos vandálicos fue del 30%.

No obstante, ello no significa que el conflicto esté resuelto. Muy por el contrario, el funcionario remarcó que “siguen ocurriendo hechos graves” y, por tanto, “no se puede bajar los brazos”.

Uno de los casos más recientes de esta disputa territorial entre el Estado, las comunidades radicales indígenas y las empresas forestales que explotan las tierras tuvo lugar esta misma madrugada. Según informó el coronel de la policía Oscar Sandoval, una vivienda fue incendiada y, en las cercanías, se encontró una proclama alusiva a la causa mapuche.

En los últimos días, dos casas fueron incendiadas así como un camión (Redes sociales)

También, la última semana, desconocidos quemaron otra residencia y un hogar y, luego, dispararon contra la casa de un redactor ultraderechista de la nueva constitución y contra la camioneta de su padre.

En agosto pasado, sin embargo, la policía dio un fuerte golpe contra una de las principales organizaciones radicales que operan en la zona -la Coordinadora Arauco Malleco- al detener a su líder Héctor Llaitul. El sujeto está acusado de hurto, atentado contra la autoridad y múltiples delitos de robo.

En agosto, la policía detuvo al líder de la Coordinadora Arauco Malleco, Héctor Llaitul (EFE)

De todas formas, a pesar de estos avances, el tema sigue siendo una de las cuestiones más complejas en la agenda de Boric, que convocó a los parlamentarios de la zona para analizar el estado de emergencia y debatir cómo continuar con su gestión, dado que esta semana vence la última prórroga.

“Los diputados de la Araucanía fuimos citados por el Presidente Gabriel Boric a Cerro Castillo. Solicitaré personalmente estado de sitio para nuestra región. El terrorismo ya no resiste medias tintas”, escribió en su cuenta de Twitter el diputado Mauricio Ojeda, del ultraderechista Partido Republicano.

Boric busca una extensión del estado de emergencia mientras que los legisladores de derecha presionan por una declaración de estado de sitio (REUTERS)

Esta propuesta, que restringe la libertad de locomoción y el derecho a reunión, es vista como “excesiva” por el oficialismo pero ya cuenta con el apoyo de varios parlamentarios de derecha que, inclusive, han amenazado con no renovar las extensiones del régimen vigente.

A la par de estas medidas, Boric anunció en noviembre la creación de una comisión que determine cuántos son los territorios ancestrales demandados por los mapuches de La Araucanía y cuántos de ellos podrían ser restituidos. De todas formas, este proceso se extenderá más allá del 2026 y nunca contemplará la devolución de todas las tierras.

(Con información de AP y EFE)





viernes, 8 de abril de 2022

Argentina: El eterno retorno de los zurdos peronistas que no conviven con la democracia

La Tablada: La locura que siempre vuelve

Por: José Martiniano Duarte




A partir del año 1983, el gobierno del presidente Alfonsín había logrado enjuiciar a los generales responsables de la dictadura y a los cabecillas de las organizaciones armadas que habían bañado de sangre el país en la década del ‘70, había soportado planteos y había sabido escuchar, aunque con algunas limitaciones, los reclamos. Lo lógico de esperar era que las desavenencias, los odios y los rencores se fueran diluyendo con el tiempo. ¿Por qué no ocurrió así? Porque desde el gobierno -desde facciones del propio radicalismo- y desde importantes sectores de la sociedad, persistía el rencor y la visión ideológica alimentaba los deseos de revancha y venganza. El odio y el encono seguían tan vivos como siempre, columpiados por sueños persistentes que hacían peligrar la democracia.
Era legítima la aspiración del gobierno de poner fin a la sucesión de golpes cívicos militares que por medio siglo había producido una alternancia inconcebible y retrógrada. El error, fue que el gobierno no advirtió que, terminada la guerra de Malvinas, una generación de militares había surgido del hartazgo a la política dentro del Ejército. Y no contento con eso puso el acento de sus críticas casi exclusivamente en lo actuado por los militares durante la década del ‘70; tanto que se borró de un plumazo todo lo actuado por las Fuerzas Armadas y de Seguridad durante los gobiernos de Perón y de Isabel Martínez de Perón y lo hecho por las organizaciones terroristas, antes del 24 de marzo de 1976.
El gobierno, había exculpado y victimizado casi por completo a las organizaciones armadas subversivas. Y no sólo eso, también les proporcionaba un excelente fundamento de expiación a los civiles, políticos y ciudadanos de a pie, que por décadas habían golpeado las puertas de los cuarteles. Los únicos malos en la Argentina fueron (y seguían siendo) los militares. Fue durante esta época cuando empezó el mito de que las organizaciones armadas terroristas lucharon por la recuperación de la democracia. La hipocresía y el cinismo de esta afirmación insultaba la inteligencia de quienes conocíamos la historia.
En aquellos tiempos previos al ataque terrorista de la Tablada, Alfredo Leuco y otros que, como vimos, fueron colaboradores de la revista “Entre Todos”, que dirigía Carlos (Quito) Burgos, del MTP, tal vez, también, simpatizaban con esas ideas.
Muchos también festejaban el triunfo sandinista en Nicaragua y ansiaban estar allá para vivir en carne propia la euforia de la revolución triunfante del comunismo en esa partecita de América.
A pesar de que el muro de Berlín se demolía y con él, se derrumbaba la Unión Soviética y el más grande proyecto comunista de la historia, los nostálgicos simpatizantes argentinos soñaban aún con la resurrección de los ideales por los que habían muerto y matado hacía apenas una década atrás.
Lo cierto es que la lucha, para muchos argentinos que fomentaban el marxismo más revolucionario, no había cesado con la recuperación de la democracia, ni mucho menos.
La democracia fue siempre un verdadero escollo para ellos en su camino hacia la conquista del poder. Y no es cuestión de repartir culpas o pasar facturas. Quedará en la conciencia de los que colaboraron y simpatizaron con ese foquismo iluminado, que estuvo muy cerca de regresarnos a la atrocidad de la guerra civil; ellos sabrán si en aquellos años todavía soñaban con la reivindicación de la lucha armada o fue, apenas, una locura de verano juvenil.
Lo que sí es seguro, es que el gobierno de Raúl Alfonsín no quiso, no supo o no pudo -parafraseándolo al propio Presidente-, dar por terminado el conflicto de la década anterior; y no digo cerrar las heridas que dejó la guerra civil que vivimos. Las heridas de esa lucha fratricida y sin reglas, iban a tardar mucho más en cerrar, si las cosas se hacían bien.
Y se hicieron mal; me refiero a cerrar las puertas a la posibilidad de volver a encender las brasas del odio que todavía humeaban y que, increíblemente, hoy aún están ardientes, después de haber sufrido doce años del gobierno más corrupto de nuestra historia.
En el mes de mayo de 1986, en la página 22 de la revista “Entre Todos”, el Movimiento Todos Por La Patria, hizo su presentación oficial. En la editorial de ese mes, su director, Carlos Alberto (Quito) Burgos, anunció que en la misma se daría cabida a las diferentes opiniones, compartieran o no la forma de acción política que ellos proponían. La propuesta política, consistía a grandes rasgos, en la democracia participativa con la intervención directa del pueblo en las decisiones política y fomentaba la reconstrucción y el apoyo de las organizaciones naturales de la comunidad: sindicatos, sociedades de fomento, clubes, uniones vecinales…
La propuesta fomentaba también el plebiscito sobre las Fuerzas Armadas, dado que consideraban que debían recuperar su carácter sanmartiniano. Firmaban esa propuesta lo que ellos llamaban la Mesa Nacional Provisoria: Juan Antonio Puigjané, Melitón Vázquez, Martha Fernández, José Liñeiro y José Serra.
Se entendía, en aquel momento, que el Movimiento Todos por la Patria era una corriente política que estaba buscando su reconocimiento, pero entre tanto, dentro del secretariado general, ciertos personajes empezaron a tratar de reivindicar ideológicamente el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista y la lucha armada, principalmente todo lo realizado por las organizaciones subversivas en los años ‘70.
En el mundo, el comunismo estaba cayendo estrepitosamente, se derrumbaba la Unión Soviética con todos sus misiles, submarinos y portaaviones nucleares, con todo su poder, pero acá en la Argentina, unos señores y señoras se preparaban, fusil y RPG7 en mano, a resucitarlo. Increíble pero cierto.
En la última etapa del gobierno que pretendía reivindicar los valores democráticos, éstos se estaban haciendo añicos a manos de un grupo de fanáticos y la página que había tratado de dar vuelta el presidente Raúl Alfonsín era sobre la que se pretendía volver.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Peronismo, terrorismo, araucanos y la puta que los parió

El terrorismo kirchnerista nunca cambia



El hijo de puta de Urien

El 17 de noviembre de 1972 Perón regresó a la Argentina después de diecisiete años de exilio. Una foto inmortalizó el momento en el que al descender del avión el viejo caudillo era protegido de la lluvia por un paraguas que sostenía el secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci. Ese día, en que se materializaba el primer regreso de Perón al país, se produjo un incidente grave en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), cuando el guardiamarina Julio César Urien, creyendo que Perón sería detenido por el gobierno militar al llegar, con su compañía tomó la ESMA, matando en el hecho de un tiro por la espalda al cabo Leonardo Contreras. Junto a Urien, tomaron parte de la sublevación el teniente de navío Carlos Lebrón, los guardiamarinas Aníbal Acosta, Ricardo Luis Hirsch, Mario Actis y Mario Galli. Todos ellos fueron apresados y dados de baja. Tras el triunfo de Cámpora en 1973, los traidores fueron amnistiados, liberados y reincorporados al servicio en disponibilidad. Tres semanas después de la muerte del presidente Perón, su sucesora, María Estela Martínez de Perón, dictó un decreto por el cual dispuso la baja obligatoria de los sublevados.



Urien fue nuevamente detenido durante el Proceso Militar. Desde la cárcel lideró la resistencia. Fue liberado el 17 de octubre de 1983. Tras su liberación siguió militando en “Montoneros” con el grado de oficial. Junto con Lebrón fueron los redactores del “Manual Militar de Montoneros”, que sirvió para instruir a los militantes sobre la utilización de armas de fuego, la fabricación de bombas caseras en sus diversas variantes y formas de uso.
Treinta años después, el 17 de noviembre de 2005, el presidente Néstor Kirchner le restituyó el grado y lo ascendió dos grados más, otorgándole la jerarquía de teniente de fragata (RE).
En diciembre de 2005 Néstor Kirchner lo designó Director de los Astilleros Río Santiago. (Antes había sido director del PAMI en San Martín). En 2008 renunció sin haber hecho nada por levantar la destruida industria naval.
Ahora es uno de los cerebros detrás de la sublevación pseudo mapuche en nuestra Patagonia.
Por supuesto Julio César Urien fue indemnizado por el tiempo que pasó en prisión, porque para el Estado Argentino haber sido condenado por terrorista, asesino, traidor a su Fuerza y a la Patria, lo convertía automáticamente en un “joven idealista”, y como tal, víctima de la dictadura. En ese carácter cobró 200.948 dólares en 1994 (expte 329955/92), 5.302 dólares en 1995 (expte 330505/92) y se le reconocieron 144.828 pesos en 2015 (expte 0035893/12), todo bajo el amparo de la ley 24.403 que indemniza a "detenidos-desaparecidos". Por supuesto la familia del cabo Contreras, asesinado por Urien por defender a su unidad, no recibió nada. Eso forma parte del famoso “curro” de los Derechos Humanos. Así seguimos ignorando a las víctimas de la subversión, y así funciona el sistema judicial de nuestro país, sin que a nadie se le mueva un pelo.
Además en 2005, cuando se le devolvió el grado militar y se lo ascendió, se le reconocieron 33 años de sueldos desde su baja por terrorista en 1974. A él y a tres terroristas más.
Siento mucho asco.
Jorge Tisi Baña

lunes, 1 de noviembre de 2021

Terrorismo araucano y terrorismo peronista de los 70s

La violencia mapuche y su peligrosa cercanía con los años 70

Disfrazada de un reclamo social por justicia, los violentos ataques de la RAM en el sur evocan el inicio de la actividad guerrillera de los años 70. No cuentan, como entonces, con el apoyo social que también tuvo la violencia estatal de la dictadura, pero aparecen amparados por el Estado, por funcionarios y por agrupaciones oficialistas. Tal vez sea hora de hablar con seriedad sobre la violencia política en el país
Por Alberto Amato || Infobae

Pancarta reivindicativa mapuche (Europa Press)

En la Argentina, la violencia siempre tuvo un costado bien mirado. Es una gran tragedia nacional. Pero así fue. Y lo es aún.

