Mostrando entradas con la etiqueta populismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta populismo. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de diciembre de 2021

Argentina: Los corruptos y criminales dueños de la democracia

La triste épica de los dueños de la democracia

Nicolás Lucca || Relatos del Presente





Una concentración masiva de un solo espacio político para un acto de un solo espacio político en homenaje a la Democracia. Un hombre que da un discurso en otro idioma y lo aplauden en masa. Una señora que agravia a la oposición, compara una derrota electoral con un Golpe de Estado y a sí misma con los desaparecidos. Un tipo que se suma a los agravios y da el “sí, querida” más largo de la historia en formato de discurso. Y todo en presencia del tío uruguayo al que tienen que despertar para que aplauda.

Todo esto ocurrió a tan solo días de que volvieran a correr análisis sobre “las muestras de autonomía de Alberto”.

Quisiera hacer una suerte de desagravio hacia las encuestadoras. Durante años les hemos dicho de todo por embocar menos pronósticos que el Servicio Meteorológico de Venus. Y la realidad nos ha dictado que las encuestas pueden fallar, después de todo –siempre que hablemos de las honestas– juegan un partido en el que tienen que tener fe en que el encuestado no les mienta. Sin embargo, los analistas políticos…

Meses de futurología basada en el deseo. Alberto el moderado, Alberto se sacará a Cristina de encima, los gestos de Alberto, la lapicera de Alberto, el liderazgo de Alberto para enfrentar la pandemia, negociar la deuda externa y cerrar con el FMI. ¿Qué pasó de todo eso?

Había que esperar dos años para comenzar a soñar con otros dos años del Alberto que soñaron algunos. Es una cuestión más onírica que otra cosa. Un deseo. Primero vinieron “los gestos de Alberto”. Una serie de hechos que llevaban a que el macho alfa contestara a una carta incendiaria con una foto. Así lo hizo para respaldar a sus ministros y le rajaron a la mitad.

Sus ministros. ¿Alguien alguna vez notó, cráneos del análisis político, que todos los ministros son del Presidente en un sistema presidencialista? Pero sí, Alberto tenía que defender a sus ministros porque tiene otros que no son de él, que son de alguien que no es Presidente. Igual, no alcanzó y ahora su mesa chica alcanza para un velador.

Luego vinieron las “estrategias geopolíticas” de un tipo que no entiende que hasta en el barrio los vecinos se enteran de lo que uno dice en público. La estrategia geopolítica consistió en alejarse de Bolsonaro por facho y acercarse a AMLO por progre. Las supermentes del análisis político vieron una “modificación en el eje del Poder Norte-Sur”. No recordaron que los Presidentes no son los dueños de los países y que deben mantener políticas de Estado aunque el mandatario de otro país no te caiga bien. Vamos, que no es un club de amigos: es política. Se supone que un político entiende de eso, ¿no?

La estrategia geopolítica del ajedrecista que nos quisieron vender como estadista terminó de detonar cuando trascendió un mail en el que nos mostraban que se jugó al Estanciero con Rusia en función de intereses ideológicos y no de la administración de la salud. Y AMLO, el progre, el zurdo, el loquito, compró todas las vacunas que se le cruzaban sin fijarse el laboratorio o la bandera.

Al final, en lo único que coincidió Alberto con su par mexicano es en ser parte de los únicos siete presidentes de toda América Latina que no mostraron un solo contrato de compra de vacunas para que sepamos cuánto se gastó y cómo.

Empujamos la demanda contra Venezuela en La Haya, nos retiramos, no condenamos a Venezuela, no condenamos a Nicaragua, pedimos mediación política para Venezuela, nos retiramos de la mediación política a Venezuela. Pero qué pedazo de estratega geopolítico, man. Que el administrador del consorcio invite a Lula Da Silva a un acto es para cagarse de risa de todas las mentes superiores que celebraron el acercamiento a Brasil “a pesar de las diferencias”.

Y mejor ni hablar del “volúmen político” ante cada cabeza de funcionario que Alberto le entregaba a Cristina en bandeja de plata para colocar a un ignoto “con volúmen político”. Ignotos, fanáticos, incapaces o todo junto, pero también eran “gestos de Alberto” para descomprimir la tensión con Cristina.

