lunes, 21 de septiembre de 2026

Argentina: La máquina de impedir que impidió la explotación del cobre en San Juan

El Súper RIGI y el partido que Argentina nunca jugó


En 1964, los geólogos de la Compañía Minera Aguilar hallaron en San Juan, a 3.600 metros de altura y pegado a la frontera con Chile, uno de los mayores yacimientos de cobre del planeta. Lo llamaron El Pachón. Apenas diez kilómetros más al oeste, ya en territorio chileno y sobre el mismo sistema geológico, está Los Pelambres, que produce cobre desde 1999 y es una de las mayores minas del mundo. El Pachón, en sesenta años, produjo cero.



La montaña es la misma. El mineral y su precio, también. Lo único que cambia en esos diez kilómetros es la jurisdicción.

Para entender por qué eso sucede, hay que saber cómo elige el capital, y por qué los países se lo disputan. Atraerlo es de las pocas transacciones en las que ganan los dos: el inversor, su retorno; el país, empleo, infraestructura, proveedores e impuestos que antes no tenía. Un inversor global tiene siempre más proyectos que dinero: una fundición en Indonesia, un pórfido en los Andes, un centro de datos en Virginia. Y antes de decidir, se hace siempre las mismas preguntas. ¿Qué tan fácil es entrar? ¿Cuánto tarda el proyecto en devolver lo invertido, y qué puede cambiar mientras tanto? Si las reglas cambian, ¿hay a quién reclamarle? Y la decisiva: ¿Cómo se sale?.

Esas respuestas se convierten, al final, en un solo número: la tasa a la que ese inversor descuenta el futuro. Cuanto mayor es el riesgo del país, mayor es la tasa, y menos vale hoy la mina. No hace falta más teoría para explicar por qué el capital eligió durante décadas a Chile.

Vista con esos ojos, la Argentina respondió mal todas esas preguntas durante un siglo: nueve defaults, la pesificación de 2002, la expropiación de YPF, dos cepos que hicieron del giro de dividendos un privilegio administrado. No le faltaron oportunidades —Vaca Muerta, los pórfidos sanjuaninos—; le sobró riesgo. La roca estuvo siempre ahí. Lo que no estuvo fue todo lo demás.

Recién en 2024 el RIGI atacó ese problema punto por punto: estabilidad por treinta años, arbitraje internacional, salida de las divisas. El resultado, en dos años: unos cincuenta proyectos por más de US$ 200.000 millones en gas, petróleo, energía y minería, con el cobre que esperó sesenta años —El Pachón incluido— finalmente en movimiento. Pero más del 95% se concentra en esos sectores, donde ya teníamos ventajas evidentes. El RIGI no creó oportunidades: las destrabó.

El Súper RIGI, hoy en el Senado, quiere ir más lejos. Premia la novedad: sólo admite actividades sin antecedentes productivos en el país, con un piso de US$ 1.000 millones, ganancias al 15%, arancel cero y estabilidad por treinta años. Lo hace en dos frentes: agregar valor a nuestros recursos —exportar el gas como cómputo, el litio como celda, el cobre refinado— y disputar industrias que ninguna montaña obliga a venir: centros de datos, semiconductores, biotecnología.

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