En los inicios de la década del 70, la más sangrienta de la Argentina contemporánea, la violencia lanzada por los embriones guerrilleros, tuvieron el apoyo de gran parte de la sociedad agobiada por una dictadura opresiva, que había congelado salarios y aumentado los precios, había prohibido los partidos políticos e intervenido a palos las universidades, y hacía gala de un nacionalismo ramplón y arcaico, con aires de Tercer Reich. Al lado de lo que vino, aquella dictadura era una dictablanda. Y al lado de lo que llegó, la guerrilla parecía un remedo de la banda de Robin Hood en los bosques de Sherwood.

Ya entrado los 70, todo se complicó. La violencia se enraizó en la sociedad y creó una costra de resignada tolerancia que aplacó cualquier intento de analizar los riesgos a los que se aventuraba aquel país donde todo podía suceder. Se usaron fundamentos políticos para justificar los asesinatos, el más emblemático, el del general Pedro Eugenio Aramburu, a manos de Montoneros. “Con los huesos de Aramburu / haremos una escalera / para que baje del cielo / nuestra Evita montonera”, se cantó en las calles. No hace tanto y no tan lejos.

Una de las frases de la época juraba: “La primera vez de la violencia es como la primera vez del amor”, y ese delirio no era ni siquiera rebatido, como no era puesta en tela de juicio la capacidad política, ni la cordura, de quienes comandaban aquellos grupos armados.

En ese ambiente de falso romanticismo y de épica artificial, llegaron las elecciones de 1973, cuando la dictablanda nacida en 1966 se había convertido en dictadura encarnada por el general Alejandro Lanusse, que si bien fue un gobierno “al que no eligieron, pero que les permitió elegir”, según dijo en su último mensaje, fue bajo su presidencia cuando ocurrieron las primeras “desapariciones” y los fusilamientos bajo la “ley de fuga”.

Durante el gobierno democrático de Héctor Cámpora, de Juan Perón y de su viuda, María Estela Martínez, la violencia fue cotidiana y el lenguaje político por excelencia. Se mataba para poner fin a internas, o iniciarlas; se anunciaba el destino de ataúd de los condenados en revistas y periódicos de extrema izquierda y extrema derecha; la sangre era un elemento más de la estrategia política.

Si existía alguna esperanza de que con la vigencia del estado de derecho iba a cesar la violencia guerrillera y la estatal, quedó aniquilada por los hechos. En 1973 el ERP afirmó que seguiría su particular guerra contra las fuerzas armadas y Montoneros asesinó José Rucci, líder de la CGT y mano derecha de Perón para tratar la volátil realidad social de la época, porque pretendía “negociar” de igual a igual con el general. Aspiraba a heredar su movimiento. Y José López Rega, el poderoso ministro de Bienestar Social, que había sido secretario privado de Perón, sostenía, financiaba e impulsaba una banda terrorista de extrema derecha, la Triple A.

"Desde octubre de 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, nosotros sabíamos que se gestaba un golpe militar para marzo del año siguiente, No tratamos de impedirlo porque, al fin y al cabo, formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista”, dijo Mario Firmenich

La violencia ya no era materia de debate. Y el debate, de haber sido aceptado, era imposible. En la Argentina, la violencia siempre se discute después. Nunca antes. Ni durante.

La misma condescendencia social tuvo el golpe militar del 24 de marzo de 1976, que había sido previsto, pedido, ansiado y hasta exigido por las principales figuras políticas, como demostraron los documentos desclasificados del Departamento de Estado de Estados Unidos, y como admitieron los propios jefes guerrilleros: “Desde octubre de 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, nosotros sabíamos que se gestaba un golpe militar para marzo del año siguiente, No tratamos de impedirlo porque, al fin y al cabo, formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista”, dijo Mario Firmenich a Gabriel García Márquez en abril de 1977 y en un reportaje, entre las nubes, a bordo de un avión de línea.

En ese mismo reportaje, y mientras en la Argentina se enseñoreaba el terrorismo de Estado, Firmenich pensaba: “Nuestras pérdidas han sido inferiores a lo previsto. En cambio, en el mismo período, la dictadura se ha desinflado, no tiene más vía de salida, mientras que nosotros gozamos de gran prestigio entre las masas y somos en la Argentina la opción política más segura para el futuro inmediato”.

Según la CONADEP, el terrorismo de Estado que fue norma del “Proceso”, ya funcionaba en los tiempos de Isabel Perón. Cerca de novecientas personas desaparecieron y unas mil quinientas fueron asesinadas en aquellos días sobre los que ni se habla, ni se investiga. Hay una violencia oculta, supeditada a intereses políticos, que ni siquiera se menciona. Hace ya unos años, un general que ya murió, dijo indignado a un periodista: “Vea, yo operé en los tiempos de Isabel. ¿Sabe qué quiere decir ‘operar’? Bueno, yo operé en Córdoba, en un campito que después quedó tapado por la fama de La Perla. Y no fui investigado. Dígame por qué mi amigo, el general (y mencionó a un militar en ese momento detenido y acusado de crímenes de lesa humanidad) tiene que estar preso y yo libre. ¿Porque él operó con Videla y yo con Isabel?”.

Isabel Perón y José López Rega: según la CONADEP, el terrorismo de Estado que fue norma del “Proceso”, ya funcionaba en los tiempos de Isabelita. Cerca de 900 personas desaparecieron y unas 1500 fueron asesinadas en aquellos días sobre los que ni se habla, ni se investiga

La violencia también pervive bajo una lógica extraña en la Argentina.

Los crímenes del terrorismo de Estado tuvieron en su época una justificación social extendida en la sociedad. En 1985 el juicio a las juntas militares reveló gran parte de aquel horror que se extendió a todo el país, hasta sus más lejanos rincones, y cayó ya no sólo sobre los sospechados de integrar un grupo guerrillero, sino sobre sus familias, sus amigos y sus conocidos, y luego sobre obreros, delegados gremiales, docentes, estudiantes, militares, sacerdotes, intelectuales, artistas, periodistas, diplomáticos, amas de casa, abogados, médicos, campesinos como parte de “un plan criminal urdido en las sombras por las más altas autoridades de la Nación”, según afirma la sentencia.

Aun así y aun hoy, aquella violencia tiene sus defensores y sus justificaciones, como la tiene la violencia guerrillera de aquellos años. Nadie se arrepiente porque siente que el costo de esa sinceridad equivale al suicidio político. Hace unos días, Arnaldo Otegui, que de joven fue miembro de la guerrilla vasca ETA y hoy dirige la izquierda independentista vasca, habló de forma indirecta a quienes padecieron los crímenes cometidos por esa organización: “Sentimos su dolor, y desde ese sentimiento sincero afirmamos que el mismo nunca debió haberse producido”. Tarde y mal, es cierto, pero es algo.

Por la razón que fuere, una admisión de ese calibre es impensable en la Argentina, no importa quién tuviese la valentía y el sentido común de hacerla. Al contrario, la violencia desatada en la Patagonia por la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), que tiene una supuesta reivindicación de justicia atávica y religiosa, parece retrotraer la vida política argentina a las tempranas y demenciales prácticas de los años setenta.

Ni el grupo ni sus acciones gozan de justificación o siquiera de la comprensión social. Sus métodos provocan rechazo y los fines que dicen perseguir suenan extravagantes y curiosos. Sin embargo, detrás de esos violentos reclamos está la mano de antiguos dirigentes montoneros, de nuevos seguidores doctrinarios y de miembros de la agrupación La Cámpora, que lidera el diputado Máximo Kirchner. El Estado, según denuncian las autoridades provinciales, es cómplice de esas exigencias que incluyen la toma de tierras, la ocupación de fincas y ataques incendiarios a estancias y a instalaciones públicas y privadas.

Facundo Jones Huala, líder y creador de la RAM, no reconoce al Estado argentino y es autor de una frase, “menos llanto y más combate”, que rememora otra similar enarbolada por Montoneros en los violentos años 70: “Ni votos, ni botas: fusiles y pelotas”

El embajador argentino en Chile, Rafael Bielsa, que sufrió la violencia del “proceso” por su pertenencia a Montoneros, estuvo en una audiencia en la que la justicia chilena discutió el pedido de libertad condicional del líder y creador de la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), Facundo Jones Huala, que no reconoce al Estado argentino y es autor de una frase, “menos llanto y más combate”, que rememora otra similar enarbolada por Montoneros en los violentos años setenta: “Ni votos, ni botas: fusiles y pelotas”.

En los albores de la democracia recuperada, había quedado claro que la violencia y la muerte no pueden ser una forma de la actividad política. Eso implicaba, también la frase “Nunca más”, que hoy parece en riesgoso desuso.

Tal vez sea el momento de debatir el uso de la violencia con fines políticos, ahora que todavía es antes. Después, es siempre tarde. Salvo que se haga verdad esa parábola cargada de amarga ironía y de hondo dramatismo que asegura que no es el país el que tropieza siempre con la misma piedra: el país es la piedra.

 


jueves, 14 de octubre de 2021

Chile: Estado de emergencia por culpa de los malditos araucanos

Chile decretará el estado de emergencia en el Sur del país y enviará militares para controlar la violencia

El estado de excepción se aplicará por 15 días. Llega después de tomas de tierras, actos vandálicos e incendiarios por parte de grupos con reivindicaciones mapuches
Por Cristián Torres || Infobae
desde Santiago, Chile




Un auto incendiado luego de enfrentamientos entre la policía y un grupo mapuche (@aprachile)

El gobierno chileno firmará este martes el decreto que establece un Estado de Excepción Constitucional en la denominada Macrozona Sur, tras la serie de hechos de violencia registrados en la zona durante las últimas semanas. La acción se extendería por 15 días en una primera etapa y afectará a las provincias de Malleco y Cautín en la Región de la Araucanía y en la provincia de Arauco en la región de Bío Bío en el sur de Chile.