Hace unos días leí por ahí un análisis que determinaba que ahora hay señales de autonomía del Presidente. Leves, tenues, pero señales al fin. Y la única señal es que, desde el kirchnerismo, le tiraron la responsabilidad del fracaso nacional mientras se atornillan en la provincia de Buenos Aires.

Convertido en mariscal de la derrota por portador de lapicera, Alberto ve cómo en la provincia de Buenos Aires Axel Kicillof se agiganta en la derrota. Kichi modificará la ley de ministerios para darle un cargo a Florencia Saintout –la Filmus bonaerense en performance electoral y afición por el cinismo– que ocupará un instituto con rango ministerial: el de Cultura. Sí, la cultura bonaerense quedará en manos de la más kirchnerista de este lado de la Vía Láctea. No alcanzó para convertir en ministerio la Dirección de Educación. Ni siquiera en subsecretaría.

Ahora, si Alberto se quedó con Nación pero Cristina se quedó con la totalidad de la provincia. ¿Quién va a controlar a los intendentes que se acercaron a Alberto pero dependen de la cajita feliz de Ronald Kicillof?

“Arreglamos con el Fondo y salimos” es otro clásico que repiten como loros sin parar desde hace un tiempazo. Ahí lo tenemos al tipo con sus señales hacia el exterior: reunido con los piqueteros y puteando ante multitudes. ¿Qué hay que consultar? Misterios de un hombre que cuando no es humillado por Cristina se humilla solo.

Si negociás con el FMI y les consultás a los piqueteros, a una de las dos partes les mentís. Lo único cierto de esa reunión es que se buscó endulzar a los líderes de los movimientos sociales para tener un diciembre en paz. Solo el masoquismo explica que lo haya comunicado a la prensa.

Pero supongamos que mañana cerramos un acuerdo. ¿Qué onda? Hagamos de cuenta que el FMI nos regala la deuda enterita. ¿Llamamos a un debate para ver en qué gastamos los dólares que hoy no tenemos?

Y la futurología sigue ahí, como si nada. Y eso que no saben las cosas que tuvimos que escuchar pero que nadie se atrevió a publicar, como que Alberto tenía el boleto picado, que Cristina se va en marzo, más tardar mayo, que en diciembre vuela todo por los aires.

Apuestan a conclusiones futuras en un gobierno en el que el hijo de Cristina Fernández dice que el dinero del FMI debe usarse para paliar la pobreza, donde Alberto Ídem dice que el capitalismo global ha fracasado y donde Sergio Massa tira que “los argentinos queremos resolver la deuda con el FMI desde la lógica de pagar creciendo”.

La de siempre: aplicar en política conceptos que no existen en la vida cotidiana. Andá a decirle al banco que vas a pagar la tarjeta como vos querés. Andá a decirle al banco que se joda por financiarte más de lo que ganás. Lamentablemente, al frente de nuestros acreedores no tenemos a ninguna Mercedes Marcó del Pont para que nos dé un trato preferencial que no le da a ningún otro.

Las leves, tenues señales del Albertismo también se manifestaron en la convocatoria a la Plaza de Mayo con motivo del Día de la Democracia sin participación de otros espacios políticos. No vaya a ser cosa que se empañe el hecho de que ganaron perdiendo el 10 de diciembre de 1983. Y mientras todos los futurólogos celebraban “el gesto de poderío” de Alberto al invitar a los sindicatos, apareció la tía Cristina cuando estaban por servir el asado, y atrás de ella el nene con su agrupación política. La CGT se bajó. Cuánto liderazgo.

Máximo Kirchner es otro a quien los futurólogos nos vendieron como un tipo de gran peso en el armado de poder. Perdió en todos lados. También dijeron que sabe hablar y mandó a la oposición a “levantar el culo y ponerse a trabajar” con la ventaja de haber mantenido el CUIT virgen hasta los 40 años. Como la peli, pero sin tanta gracia. Luego nos vendieron a un gran armador y tuvieron que regalarle el PJ bonaerense para que se sienta útil.

El volúmen político también llegó de la mano de Martín Soria al ministerio de Justicia. Alberto quiso demostrar que Soria no es tan cristinista al decir que su hermana votó a favor del desafuero de Julio De Vido. Algo así como decir que Gioja es un gran ser humano porque tiene una hija monja.