Hechos como el ataque incendiario a las Termas de Pemehue en Collipulli el pasado 8 de octubre, la quema de camiones y maquinaria al interior de la Forestal Mininco en Loncoche un día después y la quema de 18 camiones al interior de una empresa en Temuco fueron parte de los argumentos tomados por las autoridades para decretar la medida. A estas acciones se suman las tomas de terrenos registradas en los últimos meses, ente ellas la violenta toma de un fundo en la ruta R-444 en la Provincia de Malleco, que finalizó con camiones incendiados y fuego cruzado entre Carabineros y desconocidos.

En la mayoría de estos hechos han actuado encapuchados con elementos incendiarios y armas, dejando además panfletos alusivos a la causa mapuche y sus demandas territoriales por parte de la organización Weichan Auka Mapu.

Uno de los que celebró la medida, es el senador Francisco Chahuán de Renovación Nacional (RN) quien durante las últimas horas fue quien confirmó la noticia, indicando que “el gobierno entendió que había que terminar con la impunidad de la violencia rural generada en la Macrozona sur. Es por eso que se necesita restablecer el orden, se necesita restablecer la paz social. Las comunidades mapuche estaban cansadas de verse amenazadas por el narcoterrorismo que se esconde detrás de las causas de los pueblos originarios”.

Chahuán agregó que “se lo veníamos pidiendo hace semanas, meses y finalmente el Gobierno entendió que tenía que terminar con la impunidad de la violencia rural generada”. El presidente de RN anunció además que presentarán una querella contra la Coordinadora Arauco Malleco (CAM) para que se persigan “todas y cada una de las responsabilidades”.

El decreto de Estado de Estado de Excepción Constitucional es una facultad otorgada al Presidente de la República en caso de grave alteración del orden público o por daño o peligro para la seguridad de la nación y por ley tiene una duración de 15 días corridos que pueden ser prorrogados por otros 15 días. Más allá de ese plazo, se debe contar con la autorización del Congreso para una nueva prorrogación.

El Estado de Excepción implica –entre otras medidas- que las zonas declaradas quedan bajo la dependencia de la Defensa Nacional y el Presidente puede además restringir las libertades de locomoción y de reunión mediante toques de queda. En tanto el Jefe de Zona tendrá facultades como: dictar normas para evitar la divulgación de antecedentes de carácter militar; autorizar reuniones en lugares de uso público y velar por que tales reuniones no alteren el orden; controlar la entrada y salida de la zona declarada en Estado de Emergencia y el tránsito en ella; dictar medidas para la protección de obras de arte y servicios de utilidad pública, centros mineros, industriales y otros e impartir todas las instrucciones para el mantenimiento del orden interno dentro de la zona.

El tema de la violencia que se registra en el sur de Chile fue una de las materias centrales en el debate presidencial que se realizó la noche del lunes. José Antonio Kast (Partido Republicano) planteó la necesidad de aplicar la Ley Antiterrorista para combatir a los grupos armados que operan en la zona, mientras que Sebastián Sichel (UDI y RN) afirmó que la zona ya está militarizada y que es deber del Estado Garantizar la seguridad en el sur del país.

Por su parte Gabriel Boric (Frente Amplio y Partido Comunista) afirmó que no hay que seguir “incentivando la violencia” pues la situación puede abordarse “con diálogo, con conversación, reconstruyendo las confianzas tal como están haciendo hoy organismos internacionales en conjunto con las iglesias y las universidades. Si seguimos haciendo más de lo mismo, vamos a obtener más de lo mismo”. El candidato también se refirió al video en el que se ve a un grupo armado que estaría vinculado a la Alianza Territorial Mapuche, que se tomó la Reserva Nacional de Malleco. Al respecto dijo que “todo delito debe ser perseguido con toda rigurosidad. Si hay uso de armas ilegales, por supuesto que tiene que ser perseguido. No tengo ninguna duda al respecto. Hechos de violencia y crímenes de sangre tienen que ser perseguidos”, sentenció, agregando que “el punto y lo que defiendo es que es el diálogo el camino para avanzar hacia una solución al conflicto entre el Estado chileno y el pueblo mapuche”.


Violencia en la Araucanía

En tanto el candidato de la Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional, Sebastián Sichel, planteó un punto de vista contrario afirmando que “decir que se va a militarizar la Araucanía es vivir en una montaña de privilegios, estar en el Congreso y no entender lo que viven las personas allá, que no duermen tranquilas, que ven armamento de guerra todos los días”, afirmando que “la zona ya está militarizada, el problema es por qué como Estado no hemos hecho nada. En democracia es deber del Estado garantizar la seguridad”, sentenció.

Por su parte, el gobernador de la zona Araucanía, abordó el eventual decreto de Estado de Excepción Constitucional en la macrozona sur, a raíz de los hechos de violencia que se han registrado. “Yo espero que este Estado de Excepción sea utilizado como un apoyo, principalmente a la labor de las policías y ahí, lamentablemente era una opción lo que en Contraloría no prosperó, que eran estos patrullajes mixtos eran una buena opción”, dijo Rivas.

domingo, 1 de agosto de 2021

11 de septiembre: ¿La CIA impidió que un agente del FBI detuviera el atentado a las Torres Gemelas?

El agente

¿El C.I.A. detuvo a un detective del F.B.I. que iba a prevenir el 11 de septiembre?


Por Lawrence Wright || The New Yorker


Ali Soufan, como investigador principal del F.B.I.en el U.S.S. Cole bombardeo, sospecha de un complot más grande de Al Qaeda. Ilustración de Steve Brodner

El 12 de octubre de 2000, en el puerto de aguas profundas de Adén, Yemen, el U.S.S. Cole, un destructor de misiles guiados que pesaba ochenta y trescientas toneladas, estaba atracado en una boya de repostaje. El Cole, cuya construcción costó mil millones de dólares, era uno de los barcos más "sobrevivientes" de la Marina de los EE. UU., Con setenta toneladas de blindaje, un casco que podía soportar una explosión de cincuenta y un mil libras por pulgada cuadrada y sigilo. tecnología diseñada para hacer que el barco sea menos visible para el radar. Mientras el Cole llenaba su tanque, se acercó un barco pesquero de fibra de vidrio que contenía explosivos plásticos. Dos hombres detuvieron el esquife en medio del barco, sonrieron y saludaron, luego se pusieron firmes. El simbolismo de este momento era exactamente lo que Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda, había esperado cuando aprobó un plan para atacar un buque naval estadounidense. "El destructor representó a Occidente", dijo Bin Laden más tarde. "El bote pequeño representaba a Mahoma".

La onda expansiva de la explosión rompió las ventanas en tierra. A dos millas de distancia, la gente pensó que había habido un terremoto. La bola de fuego que se elevó desde la línea de flotación se tragó a un marinero que se había inclinado sobre la barandilla para ver qué estaban haciendo los hombres del esquife. La explosión abrió un agujero, de doce metros por cuarenta pies, en el costado de babor del barco, destrozando a los marineros que estaban debajo de la cubierta que esperaban el almuerzo. Diecisiete de ellos murieron y treinta y nueve resultaron heridos. Varios marineros nadaron por el agujero de explosión para escapar de las llamas. El gran buque de guerra parecía un animal destripado.

Fue el segundo ataque exitoso de Al Qaeda contra objetivos estadounidenses. En agosto de 1998, operativos bombardearon simultáneamente las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania, matando a doscientas veinticuatro personas. Sin embargo, una parte importante del complot de Cole había fracasado: se suponía que Fahd al-Quso, un miembro del equipo de apoyo de Al Qaeda en Adén, filmaría en video la explosión con fines de propaganda, pero durmió durante una alarma matutina y no instaló su cámara. a tiempo. Quso estaba en un taxi en el momento de la explosión e inmediatamente se ocultó.

Poco después del ataque, Ali Soufan, un libanés-estadounidense de veintinueve años, cruzaba el puente de Brooklyn cuando recibió un mensaje de la oficina del FBI en Nueva York, donde trabajaba como agente especial. Le dijeron que se presentara a trabajar de inmediato. En ese momento, Soufan era el único F.B.I. agente de la ciudad que hablaba árabe y uno de los ocho del país. Se había incorporado a la oficina de Nueva York en el otoño de 1997, y John O'Neill, el jefe de la División de Seguridad Nacional del F.B.I., que se dedica a combatir el terrorismo, descubrió rápidamente su talento. En febrero siguiente, cuando bin Laden emitió una fatwa declarando la guerra a Estados Unidos, Soufan escribió un informe mordaz sobre el fundamentalismo islámico que O'Neill distribuyó a sus supervisores. Después de los atentados con bombas en la embajada de 1998, Soufan ayudó a reunir las pruebas iniciales que los vinculaban con bin Laden. Las habilidades lingüísticas de Soufan, su implacabilidad y sus raíces en el Medio Oriente lo hicieron invaluable para ayudar al F.B.I. Entienda a Al Qaeda, una organización de la que pocos estadounidenses estaban al tanto antes de los atentados de la embajada. O'Neill, que se había unido al F.B.I. veinticinco años antes, se refirió al joven agente como un "tesoro nacional". A pesar de la juventud de Soufan y su mandato relativamente corto, O'Neill lo puso a cargo de la investigación de Cole. Resultó que Soufan se convirtió en la mejor oportunidad de Estados Unidos para detener los ataques del 11 de septiembre.

Soufan habla rápido y todavía hay un toque de Líbano en su voz. Tiene un rostro abierto y una sonrisa cautivadora, aunque hay círculos debajo de los ojos debido a demasiadas noches largas. Soufan es musulmán, pero no sigue ninguna escuela islámica en particular; en cambio, se siente atraído por el pensamiento místico, especialmente el de Kahlil Gibran, el poeta libanés-estadounidense. Me dijo que tiene interés en la Cabalá, porque "apareció en un momento en que el entorno político para los judíos era tan severo que utilizaron esta filosofía para escapar de su angustia". Cuando quiere relajarse, ve reposiciones de "Seinfeld" (ha visto todos los episodios tres o cuatro veces) o dibujos animados de Bugs Bunny. Uno de sus escritores favoritos es Karen Armstrong, cuyas biografías de Mahoma y Buda entrelazan la historia y la religión de una manera que tiene sentido para él.

Soufan creció en el Líbano durante la calamitosa guerra civil, cuando las ciudades fueron destruidas y los terroristas fueron empoderados por la anarquía y el caos. Su padre era periodista en Beirut, y cuando era niño, Soufan ayudaba en la revista de negocios que producía su padre, a menudo llevando galeras a la imprenta. En 1987, cuando Soufan tenía dieciséis años, la familia se mudó a los Estados Unidos. La impresión inicial más vívida de Soufan sobre su país de adopción fue que era seguro. “Además, me permitió soñar”, dijo.

Soufan vivía en Pensilvania y nunca sufrió de prejuicios dice porque era un árabe musulmán. En la escuela secundaria, ganó muchos premios académicos. Asistió a la Universidad de Mansfield, en el centro de Pensilvania, donde fue elegido presidente del gobierno estudiantil. En 1997, recibió una maestría en relaciones internacionales de la Universidad de Villanova, en las afueras de Filadelfia. Inicialmente planeó continuar sus estudios en un doctorado. programa. Pero había desarrollado una fascinación por la Constitución de los Estados Unidos, en particular, con sus garantías de libertad de expresión, religión y reunión, y el derecho a un juicio rápido. "Las personas que nacen en este sistema pueden darlo por sentado", dijo. "No sabes lo importantes que son estos derechos si no has vivido en un país donde te pueden arrestar o matar y ni siquiera saber por qué". Como muchos ciudadanos naturalizados, Soufan se sentía en deuda por la nueva vida que le habían dado. Aunque estaba preparado para una carrera académica, decidió, “casi como una broma”, dice, enviar su currículum al F.B.I. Pensó que era casi inconcebible que la oficina contratara a alguien con sus antecedentes. Sin embargo, en julio de 1997, llegó una carta indicándole que se presentara ante el F.B.I. Academy, en Quantico, Virginia, en dos semanas.

Al graduarse, Soufan fue a la oficina de Nueva York. Pronto fue asignado al escuadrón I-40, que se concentraba principalmente en el grupo paramilitar islamista Hamas, pero, en 1998, el día después de los atentados con bombas en la embajada de África Oriental, O'Neill lo reclutó en la I-49, que se había convertido en el unidad líder en la investigación del FBI sobre Al Qaeda.

O'Neill fue uno de los pocos altos directivos del F.B.I. quien reconoció temprano el peligro que representaba Al Qaeda para Estados Unidos. Su intensidad era inquebrantable y sus modales eran a menudo ásperos; podía ser brutal no solo con sus subordinados, sino también con sus superiores que, en su opinión, no estaban completamente comprometidos con una investigación. Soufan demostró ser un aliado incansable, dispuesto a trabajar noches y días festivos. "O'Neill lo adoraba y Ali sentía lo mismo", observó Carlos Fernández, un agente que conocía bien a ambos hombres. “Eran iguales, en muchos sentidos. Si le dices algo a Ali, él lo recordará, palabra por palabra, dentro de diez años. John también era excelente para recordar nombres y conectar los puntos. Podrían continuar durante horas, armando las cosas ". El hecho de que un novato como Soufan tuviera acceso directo a O'Neill despertó cierto resentimiento entre los otros agentes, pero la oficina no tenía a nadie más con sus habilidades y dedicación. "John y yo hablábamos a menudo sobre la necesidad de clonar a Ali", dijo Kenneth Maxwell, un F.B.I. oficial que entonces era superior de Soufan, me dijo.

La tarde del atentado de Cole, Soufan y unas pocas docenas de otros agentes volaron a Yemen para comenzar a buscar pruebas que pudieran usarse contra Al Qaeda en los tribunales. (Un contingente más grande, que incluía a O'Neill, fue retenido en Alemania durante una semana, esperando permiso para ingresar al país). Yemen era un lugar particularmente difícil para iniciar una investigación terrorista, ya que estaba lleno de células activas de Al Qaeda. y con simpatizantes de muy altos niveles de gobierno. En televisión, los políticos yemeníes pidieron la yihad contra Estados Unidos. Cuando los agentes aterrizaron en Adén, al día siguiente del ataque, Soufan miró a un destacamento de las Fuerzas Especiales de Yemen, que vestían uniformes amarillos con cascos rusos viejos; cada soldado apuntaba con un AK-47 al avión estadounidense. Un nervioso equipo de rescate de rehenes de doce hombres, que había sido enviado para proteger al F.B.I. agentes, respondieron blandiendo sus M4 y pistolas. Soufan se dio cuenta de que todo el mundo podía morir en la pista si no hacía algo rápidamente. Abrió la puerta del avión. Un soldado yemení sostenía un walkie-talkie. Soufan caminó directamente hacia él, llevando una botella de agua mientras las armas lo seguían. Hacía ciento diez grados afuera.

De la madre de un hijo encarcelado

“Pareces tener sed”, dijo Soufan, en árabe, al oficial con el walkie-talkie. Le entregó la botella.

"¿Es agua estadounidense?" preguntó el oficial.

Soufan le aseguró que sí, y agregó que también tenía agua estadounidense para los otros soldados. Los yemeníes consideraban el agua un bien tan preciado que algunos no la bebían. Con este simple acto de amistad, los soldados bajaron las armas.

Soufan dividió a los agentes sobre el terreno en cuatro equipos. Los tres primeros fueron responsables de las áreas de análisis forense, inteligencia y seguridad; el último se dedicó al intercambio de información con las autoridades yemeníes. El simple hecho de obtener el permiso del gobierno yemení para ir a la escena del crimen —el buque de guerra herido en el puerto de Adén— requirió largas negociaciones con funcionarios hostiles. La seguridad era una gran preocupación, considerando que las armas automáticas eran omnipresentes en el país, especialmente en las áreas rurales, pero Barbara Bodine, la embajadora estadounidense, se negó a permitir que los agentes llevaran armas pesadas. Le preocupaba ofender a las autoridades yemeníes.

Cuando Soufan y los investigadores visitaron el barco, trozos de carne estaban esparcidos debajo de la cubierta, en medio de la maraña de masa de alambre y metal. F.B.I. Los buzos, con la esperanza de hacer identificaciones de ADN de las víctimas y los bombarderos, capturaron partes del cuerpo flotando en las aguas alrededor del barco. Al mirar a través del enorme agujero de explosión, Soufan pudo ver la antigua y montañosa ciudad de Aden, elevándose sobre el puerto curvo como un anfiteatro clásico. Supuso que, en algún lugar de la ciudad, se había instalado una cámara para registrar la explosión, ya que los terroristas documentaban regularmente su trabajo. Aunque es probable que los bombarderos estuvieran muertos, un camarógrafo aún podría estar prófugo.

Cuando finalmente O'Neill llegó a Adén con los otros agentes, al bajar del avión, se quedó perplejo al ver a los soldados yemeníes saludando. "Les dije que eras un general", le explicó Soufan.

Yemen es una sociedad consciente del estatus y, debido a que Soufan había ascendido a O'Neill a "general", su homólogo era el general Ghalib Qamish, jefe de inteligencia yemení. Todas las noches, cuando las autoridades yemeníes hacían negocios, Soufan y O'Neill pasaban horas presionando para acceder a testigos, pruebas y escenas del crimen. Inicialmente, los yemeníes les dijeron que, dado que los dos atacantes estaban muertos, no había nada que investigar. Pero, ¿quién les dio dinero? Preguntó Soufan. ¿Quién proporcionó los explosivos? ¿El barco? Insistió suavemente a los yemeníes para que lo ayudaran.

Unos días después del atentado, los yemeníes llevaron a dos conocidos asociados de bin Laden para interrogarlos. Uno se llamaba Jamal Badawi; el otro era Fahd al-Quso, el hombre que no había podido grabar el ataque de Cole. Ambos hombres eran ciudadanos yemeníes. Quso, que dirigía una casa de huéspedes en Adén para yihadistas, se entregó después de que los miembros de su familia fueran interrogados. No admitió su papel en el complot de Cole, pero él y Badawi confesaron que habían viajado recientemente a Afganistán y se habían reunido allí con un jihadista con una sola pierna llamado Khallad. Badawi dijo que había comprado un barco para Khallad, quien, explicó, quería entrar en el negocio de la pesca. Los yemeníes finalmente determinaron que este era el barco utilizado en el atentado de Cole.

Cuando Soufan escuchó que Quso había mencionado el nombre de Khallad, se sorprendió: lo había escuchado de una fuente que había reclutado unos años antes, en Afganistán. La fuente le había dicho que había conocido a un combatiente en Kandahar con una pierna de metal que era uno de los principales lugartenientes de bin Laden. Cuando Soufan pidió hablar con Quso y Badawi, los yemeníes le dijeron que los hombres habían jurado por un Corán que eran inocentes de cualquier crimen. Para ellos, eso resolvió el asunto.

Soufan y O'Neill sabían que el general Qamish representaba su mejor esperanza de obtener alguna cooperación. Era un hombre pequeño y demacrado cuyo rostro le recordaba a Soufan el de Gandhi. A pesar de las tensiones entre las dos partes, Qamish había comenzado a llamar a sus colegas estadounidenses hermano John y hermano Ali. Una noche, O'Neill y Soufan pasaron muchas horas pidiendo a Qamish fotografías de pasaporte de presuntos conspiradores, especialmente la de Khallad. Dijo repetidamente que el F.B.I. no era necesario en el caso, pero O'Neill y Soufan señalaron que cuanto antes pudieran interrogar a los sospechosos vinculados al atentado de Cole, antes podrían obtener información de inteligencia que podría destruir a Al Qaeda. La noche siguiente, Qamish anunció: "Tengo sus fotos para usted". Soufan envió inmediatamente la foto de Khallad a la C.I.A. También lo envió por fax a un F.B.I. agente en Islamabad, Pakistán; el agente se lo mostró a la fuente de Soufan en Afganistán, quien identificó al hombre como Khallad, el teniente de Al Qaeda. Esto sugirió fuertemente que Al Qaeda estaba detrás del ataque de Cole.

Otra ruptura llegó esa misma noche, cuando un niño de doce años llamado Hani acudió a la policía local. Dijo que estaba pescando en un muelle cuando los bombarderos colocaron su esquife en el agua. Uno de los hombres le había pagado al niño cien riales yemeníes —unos sesenta centavos— para que vigilara su camión Nissan y el remolque de su barco, pero nunca regresó. Cuando la policía escuchó la historia de Hani, lo encerraron en la cárcel y también arrestaron a su padre.

Después de repetidas solicitudes, los estadounidenses obtuvieron permiso para entrevistar al niño y examinar el lugar de lanzamiento. Hani estaba asustado, pero proporcionó una descripción de los bombarderos: uno era pesado y el otro era "guapo". Un investigador naval de habla árabe llamado Robert McFadden le ofreció al niño algunos dulces. Luego dijo que los atacantes lo habían invitado a él y su familia a dar un paseo en el bote, que era blanco, con alfombras rojas en el piso. Cuando Soufan escuchó esto, dedujo que los bombarderos habían estado tratando de determinar cuánto peso podía llevar el esquife.

El camión y el remolque abandonados todavía estaban en el lugar de lanzamiento. Fue un gran error por parte de Al Qaeda no haberlos recuperado. Al verificar los registros de registro, los investigadores conectaron el camión y el remolque a una casa en un vecindario de Aden llamado Burayqah. Cuando Soufan fue a la casa, que estaba rodeada por un muro y una puerta, tuvo una sensación inquietante: esta residencia tenía un parecido sorprendente con la casa en Nairobi donde había sido hecha la bomba para el ataque ocurrido en la embajada de 1998. En el interior, en el dormitorio principal, había una alfombra de oración orientada al norte, hacia La Meca. El lavabo del baño estaba lleno de vello corporal; los atacantes se habían afeitado y realizado abluciones rituales antes de ir a la muerte. Los hombres de Soufan recolectaron una maquinilla de afeitar y muestras de cabello, que podrían proporcionar el F.B.I. con la evidencia de ADN necesaria para establecer la identidad de los asesinos. (Hasta ahora, los investigadores en el sitio de Cole habían encontrado solo un par de fragmentos de huesos que no pertenecían a marineros estadounidenses).

Los investigadores descubrieron que los terroristas habían alquilado otra casa en Adén; estaba registrado a nombre de "Abda Hussein Muhammad". El nombre le resultaba vagamente familiar a Soufan. En un momento durante la investigación de Nairobi, un testigo había mencionado a un agente de Al Qaeda llamado Nasheri que había propuesto atacar un barco estadounidense en Adén. Soufan investigó un poco y descubrió que el nombre completo de Nasheri era Abdul Rahim Muhammad Hussein Abda al-Nasheri. Los segundos nombres eran los mismos, solo invertidos. La corazonada de Soufan dio sus frutos cuando los agentes estadounidenses descubrieron un automóvil en Aden que estaba registrado a nombre de Nasheri. Fue otro vínculo fuerte entre Al Qaeda y el ataque de Cole.