Ocho meses se tomó Tincho en visitar la Corte Suprema. Su principal función es mantener un lazo político fluido entre ambos poderes para articular políticas judiciales. ¿Qué hizo estos ocho meses? Forrear al Poder Judicial y hablar de un lawfare que, con tantos sobreseimientos, es como hablar de cuánto le queda de vida al Walkman.

Y no crean que fue a visitar a la Corte porque le recordaron que tenía que mover las cachas, sino que lo hizo tras enterarse de que el máximo tribunal tiene cocinado un fallo que declara inconstitucional la composición actual del Consejo de la Magistratura. ¿Qué hizo Tincho? Cuestionó que la Corte se haya tomado 16 años para resolver un planteo que les llegó recién en 2015. Cínico o idiota, no hay tercera opción.

Por suerte, la oposición se fortalece con la pelea radical. No hay mucho para explicar porque no hay mucho que se pueda entender. Una reunión de la Juventud Radical que es destrozada por una barra, una pelea que terminó a los golpes o casi –depende de a quién escuchemos– y entre las preguntas que surgen es por qué se están peleando los mandamases cuando nadie le puede contar las costillas a nadie, salvo que aparezca de vuelta Ernesto Sanz. ¿Quién puede arrojar la primera piedra, el exministro de Economía de Cristina, el gobernador jujeño cuyo bloque le votó todo a Alberto –incluso la quita de coparticipación a la opulenta Buenos Aires– o el exgobernador mendocino que armó la transversalidad con Néstor Kirchner y colocó de vicepresidente a otro ex gobernador mendocino?

Los futurólogos dicen que el problema de los radicales es el internismo y el ego por quién llega a la presidencia. Otros –más serios– hablan de falta de voluntad de poder. Y yo creo, humildemente, que es otra cosa: no hay voluntad de gobernar. Voluntad de poder les sobra y muchos se sienten más seguros como eternos opositores o detrás de cámara.

Por lo pronto vemos algo en lo que el kirchnerismo es realmente bueno y no me refiero a quedarse con lo ajeno o administrar mal cada una de las áreas de gobierno: levantarse rápido. Pasó en 2009, pasó en 2013. Cada vez que los kirchneristas pierden una legislativa, festejan. Ganan en la derrota, se hacen dueños del amor odiando, de la alegría enojados y pasan por arriba todo resorte institucional. Son los maestros de la máxima de las elecciones: siempre tiene más responsabilidad el que gana que quien pierde. En base a eso, a tirar fruta y romper todo que lo único que importa es conservar el Poder por el Poder mismo y no otra cosa. Mirá si van a ser personas comunes, mirá si van a tolerar salir a la calle y que nadie los reconozca.

Entre tanto, Cris picó en punta en el arte de la convalidación por la negativa. Aunque en su vida lo haya leído, actuó como salida de los ensayos de Umberto Eco, quien sarcásticamente aseguraba: “Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”.

En el acto por el Día de la Demo Gracia, Cristina destruyó al adversario y puso en su lugar a un enemigo. También comparó el golpe de Estado de 1976 con “la noche que volvió en 2015”, solo que esta vez no hicieron falta militares “si no jueces con toga y medios hegemónicos”.

Por si hiciera falta, la que durante la dictadura hizo de todo menos combatir al régimen, se victimizó y comparó con los desaparecidos porque “ahora te persiguen judicialmente”. Bellísimo. Como broche de oro, el mismo día en que Guzmán logra un primer intercambio ameno con el FMI, Cristina le dice a Alberto que le pague al Fondo con la guita que encuentre en paraísos fiscales y que no dé el brazo a torcer. Luego le ordenó que convoque a los representantes de la oposición para que se comprometan. Le faltó pedirle un cortado con dos de manteca. ¿El mensaje? Relato para las masas y negociación, o prender fuego todo y dar clases de economía al mundo mientras el universo financiero se prepara para un colapso de la economía norteamericana. Elige tu propia aventura.

¿Qué contesta el desautorizado serial que tenemos por Presidente? Que los que tomaron la deuda son “sinvergüenzas” y que él no le tiene miedo a que el FMI “le suelte la mano”.

Y tiene razón: yo también tendría mucho más miedo a que Cristina me suelte la mano.

martes, 7 de diciembre de 2021

Populismo: ¿Cómo discutir con una religión?



Cómo discutir con una religión

Si el populismo es como la Iglesia, necesitamos una reforma. ¿Quién será nuestro Galileo, nuestro Voltaire? Busquemos en la ficción: Shakespeare y Dostoievsky, improbables Durán Barba.