Un par de semanas después del atentado, las autoridades yemeníes arrestaron a Badawi y Quso, los dos agentes de Al Qaeda, aparentemente como medida de precaución. Soufan siguió presionando al general Qamish para que le permitiera interrogar a los hombres directamente y, finalmente, después de varias semanas, Qamish cedió.

Soufan pasó horas preparándose para los encuentros, con el objetivo de encontrar algo en común con sus súbditos. A menudo, el vínculo se centró en la religión. “Ali era muy espiritual”, recuerda Carlos Fernández. “En Yemen, estaba leyendo el Corán por la noche. Hablaba con estos chicos sobre sus creencias. A veces, los convenceba de que su comprensión del Islam estaba mal ".

En el interrogatorio de Badawi, Soufan se enteró de que el esquife había sido comprado en Arabia Saudita. Soufan interrogó a Quso durante varios días. Quso era pequeño, enjuto e insolente, con una barba rala de la que seguía tirando. Antes de que Soufan pudiera siquiera comenzar, un funcionario de inteligencia local entró en la habitación y besó a Quso en ambas mejillas, una señal impactante de que los servicios de seguridad simpatizaban con los yihadistas. McFadden, quien participó en los interrogatorios, recordó que Soufan no fue intimidado. Dijo: "Ali era un entrevistador natural y fue capaz de sacar a Quso de su círculo de comodidad". Finalmente, Quso comenzó a abrirse. Había estado en Afganistán y se jactaba de haber luchado junto a Bin Laden. Dijo que bin Laden lo había inspirado con sus discursos sobre la expulsión de los infieles de la península arábiga, en particular, las tropas estadounidenses estacionadas en Arabia Saudita.

Soufan preguntó si Quso alguna vez planeó casarse. Apareció una sonrisa tímida y avergonzada. "Bueno, entonces, sírvase usted mismo", lo instó Soufan. "Dime algo."

Finalmente, Quso admitió que se suponía que debía filmar el bombardeo, pero se había quedado dormido. (Los yemeníes más tarde encontraron una cámara de video en la casa de su hermana). También dijo que varios meses antes del ataque de Cole, él y uno de los bombarderos habían entregado treinta y seis mil dólares a Khallad, el teniente de Al Qaeda con una sola pierna, en Bangkok. . El dinero, agregó Quso, estaba destinado únicamente a comprarle a Khallad una nueva prótesis.

Soufan sospechaba de esta explicación. ¿Por qué Al Qaeda envió dinero fuera de Yemen justo antes de que ocurriera el atentado de Cole? El dinero siempre fluía hacia una operación, no lejos de ella. Se preguntó si Al Qaeda tenía un complot más grande en marcha.

El C.I.A. tenía funcionarios en Yemen para recopilar inteligencia sobre Al Qaeda, y Soufan les preguntó si sabían algo sobre una nueva operación, tal vez en el sudeste asiático. Profesaban estar tan perplejos como él. En noviembre de 2000, un mes después del atentado contra Cole, Soufan envió a la agencia la primera de varias consultas oficiales. En nombre de Soufan, el director del F.B.I. envió una carta al director de la C.I.A., solicitando formalmente información sobre Khallad y si podría haber habido una reunión de Al Qaeda en algún lugar del sudeste asiático antes del atentado. La agencia dijo que no tenía nada. Soufan confió en esta respuesta; pensó que tenía una buena relación de trabajo con la agencia.

Quso le había dicho a Soufan que cuando él y el terrorista Cole fueron a Bangkok para encontrarse con Khallad, se habían alojado en el hotel Washington. F.B.I. Los agentes revisaron los registros telefónicos para verificar su historia. Encontraron llamadas entre el hotel y la casa de Quso, en Yemen. También notaron que había llamadas a ambos lugares desde un teléfono público en Kuala Lumpur, Malasia. En abril de 2001, Soufan envió otro teletipo oficial a la C.I.A., junto con la foto de pasaporte de Khallad. Preguntó si los números de teléfono tenían algún significado y si existía alguna conexión entre los números y Khallad. El C.I.A. dijo que no podía ayudarlo.

De hecho, la C.I.A. sabía mucho sobre Khallad y sus vínculos con Al Qaeda. El F.B.I. y el C.I.A. tener una larga pelea dominados por el terreno burocrático, y sus mandatos los ponen en desacuerdo. El objetivo final de la oficina en la recopilación de inteligencia es obtener condenas por delitos; para la agencia, la inteligencia misma es el objeto. Si la agencia hubiera respondido con franqueza a las solicitudes de Soufan, habría revelado su conocimiento de una célula de Al Qaeda que ya se estaba formando dentro de Estados Unidos. Pero la agencia se guardó esta información para sí misma.

“Vengo de una generación de F.B.I. agentes que siempre han trabajado en estrecha colaboración con la C.I.A. ”, me dijo Soufan. En el momento en que se incorporó a la oficina, las fuerzas del orden se habían internacionalizado. En la década de los noventa, su mentor, O'Neill, había establecido estrechas relaciones con los servicios policiales extranjeros, un enfoque que a veces invadía el territorio de la C.I.A. En 1999, O'Neill envió a Soufan y a su supervisor, Pasquale D’Amuro, a Jordania, donde las autoridades habían descubierto que yihadistas vinculados a Al Qaeda estaban conspirando para bombardear sitios turísticos y hoteles. La información que los jordanos compartieron con Soufan le hizo darse cuenta de que la inteligencia que la C.I.A. estaba informando era profundamente defectuoso. Su análisis obligó a la C.I.A. local representantes para retirar doce cables que habían enviado a la sede de la agencia. En el piso de la comisaría de la C.I.A.en Ammán, Soufan descubrió una caja de pruebas que la inteligencia jordana había entregado a la agencia. Tal evidencia es lo que el F.B.I. necesidades para organizar los enjuiciamientos, y nadie había examinado el contenido de la caja o entregado a la oficina. En la caja, Soufan encontró un mapa de los lugares propuestos para la bomba, que resultó crucial en el enjuiciamiento de veintiocho conspiradores en Jordania, veintidós de los cuales fueron condenados. El éxito de Soufan avergonzó a la C.I.A., profundizando la brecha entre las dos instituciones. “El C.I.A. la gente no podía soportar el hecho de que la opinión y el análisis de Ali fueran correctos ", un F.B.I. me dijo un oficial de contraterrorismo que trabajó con Soufan. “Era un hablante de árabe y un F.B.I. agente en el suelo que corría en círculos a su alrededor ".

Sin embargo, la C.I.A. reconoció las habilidades de Soufan y trató repetidamente de reclutarlo. "Ven al Lado Oscuro", le dijo una vez un agente de la agencia. "Sabes que estás interesado". Soufan dijo que solo se rió.

De hecho, parte de la mejor información de la C.I.A. sobre Al Qaeda provino del F.B.I. En 1998, F.B.I. los investigadores encontraron una pista esencial: un número de teléfono en Yemen que funcionaba como una centralita virtual para la red terrorista. Los bombarderos en África Oriental llamaron a ese número antes y después de los ataques; también lo hizo Osama bin Laden. El número pertenecía a un yihadista llamado Ahmed al-Hada. Al revisar los registros de todas las llamadas realizadas desde y hacia ese número, F.B.I. los investigadores construyeron un mapa de la organización global de Al Qaeda. La línea telefónica fue monitoreada tan pronto como fue descubierta. Pero la C.I.A., como la organización principal para la recopilación de inteligencia extranjera, tenía jurisdicción sobre las conversaciones en el teléfono Hada y no proporcionó el F.B.I. con la información que estaba obteniendo sobre los planes de Al Qaeda.

Una conversación por teléfono de Hada a finales de 1999 mencionó una próxima reunión de agentes de Al Qaeda en Malasia. El C.I.A. aprendí el nombre de un participante, Khaled al-Mihdhar, y el nombre de otro: Nawaf. Ambos hombres eran ciudadanos saudíes. El C.I.A. no pasó esta información al F.B.I.

Sin embargo, la C.I.A. compartió la información con las autoridades saudíes, quienes le dijeron a la agencia que Mihdhar y un hombre llamado Nawaf al-Hazmi eran miembros de Al Qaeda. Con base en esta inteligencia, la C.I.A. irrumpió en una habitación de hotel en Dubai donde se alojaba Mihdhar, de camino a Malasia. Los agentes fotocopiaron el pasaporte de Mihdhar y lo enviaron por fax a la estación Alec, la C.I.A. unidad dedicada al seguimiento de bin Laden. Dentro del pasaporte estaba la información crítica de que Mihdhar tenía una visa estadounidense. La agencia no alertó al F.B.I. o el Departamento de Estado para que el nombre de Mihdhar pudiera incluirse en una lista de vigilancia terrorista, lo que le habría impedido ingresar a los EE. UU.

El C.I.A. pidió a las autoridades malasias que vigilaran la reunión en Kuala Lumpur, que tuvo lugar el 5 de enero de 2000, en un condominio con vista a un campo de golf diseñado por Jack Nicklaus. El condominio era propiedad de un empresario malayo que tenía vínculos con Al Qaeda. El teléfono público sobre el que Soufan había preguntado a la agencia estaba directamente en frente del condominio. Khallad lo usó para realizar llamadas a Quso en Yemen. Aunque la C.I.A. Más tarde negó que supiera algo sobre el teléfono, el número se registró en el registro de vigilancia de los malasios, que fue entregado a la agencia.

En el momento de la reunión de Kuala Lumpur, Special Branch, el servicio secreto de Malasia, fotografió a una docena de asociados de Al Qaeda fuera del condominio y visitando cibercafés cercanos. Estas fotografías fueron entregadas a la C.I.A. La reunión no fue escuchada; Si lo hubiera sido, la agencia podría haber descubierto los complots que culminaron con el bombardeo del Cole y los atentados del 11 de septiembre de 2001. El 8 de enero, la Brigada Especial notificó a la C.I.A. que tres de los hombres que habían estado en la reunión, Mihdhar, Hazmi y Khallad, viajaban juntos a Bangkok. Allí, Khallad se reunió con Quso y uno de los terroristas suicidas del Cole. Quso le dio a Khallad los treinta y seis mil dólares, que probablemente se usaron para comprar boletos a Los Ángeles para Mihdhar y Hazmi y proporcionarles los gastos de subsistencia en los Estados Unidos.Ambos hombres terminaron en aviones involucrados en los ataques del 11 de septiembre.

En marzo, la C.I.A. se enteró de que Hazmi había volado a Los Ángeles dos meses antes, el 15 de enero. Si la agencia hubiera revisado el manifiesto de vuelo, se habría dado cuenta de que Mihdhar viajaba con él. Una vez más, la agencia se olvidó de informar al F.B.I. o el Departamento de Estado que al menos un operativo de Al Qaeda estaba en el país.