Leí en estos días El populismo jesuita, donde Loris Zanatta vuelve a su tesis, ahora muy conocida, de que el populismo en América Latina es la continuación de la prédica jesuítica colonial, y pensé: bueno, si el peronismo es un catolicismo, ¿dónde están nuestra reforma protestante, nuestro Siglo de las Luces, nuestro Galileo, nuestro Voltaire? Si nuestros populistas son una Iglesia, ¿qué discursos les podemos oponer? ¿Cómo se discute con una religión? Hoy, a tres semanas de las elecciones, esto puede sonar demasiado teórico: se trata de ganarle a un kirchnerismo que parece agonizar por su propia ineptitud. ¿Hace falta, siquiera, enfrentarlo en el plano del discurso? Pero las elecciones pasan y los populismos se recuperan de sus derrotas y vuelven porque, como las religiones, responden a necesidades emotivas con relatos intemporales. ¿Por qué no preguntarse, entonces, si relatos y argumentos que sirvieron, en su día, para limitar el poder de la Iglesia, pueden resultar sugerentes para lidiar con nuestra religión populista?

Según Zanatta, el liberalismo, que en Europa logró quebrar el poder de la Iglesia, en América Latina nunca pudo arraigar más allá de las élites ricas y blancas; las clases populares siguieron pensando el mundo desde la cosmovisión católica, opuesta al libre comercio, la democracia representativa, la separación de poderes, la iniciativa individual y la indagación científica. Por eso, cuando Perón se postula a la presidencia en 1946 en nombre de Dios, la Patria y el Pueblo, encuentra una cultura lista para recibirlo como encarnación de algo ancestral. No era una revolución, era un regreso: la revancha del “pueblo de Dios” contra la élite liberal, cosmopolita y atea. Enseguida empezó a configurarse un relato: había un pecado original, que era el individualismo de la era liberal, y la misión de Perón no era crear sino restaurar el cuerpo de la Nación, reemplazando la asociación de individuos por un organismo con su jerarquía: cabeza, corazón, brazos, en la “comunidad organizada” cada uno tenía su lugar inmutable.

Al lado de ese relato, los argumentos liberales pueden sonar tan fríos como los del gordito de El señor de las moscas, que pregona la racionalidad y la tolerancia hasta que los otros chicos, enardecidos por el deseo de adorar a una deidad, lo aplastan debajo de una roca.

Como tantos han señalado, lo que le permitió al peronismo cautivar la imaginación más allá del propio Perón, de sus actos de gobierno a veces impopulares (como el ajuste fiscal de 1951) y otros directamente criminales (como la creación de la Triple A), lo que terminó de convertirlo en religiosidad popular, fue la figura de Evita. La ira de Eva Perón contra la oligarquía, su mundo maniqueo dividido entre “mis queridos descamisados” y la antipatria, era de nuevo Cristo echando a los mercaderes del Templo, y su muerte precoz, el sacrificio que sella el pacto de lealtad con sus creyentes. Al lado de ese relato, los argumentos liberales pueden sonar tan fríos como los de Piggy, el gordito en la novela El señor de las moscas, que pregona la racionalidad y la tolerancia hasta que los otros chicos, enardecidos por el deseo de adorar a una deidad, lo aplastan debajo de una roca. Y ya que menciono la novela de William Golding, confieso que nunca encontré en los teóricos del liberalismo argumentos mejores contra la religión de Evita como en la literatura de ficción.

César, César, cuánto valés

Por ejemplo, en Julio César Shakespeare expone los mecanismos del discurso populista en su aspecto crístico y tal vez deje alguna pista para refutarlo. En esa obra César es un caudillo, un carismático que desprecia las instituciones y se legitima por el fervor directo del pueblo: un inconfundible líder populista. Hasta tiene su “operativo clamor” en el acto 1, escena 2, cuando se relata que tres veces le ofrecieron la corona y tres veces la rechazó, entre las protestas de la multitud. Casio, que teme una dictadura, conspira contra César y pide a Bruto, su preferido, que se les una. “Prefiero no vivir –dice Casio– antes que adorar a uno que no es más que yo”. ¿O no tuvo que rescatar una vez a César de las aguas del proceloso Tíber, como a cualquier papanatas? ¿O no lo vio temblar de fiebre como cualquier mortal? Observaciones que sacarían de quicio a Hugo Chávez o a Fidel Castro, que, como todos los líderes populistas, cultivaron el mito de sí mismos como superhombres sin enfermedades, sin sexo, sin casi cuerpo. Bruto, aunque ama a César, admite que su amor no vale una tiranía y se une, sin ganas, a la conjura. Es el protagonista trágico de la obra: pone la libertad por encima de sus afectos y podría ser el héroe, pero Shakespeare va a mostrarnos, en directo, cómo el relato populista lo convierte en villano y canoniza al Primer Trabajador de Roma.

Antonio entiende muy bien cómo aprovechar la muerte prematura del líder para construir un mito; en el asombroso discurso que sigue, vemos el virtuosismo de un Apold en acción.

Sucede en el acto 3, escena 2. César acaba de ser asesinado y el pueblo espera una explicación. Bruto habla desde las escaleras del Capitolio: si alguien acá fue amigo de César, dice, sepa que yo también lo era. Celebro su grandeza, pero condeno su ambición. En resumen: lo mató porque quería convertirse en dictador. Era un tipo macanudo, pero la libertad de Roma vale más. ¿Qué es mejor, pregunta Bruto, que César viva o que seamos libres? La retórica de Bruto es racional, edificante y, digamos todo, un poco cursi: “¿Quién de ustedes es tan bajo que quiera ser un esclavo? Que hable, pues sólo a ése ofendí”. De todas formas, la multitud está más o menos convencida y lo aplauden; pero entonces habla Marco Antonio, que le ofreció a César tres veces la corona. Antonio entiende muy bien cómo aprovechar la muerte prematura del líder para construir un mito; en el asombroso discurso que sigue, vemos el virtuosismo de un Apold en acción.

Como no puede criticar abiertamente a los conspiradores –no todavía–, arranca con tono manso y apela a la ironía:

Amigos, Romanos, compatriotas, préstenme oídos:
Vengo a enterrar a César, no a elogiarlo.
El mal que hacen los hombres los sobrevive,
El bien suele enterrarse con sus huesos…
Pero Bruto dice que César era ambicioso
Y Bruto es un hombre honorable.

Una y otra vez repite Marco Antonio que Bruto es un hombre honorable, y cada vez la frase es más amarga, hasta que se convierte en insulto. Se muestra cómo irritan esas palabras a la multitud: como buen populista, Marco Antonio apela a ese resentimiento latente que, bien manejado, estalla en odio contra la “gente honorable”. Estos republicanos de morondanga, parece decir, sostienen que nuestro Conductor era autoritario: ¿pero acaso no lloraba por los pobres? ¿Qué vale la democracia burguesa, el Estado de Derecho, frente a un líder que es la voz del pueblo? ¿Y qué esperan, entonces, para agarrar el alambre de enfardar y hacer tronar el escarmiento?

Todos ustedes lo amaron alguna vez, no sin razón:
¿Qué razón entonces les impide llorarlo ahora?

Shakespeare, desde ya, no tenía en gran estima al pueblo, al que muestra llevado de la nariz de una opinión (César era un tirano) a la contraria (César era la voz del pueblo), aunque no parece haber pensado mejor de los príncipes. Antonio (tal vez conviene escuchar este discurso en la voz nasal y vengativa de Marlon Brando) va estableciendo una antinomia irreconciliable entre el pueblo y los “hombres honorables” de la República: “Lejos de mí perjudicar a hombres tan honorables –dice con sorna–. Mejor perjudicar a los muertos, a mí mismo y a ustedes”. Los muertos, el pueblo y yo: sobre esa tríada se afirma el populismo. Yo gobierno, el pueblo me legitima. En cuanto a los muertos (Evita, Néstor, Chávez), son el imperativo metafísico que eleva al populismo por encima de las miserias de la política, el absoluto por el cual un peronista de ley puede admitir el horror de la Triple A, el Rodrigazo, las patotas sindicales, la corrupción menemista o la tragedia de Once, sin dejar por eso de sentir una deuda íntima, una lealtad inclaudicable hacia esos muertos que tienden los brazos desde el pasado. Después de todo, ¿qué miserable olvida a quien murió por nosotros, qué hijo de puta rechaza el deber de continuar su misión, después de aceptar sus dones? En este punto Shakespeare muestra que la piedra basal del relato populista es su aspecto testamentario:

Si el pueblo leyera el testamento de César
Correría a besar sus heridas,
Y mojaría sus pañuelos en su sangre sagrada…
No conviene que sepan cuánto los amaba César:
Es bueno que ignoren que ustedes son sus herederos.