Aunque la C.I.A. estaba legalmente obligado a compartir este tipo de información con la oficina, era protector de la inteligencia sensible. La agencia a veces temía que F.B.I. los enjuiciamientos resultantes de dicha inteligencia podrían comprometer sus relaciones con los servicios extranjeros, aunque existen salvaguardias para proteger la información confidencial. El C.I.A. era particularmente cauteloso con O'Neill, quien exigía el control de cualquier caso que afectara a un F.B.I. investigación. Muchos C.I.A. a los funcionarios no les agradaba y temían que no se les pudiera confiar información sensible. "O'Neill era un engañoso", me dijo Michael Scheuer, el funcionario que fundó Alec Station pero que ahora dejó la C.I.A. "No le preocupaba más que hacer que la oficina se viera bien". Varios de los subordinados de O'Neill sugirieron que la C.I.A. ocultó la información por animosidad personal. "Odiaban a John", dijo el F.B.I. me dijo un oficial de contraterrorismo asignado a la estación Alec. "Sabían que John habría entrado y tomado el control de ese caso".

El C.I.A. también pudo haber estado protegiendo una operación en el extranjero y temía que el F.B.I. lo expondría. Además, Mihdhar y Hazmi podrían haber parecido atractivas posibilidades de reclutamiento: la C.I.A. estaba desesperado por encontrar una fuente dentro de Al Qaeda, ya que no había logrado penetrar en el círculo íntimo o incluso colocar a alguien en los campos de entrenamiento, a pesar de que estaban abiertos en gran medida a cualquiera que se presentara. Sin embargo, una vez que Mihdhar y Hazmi entraron a los Estados Unidos, eran la provincia del F.B.I. El C.I.A. no tiene autoridad legal para operar dentro del país.

Al final, el hecho de que la C.I.A.no informe al F.B.I. Puede explicarse mejor por el hecho de que la agencia se estaba ahogando en una avalancha de amenazas y advertencias, y simplemente no veía la importancia fundamental de esta inteligencia. Cualquiera que sea la razón del fracaso de la C.I.A., muchos F.B.I. Los investigadores siguen furiosos porque no fueron informados de la presencia de agentes de Al Qaeda dentro de Estados Unidos. Mihdhar y Hazmi llegaron veinte meses antes del 11 de septiembre. Kenneth Maxwell, el ex supervisor de Soufan, me dijo: “Dos tipos de Al Qaeda que viven en California, ¿me estás tomando el pelo? Habríamos estado sobre ellos como blancos sobre la nieve: vigilancia física, vigilancia electrónica, una unidad especial dedicada enteramente a ellos ". Por supuesto, el F.B.I. Tuvo otras oportunidades para prevenir el 11 de septiembre. En julio de 2001, un F.B.I. el agente en Phoenix sugirió entrevistar a los árabes inscritos en las escuelas de vuelo estadounidenses; un mes después, la oficina de Minnesota solicitó permiso para investigar agresivamente a Zacarias Moussaoui, quien luego confesó ser un asociado de Al Qaeda. Ambas propuestas fueron rechazadas por F.B.I. supervisores. Pero Mihdhar y Hazmi estuvieron directamente involucrados en la conspiración del 11 de septiembre. Debido a su conexión con bin Laden, quien tenía una acusación federal en su contra, el F.B.I. tenía toda la autoridad que necesitaba para utilizar todas las técnicas de investigación para penetrar e interrumpir la célula de Al Qaeda. En cambio, los secuestradores tenían libertad para desarrollar su plan hasta que fuera demasiado tarde para detenerlos.

En Yemen, la situación de seguridad se deterioró rápidamente. Soufan y el otro F.B.I. los agentes fueron alojados en el Hotel Aden, apiñados con otros empleados militares y gubernamentales de los EE. UU., incluidos los guardias de la Marina, y alojados a tres y cuatro en una habitación; varias docenas dormían en sacos de dormir en el salón de baile del hotel. Los disparos estallaron fuera del hotel con tanta frecuencia que los agentes durmieron con sus ropas, con las armas a los lados. Los agentes supieron por un mecánico de Adén que, después del atentado, unos hombres llevaron a su taller un camión similar al que utilizaron los bombarderos; los hombres querían tener placas de metal instaladas de tal manera que pudieran dirigir la fuerza de una explosión. Ciertamente, el objetivo más tentador para tal bomba sería el Hotel Aden. No estaba claro que las tropas del gobierno yemení que custodiaban el hotel con nidos de ametralladoras realmente protegerían a los estadounidenses. “Éramos prisioneros”, recordó un agente.

Una noche, se hicieron disparos en la calle mientras O'Neill realizaba una reunión dentro del hotel. Los marines y el equipo anfitrión de rescate adoptó posiciones defensivas. Soufan se aventuró a salir, desarmado, para hablar con las tropas yemeníes.

"¡Oye, Ali!" Gritó O'Neill. "¡Ten cuidado!" Bajó corriendo las escaleras del hotel para asegurarse de que Soufan estuviera usando su chaqueta antibalas. La frustración, el estrés y el peligro, junto con la intimidad forzada de su situación, habían acercado aún más a los dos hombres. O'Neill había comenzado a describir a Soufan como su "arma secreta". Hablando con los yemeníes, lo llamó simplemente "mi hijo".

Los francotiradores cubrieron a Soufan cuando se acercó a un oficial yemení, quien le aseguró que todo estaba bien.

"Si todo está bien, ¿por qué no hay coches en la calle?" Preguntó Soufan.

El oficial dijo que debe haber una boda cerca. Soufan miró a su alrededor y vio que el hotel estaba rodeado por una gran cantidad de hombres con vestimenta tradicional, algunos en Jeeps, todos con armas. Eran civiles, no soldados. Podrían ser oficiales de inteligencia o un grupo tribal empeñado en vengarse. En cualquier caso, superaban fácilmente en número a los estadounidenses. Soufan recordó el levantamiento de 1993 en Somalia, que terminó con dieciocho soldados estadounidenses muertos y uno de los cuerpos arrastrado por las calles de Mogadiscio. El hotel retrocedió hasta el puerto y los estadounidenses quedaron prácticamente atrapados.

Después de que Soufan entró y ofreció su evaluación de la situación, O'Neill ordenó a los marines que desplegaran dos vehículos blindados para bloquear la calle frente al hotel. La noche pasó sin más incidentes, pero al día siguiente O'Neill trasladó a los investigadores al U.S.S. Duluth, estacionada a diez millas de distancia, en la Bahía de Adén. Eso resultó ser un error peligroso. A la mañana siguiente, cuando O'Neill y Soufan volaban de regreso a la ciudad, su helicóptero se lanzó de repente a violentas maniobras evasivas. El piloto informó que un misil SA-7 se había centrado en ellos. O'Neill decidió enviar a la mayoría de los investigadores a casa; los que se quedaron regresaron al hotel desierto.

Justo antes del Día de Acción de Gracias, el F.B.I. sacó a O'Neill de Yemen, aparentemente como una concesión al Embajador Bodine, quien sintió que el F.B.I. La presencia estaba tensando las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Yemen. Soufan se quedó, pero las amenazas en Adén se hicieron tan agudas que él y los demás agentes se trasladaron a la Embajada de Estados Unidos en Sanaa, la capital de Yemen. La investigación estaba perdiendo impulso.

En la primavera de 2001, Tom Wilshire, un C.I.A. enlace en F.B.I. El cuartel general, en Washington, estaba estudiando la relación entre Khaled al-Mihdhar, el operativo saudí de Al Qaeda, y Khallad, el jihadista con una sola pierna. Debido a la similitud de los nombres, el C.I.A. había pensado que podrían ser la misma persona, pero, gracias en parte a las investigaciones de Ali Soufan en Yemen, la agencia ahora sabía que no lo eran y que Khallad había orquestado el ataque de Cole. "OK. Esto es importante ”, dijo Wilshire sobre Khallad, en un correo electrónico a sus supervisores en la C.I.A. Centro Antiterrorista. "Este es un asesino de Grandes Ligas". Wilshire ya sabía que Hazmi, el otro agente saudí, había llegado a Estados Unidos y que posiblemente Mihdhar estaba con él. "Algo malo definitivamente está sucediendo", escribió Wilshire a un colega. Pidió permiso para revelar esta información vital al F.B.I. Sus superiores en la C.I.A. nunca respondió a su solicitud. (En una declaración oficial, la CIA cuestionó la veracidad de este artículo, pero no abordó acusaciones específicas. Dijo: "Basado en rigurosas revisiones internas y externas de sus deficiencias y éxitos antes y después del 11 de septiembre, la CIA ha mejorado su procesamiento y el intercambio de inteligencia. El enfoque de la CIA está en el aprendizaje y una cooperación aún más estrecha con socios dentro y fuera del gobierno, no en señalar con el dedo al público, lo que no sirve bien al pueblo estadounidense ").

Ese verano, Wilshire le preguntó a un F.B.I. analista para revisar el material sobre la reunión de Malasia, pero no reveló que algunos de los participantes podrían estar en los Estados Unidos. Más importante aún, no transmitió la urgencia reflejada en su correo electrónico; le dijo a la analista que debería examinar el material en su tiempo libre. No lo consiguió hasta finales de julio.

Sin embargo, Wilshire quería saber qué era lo que el F.B.I. supo. Le preguntó a Dina Corsi, otra F.B.I. analista, para mostrar tres fotos de vigilancia de la reunión de Malasia a varios agentes de la I-49. Las imágenes mostraban a Mihdhar y Hazmi y un hombre que, la C.I.A. creía, se parecía a Quso, el camarógrafo de Cole. Wilshire le dijo a Corsi que uno de los hombres se llamaba Khaled al-Mihdhar, pero no explicó por qué se habían tomado las fotografías y no mencionó que Mihdhar tenía una visa estadounidense.

Según el Informe de la Comisión del 11-S, el 11 de junio un C.I.A. supervisor fue con el F.B.I. analista y Corsi a Nueva York para reunirse con F.B.I. agentes del caso en la investigación de Cole; Soufan, que todavía estaba en Yemen, no asistió. La reunión comenzó a media mañana, con los agentes de Nueva York informando a la C.I.A. supervisor, Clark Shannon, durante tres o cuatro horas en el progreso de su investigación. A continuación, Corsi le mostró las tres fotografías de Malasia a su F.B.I. colegas. Eran fotos de vigilancia de alta calidad. Una, tomada desde un ángulo bajo, mostraba a Mihdhar y Hazmi de pie junto a un árbol en Malasia. Shannon quería saber si los agentes reconocían a alguien. Los agentes de la I-49 preguntaron quién estaba en las imágenes, y cuándo y dónde se habían tomado. "¿Hubo otras fotografías de esta reunión?" uno de los F.B.I. exigieron los agentes. Shannon se negó a decir. Corsi prometió que "en los próximos días y semanas" trataría de obtener permiso para transmitir esa información. La reunión se volvió acalorada. El F.B.I. Los agentes sintieron que estas fotografías pertenecían directamente a crímenes que estaban tratando de resolver, pero no pudieron obtener más información de Shannon. Corsi finalmente abandonó el nombre de Khaled al-Mihdhar. Steve Bongardt, el principal asistente de Soufan en la investigación de Cole, le pidió a Shannon que proporcionara una fecha de nacimiento o un número de pasaporte para acompañar el nombre de Mihdhar. Un nombre por sí solo no fue suficiente para evitar su entrada a los Estados Unidos. Bongardt acababa de regresar de Pakistán con una lista de treinta nombres de presuntos asociados de Al Qaeda y sus fechas de nacimiento, que había facilitado al Departamento de Estado. Ese era un procedimiento estándar, lo primero que haría la mayoría de los investigadores. Pero Shannon se negó a proporcionar información adicional. Arriba C.I.A. los funcionarios no le habían autorizado a revelar los detalles vitales de la visa estadounidense de Mihdhar, su asociación con Hazmi y su afiliación con Khallad y Al Qaeda.