Antonio baja las escaleras del Capitolio y, rodeado por la multitud, habla junto al cadáver de César, al que cubre su capa ensangrentada. Miren, dice, es la capa que llevaba cuando venció a la tribu Nervia; por acá entró el puñal de Casio, por acá la daga del envidioso Casca, por acá la de Bruto. No es un razonamiento: es un relato, y qué relato. Después –infaltable, también, el fetichismo del cadáver bienamado: como sabemos desde Santa Evita, la novela de Tomás Eloy Martínez, es el cadáver y no la persona viva la que hace los milagros–, levanta la capa y muestra el cuerpo. “¡Oh, visión horrenda! –gritan los romanos– ¡Oh, nunca habrá otro como él!” Los conspiradores, mientras, se van haciendo chiquitos y hacen mutis por el foro. Cuando la pueblada es inminente, Antonio da el golpe de gracia: saca el testamento de César y lo lee.

A cada ciudadano romano, le deja
Setenta y cinco dracmas.
También les deja a todos ustedes sus paseos,
Sus arboledas, sus huertas recién plantadas,
De este lado del Tíber: se las deja a ustedes,
Y a los herederos de ustedes para siempre…
¿Cuándo habrá otro como César?

Nunca, nunca, grita la multitud, y corre a quemar la casa de Bruto, ese gorila que no quiere que los chicos tengan su bicicleta y los trabajadores veraneen en Mar del Plata. No hay un tópico del populismo que no figure en este discurso de Antonio, que a su vez, por su insistencia en el deber metafísico hacia el benefactor sacrificado corresponde muy bien a la idea de Zanatta: por debajo de todo populismo hay un sustrato de emociones cristianas. “Cuando dos de ustedes se reúnan en mi nombre, yo estaré entre ellos”, dice Jesús en el Evangelio de Mateo. “Yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”, dijo Evita. Lo cual me devuelve a la pregunta: ¿cómo se discute con eso? ¿Qué mostraría un spot de campaña republicano, si hubiera spots para la batalla cultural, y si Shakespeare fuera nuestro Durán Barba?

Tal vez hay una pista en el acto IV, escena 1: ahí vemos a Marco Antonio transfigurado. Ya no es el orador de la concha del pato que lloraba junto al cadáver y por cuya voz hablaba el pueblo: se parece más a un sindicalista con avión privado, a una jefa del movimiento con carteras de Prada, a un presidente que disfruta de la fiesta prohibida para el resto. Se burla de Lépido, que comparte el triunvirato con él y de Octavio, porque tiene los gustos y la vocación de obediencia de los hombres comunes. En su desprecio por él vemos lo que Antonio piensa, en general, del pueblo: gente que carga con honores como un burro carga oro, sin que le pertenezca, conducido a placer, como el animal que es. Nuestro spot de la batalla cultural muestra a Antonio convertido en eso que, en el último par de años, empezó a sonar seguido cuando hablamos del peronismo: una nueva oligarquía.

El Gran Inquisidor y la nueva oligarquía

Cuando Lutero inició la Reforma, no cuestionó a Cristo ni a su misión: proclamó que era pecado recibir dinero o ejercer poder temporal en su nombre. Sostuvo que la salvación es un asunto exclusivo entre Dios y cada conciencia. Al impugnar el papel de la Iglesia como intermediario, cortó el cable que le daba su energía: si el sacerdote no puede dispensar el perdón y la condena en nombre de Cristo, ¿qué es? Un hombre cualquiera, con un poder y una riqueza que no le corresponden. Me cuesta leer a Lutero, como a casi todo el mundo, pero una vez más encuentro en la literatura de ficción esos mismos argumentos expresados con más fuerza: me refiero a “La leyenda del Gran Inquisidor”, un relato que Dostoievski inserta en su novela Los hermanos Karamazov. Desde ya, Dostoievski no tiene nada de protestante, y sin embargo su impugnación de la casta sacerdotal me parece sugerente en relación con el tema de esta nota: si el populismo, como dice Zanatta, es un catolicismo, ¿cómo se discute con él?

No le falta mucho al Gran Inquisidor para agregar que el Estado te cuida, que nadie se salva solo, que hay que acabar con la meritocracia y que entiende mejor a “la gente” quien reparte heladeras y zapatillas que quien facilita la creación de Pymes.

“La leyenda del Gran Inquisidor” tiene lugar dentro de una conversación entre Aliosha e Iván Karamazov. Los hermanos discuten sobre las crueldades y el dolor que reinan en el mundo y cómo reconciliar esto con la bondad de Dios. Aliosha dice que Cristo puede perdonarlo todo, porque Él mismo dio su sangre inocente por todos. Iván entonces responde de un modo que, a pesar del mismo Dostoievski, que era un cristiano fervoroso y esperaba producir una novela donde la fe triunfara, empujó al ateísmo a muchos lectores. No responde como lo harían Voltaire, Nietzsche o Christopher Hitchens, no opone argumentos racionales: ofrece un relato. En ese relato, que Iván dice haber concebido como un poema, Cristo regresa a la Tierra y se aparece en Sevilla, en el siglo XVI, en tiempos de la Inquisición. Recorre las calles predicando y haciendo milagros y el pueblo lo reconoce, pero el Gran Inquisidor lo hace detener y lo condena a la hoguera. La noche antes lo visita en su celda y le explica que va a quemarlo porque es un estorbo para la misión de la Iglesia.

Sólo ahora (dice el Gran Inquisidor) ha sido posible pensar por primera vez en la felicidad de la gente. Tú rechazaste el único camino por el que se podía hacer felices a los hombres; por suerte, al marcharte, pusiste tu obra en nuestras manos.

El Gran Inquisidor, de alguna manera, es otro Marco Antonio en su desprecio por el pueblo y el cinismo con el cual lo manipula. Acusa a Cristo de haber esperado demasiado de los hombres: ¿no sabe acaso que son débiles, volubles y turbulentos, y que nada los atormenta más que la libertad? Podría decir, como Perón, que el hombre es bueno, pero si se lo vigila es mejor. Le recuerda a su prisionero las Tentaciones del Desierto: el espíritu terrible e inteligente, dice, te planteó las preguntas cruciales para la felicidad humana. Te invitó a convertir las piedras en pan, pero no quisiste hacerlo porque no querías comprar la obediencia con pan. Nosotros, en cambio, sabemos que los hombres, aunque juren que quieren ser libres, sólo esperan a alguien que compre con pan su obediencia: “¡Que nos esclavicen, pero que nos den de comer!” Al fin, dice el Gran Inquisidor, comprenderán que la libertad es incompatible con el pan, en cantidad suficiente, pues nunca sabrán repartirlo entre sí. Se convencerán también de que nunca podrán ser libres, porque son débiles, mezquinos, viciosos y rebeldes. No le falta mucho al Gran Inquisidor para agregar que el Estado te cuida, que nadie se salva solo, que hay que acabar con la meritocracia y que entiende mejor a “la gente” quien reparte heladeras y zapatillas que quien facilita la creación de Pymes.

Nosotros hemos rectificado Tu obra y la hemos basado en el milagro, el misterio y la autoridad. Los hombres se han puesto muy contentos al verse conducidos otra vez como un rebaño. ¿No teníamos razón al obrar de este modo? ¿No amábamos a la humanidad al reconocer su impotencia? ¿Por qué entonces vienes ahora a estorbarnos? ¿Y qué es eso de mirarme fijamente con tus dulces ojos sin decir nada? Enójate, no deseo tu amor, porque yo tampoco te amo.

“La leyenda del Gran Inquisidor” muestra con elocuencia cómo se constituye una oligarquía de intermediarios entre Cristo y los individuos. Si Evita, Chávez o Néstor se identifican con Aquel que se sacrificó por su salvación, el Gran Inquisidor se parece más al raído peronismo de 2021: con la soberbia y el desprecio intactos, convencido de entender mejor al pueblo justo porque lo considera débil, turbulento y fácil de comprar, pero envejecido y tal vez senil. Nada de esto es un argumento abstracto, sino partes de un relato posible sobre el apogeo y la decadencia de la religión populista, y quizá así es como se discute con una religión.

lunes, 2 de marzo de 2020

Uruguay se aleja de la anti-democracia latinoamericana

Nueva política exterior de Uruguay con el presidente Lacalle Pou: repudia las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua

Por Carlos Sánchez Berzain || Infobae


Luis Lacalle Pou (REUTERS/Mariana Greif)

El nuevo presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, inicia su mandato instalando una nueva política exterior fundada en los principios y valores de la de libertad y la democracia. El cambio de la política exterior uruguaya se puso de manifiesto cuando un mes antes de asumir la Presidencia, anunció que los dictadores de Cuba, Venezuela y Nicaragua no serian invitados a su posesión porque el articulo primero de la Carta Democrática Interamericana dispone que “los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla”.