Hubo una cuarta fotografía de la reunión de Malasia que Shannon no produjo. Esa era una foto de Khallad, el operativo con una sola pierna. Gracias al interrogatorio de Soufan a Quso, los investigadores de Cole tenían un archivo activo sobre Khallad y se estaban preparando para acusarlo. El conocimiento de esa cuarta foto probablemente habría llevado a O'Neill a exigir que la C.I.A. entregar toda la información relacionada con Khallad y sus asociados. Al ocultar la foto de Khallad asistiendo a la reunión con los futuros secuestradores, la C.I.A. En efecto, puede haber permitido que prosiguiera el complot del 11 de septiembre. Ese verano, Mihdhar regresó a Yemen y luego fue a Arabia Saudita, donde, presumiblemente, ayudó a los secuestradores restantes a asegurar la entrada a los Estados Unidos. Dos días después de la frustrante reunión del 11 de junio, Mihdhar recibió otra visa estadounidense del consulado en Jeddah, Arabia Saudita. Desde la C.I.A. No había dado su nombre al Departamento de Estado para que lo publicara en su lista de vigilancia, Mihdhar llegó a Nueva York el 4 de julio.

La reunión del 11 de junio fue la culminación de una extraña tendencia en el gobierno de los Estados Unidos de ocultar información a las personas que más la necesitaban. En este sentido, el F.B.I. era tan culpable como la C.I.A. Una ley federal en ese momento prohibía compartir información derivada del testimonio de un gran jurado, pero el F.B.I. lo tomó como un obstáculo casi absoluto para revelar cualquier evidencia de investigación y, como resultado, rechazó repetidamente solicitudes de información de otras agencias de inteligencia. (La Investigación Conjunta del Congreso del 11 de septiembre afirmó que la ley "llegó a usarse simplemente como una excusa para no compartir información").

En 1995, el Departamento de Justicia estableció una política, conocida como “el Muro”, que regulaba el intercambio de información de inteligencia extranjera entre agentes e investigadores criminales. Gerentes de F.B.I. el cuartel general malinterpretó la política, convirtiéndola en una camisa de fuerza para sus propios investigadores. Se advirtió a los agentes de inteligencia que compartir dicha información con agentes criminales podría significar el final de sus carreras. El Muro, el F.B.I. decidió, separó incluso a las personas que estaban en el mismo equipo. El F.B.I. también comenzó a ocultar información de inteligencia a la Casa Blanca. Todas las mañanas en las computadoras clasificadas del Consejo de Seguridad Nacional, había al menos un centenar de informes, de la C.I.A., la N.S.A. y otras ramas de inteligencia, pero el F.B.I. nunca difundió información.

El C.I.A. abrazó la idea del Muro con igual vigor. La agencia decidió con frecuencia no compartir información con el F.B.I. sobre la base de que comprometería "fuentes y métodos sensibles". Por ejemplo, la C.I.A. recopiló otra información crucial sobre Mihdhar que no proporcionó al F.B.I. Resultó que Mihdhar era el yerno de Ahmed al-Hada, el leal a Al Qaeda en Yemen cuyo número de teléfono funcionaba como centralita de la red. Después de llegar a Nueva York el 4 de julio, Mihdhar voló a San Diego y alquiló un apartamento. Desde allí, hizo ocho llamadas al teléfono de Hada para hablar con su esposa, que estaba a punto de dar a luz. En la oficina del escuadrón de la I-49, había un gráfico de enlaces que mostraba las conexiones entre el teléfono de Hada y otros teléfonos de todo el mundo. Si se hubiera trazado una línea desde la casa de Hada en Yemen hasta el apartamento de Mihdhar en San Diego, la presencia de Al Qaeda en Estados Unidos habría sido claramente obvia.

Después del 11 de septiembre, la C.I.A. afirmó que había divulgado la identidad de Mihdhar al F.B.I. de una manera oportuna; de hecho, tanto George Tenet, el director de la agencia, como Cofer Black, el jefe de su división antiterrorista, testificaron ante el Congreso que ese era el caso. Posteriormente, la Comisión del 11-S concluyó que las declaraciones de ambos eran falsas. El C.I.A. no pudo presentar pruebas que demostraran que la información había sido transmitida a la oficina.

El escuadrón de la I-49 respondió al secreto de manera agresiva y creativa. Cuando la C.I.A. se negó a compartir intercepciones del teléfono satelital de bin Laden, el equipo ideó un plan para construir dos antenas para capturar la señal, una en Palau, en el Pacífico, y otra en Diego García, en el Océano Índico. El escuadrón también construyó una ingeniosa cabina telefónica satelital en Kandahar, con la esperanza de proporcionar una instalación conveniente para los yihadistas que desean llamar a casa. Los agentes pudieron escuchar las llamadas y recibieron videos de las personas que llamaban a través de una cámara escondida en la cabina. Se consumieron millones de dólares y miles de horas de trabajo para replicar información que otros funcionarios estadounidenses se negaron a compartir. Según Soufan, los agentes de la I-49 estaban tan acostumbrados a que se les negara el acceso a la inteligencia que compraron un CD que contenía la canción de Pink Floyd "Another Brick in the Wall". Recordó: "Siempre que recibíamos el discurso sobre 'fuentes y métodos sensibles', simplemente acercábamos el teléfono al reproductor de CD y pulsábamos Play".

Apenas unos días antes de que tuviera lugar la reunión del 11 de junio en la oficina de Nueva York, nuevas amenazas en Yemen crearon una crisis de seguridad para los estadounidenses. Las autoridades yemeníes arrestaron a ocho hombres que, según dijeron, formaban parte de un complot para volar la embajada estadounidense, donde Soufan y otros investigadores se habían refugiado. Louis Freeh, el director del F.B.I., siguiendo la recomendación de O'Neill, retiró el equipo por completo.

Para entonces, Soufan tenía una idea mucho más clara de la relación entre Khallad y los conspiradores de Cole. En julio de 2001 envió una tercera solicitud formal a la C.I.A. pidiendo información sobre una posible reunión de Al Qaeda en Malasia y sobre el viaje de Khallad a Bangkok para reunirse con Quso y el terrorista suicida Cole. Una vez más, la agencia no respondió.

El 22 de agosto, John O'Neill estaba empacando cajas en su oficina. Fue su último día en el F.B.I. Había decidido retirarse de la oficina después de enterarse de una filtración dañina al Times. El periódico había informado que el maletín de O'Neill, que contenía documentos confidenciales, fue robado mientras asistía a un F.B.I. conferencia en Florida. El maletín se recuperó rápidamente y se determinó que no se había tocado nada del material sensible, pero arruinó sus perspectivas en la oficina.

Ese día, Soufan pasó por la oficina de O'Neill para despedirse. Regresaría a Yemen esa misma tarde; El último acto de O'Neill como F.B.I. El agente debía firmar el papeleo que enviaría al equipo de Soufan de regreso al país. Estaban decididos a arrestar a los asesinos de los marineros estadounidenses, a pesar de los riesgos de trabajar en un entorno tan hostil.

Los dos hombres caminaron hacia un restaurante cercano. O'Neill pidió un sándwich de jamón y queso. "¿No quieres cambiar tus costumbres infieles?" Soufan bromeó, señalando el jamón. "Vas a ir al infierno". O'Neill instó a Soufan a que lo visitara en Nueva York cuando regresara. Había aceptado un trabajo en el World Trade Center, como jefe de seguridad. "Voy a estar en el camino", dijo.

Soufan confió que él y su novia de toda la vida habían decidido casarse. O'Neill dio su bendición. "Ella te ha aguantado todo este tiempo", bromeó. "Ella debe ser una buena mujer".

La semana que O'Neill se retiró de la oficina, el F.B.I. El analista de la estación Alec que había estado revisando la inteligencia sobre la reunión de Malasia se dio cuenta de que Mihdhar y Hazmi estaban en los EE. UU. ella le pasó la información a Dina Corsi, en el cuartel general del F.B.I. Corsi, alarmado, envió un correo electrónico al supervisor de la brigada I-49, ordenando a la unidad que localizara a los operativos de Al Qaeda. Pero, agregó, debido al Muro, ningún investigador criminal podría estar involucrado en la búsqueda. Resultó que solo había un agente de inteligencia disponible y era nuevo. Un F.B.I. El agente envió el mensaje de Corsi a Steve Bongardt, el asistente principal de Soufan. Él la llamó. "¡Dina, tienes que estar bromeando!" él dijo. "¿Mihdhar está en el campo?" Se quejó de que el Muro era una ficción burocrática que impedía a los investigadores hacer su trabajo. En una conversación al día siguiente, dijo: "Si este tipo está en el país, ¡no es porque vaya a ir a la puta Disneylandia!". Más tarde, escribió en un correo electrónico: "Algún día alguien morirá y, muro o no, el público no entenderá por qué no fuimos más efectivos". El intento del nuevo agente de encontrar a Mihdhar y Hazmi resultó infructuoso.

Tres semanas después, el 11 de septiembre de 2001, Soufan estaba en la embajada en Sanaa. Habló por teléfono con su prometida, quien le dijo que las Torres Gemelas habían sido atacadas. Encendió un televisor y observó cómo chocaba el segundo avión. Llamamos al celular de O'Neill repetidamente, pero no hubo respuesta.

El F.B.I. ordenó a Soufan y al resto de su equipo en Yemen que evacuaran. La mañana del 12 de septiembre, el jefe de estación de la C.I.A.en Adén fue con los agentes al aeropuerto de Sanaa. El C.I.A. oficial estaba sentado en el salón con Soufan cuando recibió una llamada en su teléfono celular de F.B.I. sede. Le dijo a Soufan: "Quieren hablar contigo".

Dina Corsi habló con Soufan y le dijo que se quedara en Yemen. El estaba enojado. Quería regresar a Nueva York e investigar el ataque a Estados Unidos. “Se trata de eso, de lo que pasó ayer”, le dijo. "Quso es nuestra única pista". Ella no le diría nada más. Soufan sacó su equipaje del avión, pero estaba desconcertado. ¿Qué tuvo que ver Quso, el camarógrafo de Cole, con el 11 de septiembre?

Robert McFadden, el investigador naval, y varios otros funcionarios se quedaron para ayudar a Soufan. La orden del cuartel general era identificar a los secuestradores del 11 de septiembre "por cualquier medio necesario", una directiva que Soufan nunca había visto antes. Cuando regresó a la embajada, un fax con fotografías de veinte sospechosos llegó a través de una línea segura. Entonces el C.I.A. El jefe llevó a Soufan a un lado y le entregó un sobre manila. Dentro había tres fotografías de vigilancia y un informe completo sobre la reunión de Malasia, el mismo material que había pedido tantas veces. El Muro se había derrumbado. Cuando Soufan se dio cuenta de que la C.I.A. Sabía desde hacía más de año y medio que dos de los secuestradores estaban en el país, corrió al baño y vomitó. (La desilusión de Soufan con el gobierno fue tan profunda que finalmente renunció a la oficina; en 2005, se convirtió en director de operaciones internacionales de Giuliani Security and Safety, una empresa fundada por Rudolph W. Giuliani, el ex alcalde de Nueva York).