La política exterior está vinculada a la política interior del Estado y se entiende como “el conjunto de decisiones públicas que toma el gobierno en función de los intereses nacionales y en relación con los demás actores del sistema internacional”. La política exterior es “parte de la política general y está formada por el conjunto de decisiones y actuaciones mediante las cuales se definen los objetivos y se utilizan los medios de un Estado para generar, modificar o suspender sus relaciones con otros sujetos de la comunidad internacional”.

La decisión de no invitar a la posesión del Presidente de Uruguay a los dictadores de Cuba, Venezuela y Nicaragua, Castro/Diaz Canel, Maduro y Ortega, explicándola por la vigencia y la obligación de respetar y aplicar la Carta Democrática Interamericana es un precedente de respeto a los principios de los que emana la propia legitimidad de los mandatarios y gobiernos democráticos. Es solo el cumplimiento de una carta internacional suscrita y obligatoria para todos los estados de las Américas.

La nueva política exterior de Uruguay está fundada en los principios y valores del derecho de los pueblos a la libertad, la democracia y los derechos humanos. Es la correcta en función de los intereses nacionales y un precedente que los gobiernos democráticos de las Américas deben seguir. La Carta Democrática además de establecer la democracia como un derecho de los pueblos, declara que “la democracia es esencial para el desarrollo social, político y económico de los pueblos de las Américas” y señala como primer elemento esencial “el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales”.

Lo que el nuevo presidente de Uruguay hace, no es solo el cambio de la política exterior de su país, es también la proclama de lo que podemos empezar a llamar la “Doctrina Lacalle Pou”, resumida como “la obligación de los estados de las Américas de aplicar los principios y obligaciones de la Carta Democrática Interamericana evitando relaciones con regímenes dictatoriales, autoritarios y no democráticos que no cumplen los elementos esenciales de la democracia, poniéndolos en evidencia por los medios diplomáticos y públicos”.

Lacalle Pou anunció que reconocerá a Juan Guaidó como Presidente de Venezuela. Ha decidido que “Uruguay se alejará del llamado mecanismo de Montevideo”, una mesa de negociación promovida por los gobiernos de su antecesor y por el Presidente de México Andrés Manuel López Obrador para “buscar soluciones a la crisis venezolana”, pero operada en franca ayuda al mantenimiento del régimen usurpador de Nicolás Maduro y en total violación a las obligaciones asumidas en la Carta Democrática Interamericana. Es importante el apoyo a la reelección del Secretario General de la Organización de Estados Americanos, negado por el gobierno saliente pese a la nacionalidad uruguaya de Luis Almagro.

Mientras las democracias del mundo reconocen con admiración la transparencia y valentía de la nueva política exterior uruguaya y la “doctrina Lacalle Pou” se instala, la Argentina con su gobierno castrochavista Fernández/Kirchner destroza la relación histórica con Uruguay, perjudicando los intereses argentinos para defender las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

La nueva política exterior de Uruguay contribuye vigorosamente a la lucha contra las dictaduras del “castrochavismo” que bajo la jefatura de Cuba operan desde Venezuela y Nicaragua conspirando y desestabilizando las democracias de las Américas, repitiendo la vieja pero eficiente estrategia de sobrevivencia de la dictadura cubana de sostener su régimen por medio de la agresión, creación de conflictos internos, intervencionismo y derrocamiento de los gobiernos defensores de la democracia a los que considera sus enemigos.

Todo indica que las dictaduras de crimen organizado de las Américas han puesto ya como objetivo de desestabilización al gobierno democrático del Presidente Lacalle Pou, contra el que intentaran repetir los crímenes cometidos el año pasado en Ecuador, Chile, Colombia y mas.

*Abogado y Politólogo. Director del Interamerican Institute for Democracy

La Masonería: Más sobre esta zoncera