Soufan fue a la oficina del general Qamish y exigió volver a ver a Quso. "¿Qué tiene esto que ver con el Cole?" Qamish quería saber. "No estoy hablando del Cole", dijo Soufan. "El hermano John no está". Empezó a decir algo más, pero no pudo continuar. Los ojos del general Qamish también se llenaron de lágrimas.

“Qamish tomó una decisión al instante”, recuerda McFadden. "Dijo: 'Dime lo que quieres y lo haré realidad'". Qamish dijo que Quso estaba en Adén y que esa noche había un último vuelo desde allí a la capital. Llamó a sus subordinados por teléfono y comenzó a gritar: "¡Quiero que Quso llegue aquí esta noche!" Luego, el general llamó al aeropuerto y exigió que lo comunicaran con el piloto. "No despegarás hasta que mi prisionero esté a bordo", le ordenó. “Podías escucharlos ponerse firmes”, recordó McFadden.

A la medianoche, en una habitación no lejos de la oficina de Qamish, Soufan se reunió con Quso, que estaba en un estado de ánimo petulante. "Solo porque algo sucede en Nueva York o Washington, no es necesario que hable conmigo", dijo. Soufan le mostró las tres fotografías de vigilancia de la reunión de Malasia, que incluían a los secuestradores sauditas Mihdhar y Hazmi. Quso pensó que recordaba haberlos visto en los campos de Al Qaeda, pero no estaba seguro. "¿Por qué preguntas por ellos?" quería saber.

Finalmente, al día siguiente, Soufan recibió la cuarta fotografía de la reunión de Malasia: la imagen de Khallad, el autor intelectual de la operación Cole. Soufan se dio cuenta instantáneamente de que las dos tramas estaban vinculadas, y si la C.I.A. no le había ocultado información, probablemente habría establecido la conexión meses antes del 11 de septiembre. Se reunió nuevamente con Quso, quien identificó a la figura de la imagen como Khallad, la primera confirmación de la responsabilidad de Al Qaeda en los ataques del 11 de septiembre.

Soufan interrogó a Quso durante tres noches, mientras que durante el día escribía informes e investigaba, durmiendo poco más de una hora a la vez. “Estaba enfermo como un perro, pero estaba obteniendo muy buena información”, recordó su compañero agente Carlos Fernández. En la cuarta noche, Soufan colapsó de agotamiento. “Queríamos sacarlo de allí”, dijo Fernández. “Lo llevamos a la sala de emergencias. El niño apenas podía ponerse de pie. Pero se negó a irse, y al día siguiente volvió a hacerlo. Ninguno de nosotros había visto algo así ". Sus compañeros de trabajo comenzaron a referirse a Soufan como "un héroe estadounidense".

Soufan era muy consciente de que la información que estaba obteniendo era crítica y que quizás nadie más podría extraer la verdad de Quso. Finalmente, después de horas de extensos interrogatorios, a Quso se le mostró una fotografía de Marwan al-Shehhi, el secuestrador que pilotaba el vuelo 175 de United Airlines, que se estrelló contra la segunda torre. Quso lo identificó y dijo que se había encontrado con Shehhi en una casa de huéspedes en Kandahar. Recordó que Shehhi había estado enfermo durante el Ramadán y que el emir de la casa de huéspedes se había ocupado de él. El nombre del emir era Abu Jandal.

Dio la casualidad de que Abu Jandal también estaba bajo custodia yemení y los estadounidenses acordaron entrevistarlo. Era un hombre corpulento y poderoso de barba oscura. "¿Qué están estos infieles haciendo aquí?" el demando. Tomó una silla de plástico y la giró, sentándose con los brazos cruzados y de espaldas a los interrogadores. Después de persuadirlo, Soufan consiguió que Abu Jandal se enfrentara a él, pero se negó a mirarlo a los ojos. Sin embargo, Abu Jandal quería hablar; pronunció una larga pero rápida perorata contra Estados Unidos.

Soufan se dio cuenta de que el prisionero estaba entrenado en técnicas de contrainterrogatorio, ya que fácilmente accedió a cosas que Soufan ya sabía —que había luchado en Bosnia, Somalia y Afganistán, por ejemplo— y negó todo lo demás. Abu Jandal se describió a sí mismo como un buen musulmán que había considerado la yihad pero se había desilusionado. No se consideraba un asesino, sino un revolucionario que intentaba librar al mundo del mal, que creía que provenía principalmente de Estados Unidos, un país del que no sabía prácticamente nada.

A medida que pasaban las noches, Abu Jandal se entusiasmó con Soufan. Le dijo que tenía poco más de treinta años, más que la mayoría de los yihadistas. Se había criado en Jeddah, Arabia Saudita, la ciudad natal de bin Laden, y era muy culto en religión. Parecía disfrutar bebiendo té y sermoneando a los estadounidenses sobre la visión islamista radical de la historia; su sociabilidad era un punto débil.

Soufan lo halagó y lo involucró en un debate teológico. Al escuchar las diatribas de Abu Jandal, Soufan captó varios detalles útiles: que se había cansado de pelear; que estaba preocupado por el hecho de que bin Laden había jurado lealtad al Mullah Omar, el líder de los talibanes, en Afganistán; y que estaba preocupado por sus dos hijos, uno de los cuales tenía una enfermedad de los huesos. Soufan también señaló que Abu Jandal rechazó algunos pasteles porque era diabético.

A la noche siguiente, los estadounidenses trajeron unas obleas sin azúcar, una cortesía que Abu Jandal reconoció. Soufan también le trajo una historia de América, en árabe. Abu Jandal fue confundido por Soufan: un musulmán moderado que podía discutir sobre el Islam con él, que estaba en el FBI y que amaba a Estados Unidos. Rápidamente leyó la historia que Soufan le dio y se asombró al enterarse de la Revolución Americana y su lucha contra la tiranía.

Mientras tanto, Soufan estaba tratando de determinar los límites del paisaje moral de Abu Jandal. Le preguntó sobre la forma correcta de librar la yihad. Abu Jandal habló con entusiasmo sobre cómo un guerrero debe tratar a su adversario en la batalla. El Corán y otros textos islámicos discuten la ética de la conducta en la guerra. ¿Dónde sancionan los atentados suicidas? Soufan le preguntó. Abu Jandal dijo que el enemigo tenía ventaja en armas, pero los atacantes suicidas igualaron el marcador. “Estos son nuestros misiles”, dijo. ¿Qué pasa con las mujeres y los niños? Preguntó Soufan. ¿No se supone que deben estar protegidos? Soufan señaló los bombardeos de las embajadas estadounidenses en África Oriental. Recordó a una mujer en un autobús frente a la embajada de Nairobi, quien, después de que estalló la bomba, fue encontrada agarrando a su bebé, tratando de protegerlo de las llamas. Ambos habían sido incinerados. ¿Qué pecado había cometido la madre? ¿Qué pasa con el alma de su hijo? "Dios les dará sus recompensas en el Más Allá", dijo Abu Jandal. Además, agregó, “¿se imaginan cuántos se unieron a bin Laden después de los atentados de la embajada? Vinieron cientos y pidieron ser mártires ". Soufan respondió que muchas de las víctimas de África Oriental, quizás la mayoría, eran musulmanas. En varias ocasiones, Abu Jandal citó a autoridades clericales o capítulos del Corán, pero descubrió que Soufan era más que un rival para él en cuestiones teológicas. Abu Jandal finalmente afirmó que, debido a que los atentados con bombas en la embajada fueron un viernes, cuando las víctimas deberían haber estado en la mezquita, no eran verdaderos musulmanes.

En la quinta noche, Soufan lanzó una revista de noticias sobre la mesa entre ellos. La revista tenía fotografías de los aviones chocando contra las Torres Gemelas, tomas gráficas de personas atrapadas en los edificios y saltando cientos de pisos. "Bin Laden hizo esto", le dijo Soufan. Abu Jandal se había enterado de los ataques, pero no conocía muchos detalles. Estudió las imágenes con asombro. Dijo que parecían una "producción de Hollywood", pero la escala de la atrocidad lo sacudió visiblemente.

McFadden y dos investigadores yemeníes se unieron a Soufan y Abu Jandal en la pequeña sala de interrogatorios. Todos sintieron que Soufan se estaba acercando. Las tropas estadounidenses y aliadas se estaban preparando para ir a la guerra en Afganistán, pero necesitaban desesperadamente más información sobre la estructura de Al Qaeda, las ubicaciones de los escondites y los planes de escape, todo lo cual la inteligencia estadounidense los funcionarios esperaban que Abu Jandal pudiera suministrar.

Casualmente, un periódico yemení local estaba en un estante debajo de la mesa de café. Soufan se lo mostró a Abu Jandal. El titular decía: "DOSCIENTAS ALMAS YEMENI MUEREN EN EL ATAQUE DE NUEVA YORK". (En ese momento, las estimaciones del número de muertos eran de decenas de miles). Abu Jandal leyó el titular y respiró hondo. "Dios nos ayude", murmuró. Soufan preguntó qué tipo de musulmán haría tal cosa. Abu Jandal insistió en que los israelíes deben haber cometido los ataques a Nueva York y Washington. “El jeque no está tan loco”, dijo sobre bin Laden.

Luego, Soufan sacó un libro de fotografías policiales que contenía fotografías de miembros conocidos de Al Qaeda y de los secuestradores. Le pidió a Abu Jandal que los identificara. El yemení los hojeó rápidamente y cerró el libro.

Soufan volvió a abrir el libro y le dijo que se tomara su tiempo. "Algunos de ellos los tengo bajo custodia", dijo, esperando que Abu Jandal no se diera cuenta de que todos los secuestradores estaban muertos. Abu Jandal hizo una pausa de medio segundo en la fotografía de Shehhi, el piloto del vuelo 175 de United Airlines, antes de comenzar a pasar página. "No has terminado con este", dijo Soufan. "Ramadán, 1999. Está enfermo. Eres su emir y cuidas de él ". Abu Jandal miró a Soufan conmocionado. “Cuando te hago una pregunta, ya sé la respuesta”, dijo Soufan. "Si eres inteligente, me dirás la verdad".

Abu Jandal admitió que conocía a Shehhi y le dio a su nombre de guerra de Al Qaeda, Abdullah al-Sharqi. Hizo lo mismo con Khaled al-Mihdhar y otras cinco personas, incluido Mohammed Atta, el principal secuestrador. Pero todavía insistió en que Bin Laden nunca cometería tal acción. Fueron los israelíes, sostuvo.

"Estoy seguro de que las personas que hicieron esto eran tipos de Al Qaeda", dijo Soufan. Sacó siete fotografías del libro y las dejó sobre la mesa.

"¿Cómo lo sabes?" Preguntó Abu Jandal. "¿Quien te lo dijo?"

“Lo hiciste,” dijo Soufan. “Estos son los secuestradores. Los acabas de identificar ".

Abu Jandal palideció. Se cubrió la cara con las manos. "Dame un momento", suplicó. Soufan salió de la habitación. Cuando regresó, le preguntó a Abu Jandal qué pensaba ahora. "Creo que el jeque se volvió loco", dijo. Y luego le contó a Soufan todo lo que sabía. ♦

Gasto militar / PIB en el Mundo